—¡Lo has hecho perfecto, Andru! —gritó Fugaris llena de emoción.
—¿Pero qué fue eso…? —pregunté aún atónito—. Había alguien ahí.
—Eso es porque lograste ver una parte del mundo de Estela —comenzó a explicar Tlalli con su tono sereno e intelectual—. En el mundo de Estela existen todo tipo de seres mágicos. Nosotras provenimos de ahí; fue el lugar donde, en tu primera vida como un ser físico, nos convertimos en tus fieles seguidoras.
—¿Hablas de cuando ya no era una estrella? —pregunté con cuidado.
—¡Exacto! —interrumpió Jayeon—. Andru, en cada vida siempre regresabas al mundo de Estela. Pero aún no sabemos la razón exacta por la que, en esta vida, decidiste venir al mundo humano y vivir como uno de ellos.
—Bien, chicas, es hora de irnos —dijo Fugaris mientras empujaba suavemente a las demás hadas—. Andru debe descansar.
—Lo has hecho muy bien hoy —añadió mirándome con orgullo—. Estoy segura de que pasado mañana tu portal será estable. Ya no practicaremos más; no queremos que estés agotado para el día del viaje.
—Entendido… —murmuré, incapaz de decir mucho más. El sueño comenzaba a vencerme.
A la mañana siguiente, mi rutina comenzó como siempre, pero esta vez había algo distinto: un mensaje en mi teléfono.
“Buenos días, Andru. Paso en 10 minutos.”
Era Ian.
Me preparé a toda prisa y tomé un poco de cereal. Exactamente diez minutos después, bajé del edificio… y él ya estaba ahí.
Esta vez no llevaba el saco. La camisa blanca se ajustaba a su cuerpo, marcando los músculos de sus brazos. Su peinado de lado y esa expresión seria que, al verme, se suavizó de inmediato, lo hacían parecer fuera de este mundo.
¿Cómo puede alguien ser tan guapo?
Subimos al auto y, mientras me abrochaba el cinturón, me extendió una bolsa.
—Toma, por si no has desayunado —dijo sonriendo, entrecerrando los ojos.
Tenía las pestañas largas… demasiado.
—Gracias —respondí tímido—. Lo comeré en mi hora de almuerzo.
—Me alegra saberlo…
—Este… Ian, yo… —titubeé.
—Sí, dime —respondió sin apartar la vista del camino.
—Yo… quería preguntarte algo… —me dio vergüenza—. Quería saber por qué no has ido al café como lo haces habitualmente.
—¿Eh…? —se sorprendió. Sus mejillas se tiñeron ligeramente de rojo—. Vaya…
Sonrió.
—De haber sabido que me ibas a extrañar tanto, no hubiera faltado.
—¡Yo…! No, es… no es eso —respondí exaltado.
—Jajaja, estoy bromeando —dijo, pasando una mano por su cabello—. He tenido que trabajar hasta tarde últimamente y no me queda tiempo. Pero esta noche, sin falta, ahí estaré.
—Ya veo… —murmuré.
No sabía qué más decir. La vergüenza me invadía. No era que lo extrañara exactamente… solo era raro no verlo ahí, como siempre.
Llegamos a la universidad y bajé del auto. Como de costumbre en los últimos días, sentí varias miradas curiosas posarse sobre mí… y sobre el coche que acababa de dejarme en la entrada.
Esa tarde, al salir de clases, fui a la biblioteca para terminar mis tareas antes de ir a trabajar. Ahí me encontré con Laila, una compañera de la facultad.
—Andru —me llamó en voz baja—. ¿Cómo estás? ¿Podrías ayudarme con la tarea de mates? No entiendo nada.
—Claro —respondí.
Comenzamos a estudiar juntos y el tiempo se nos fue volando.
Miré el reloj: faltaban solo diez minutos para entrar a trabajar.
—Laila, me retiro. Tengo que irme al trabajo.
—Cierto, trabajas cerca, ¿verdad? —dijo sonriendo. Era una chica tranquila y amable, con el cabello liso y un flequillo que le caía sobre la frente—. ¿Podemos ir juntos? Vivo cerca y ya debo regresar a casa.
—Claro… —acepté.
Al salir de la biblioteca, vi a lo lejos una silueta demasiado familiar. A medida que Laila y yo nos acercábamos, sentí algo extraño… un aura pesada, casi sofocante.
Ian estaba recargado en su coche, fumando un cigarro.
—H-hola… —lo saludé con nerviosismo. El ambiente se sentía tenso.
—¡Andru! —exclamó con una sonrisa.
Me tomó del hombro y, con un gesto firme, me separó de Laila para rodearme con su brazo.
Laila, algo cohibida, saludó:
—Hola… mucho gusto, soy Laila.
—Un gusto, Laila —respondió Ian con un tono frío, capaz de congelar a cualquiera—. Vine por Andru para llevarlo al trabajo.
—Gracias, no te hubieras molestado —dije nervioso—. Justo iba a caminar con Laila. Es una compañera de la facultad, vive cerca y nos acompañamos… no somos cercanos ni nada…
No sabía por qué me estaba justificando tanto, pero sentía la necesidad de hacerlo.
—Ah, ya veo… —la expresión de Ian se suavizó—. Bueno, podemos llevar a Laila también. Sería descortés dejarla aquí sola.
Laila se sonrojó y asintió en silencio.
Llegamos a la cafetería. Me preparé para comenzar mi turno mientras Ian se sentaba en una mesa, sacaba su laptop y comenzaba a teclear. En cuestión de minutos, la mesa se llenó de papeles.
¿Se trajo el trabajo hasta aquí? pensé mientras le preparaba su café de siempre.
Las horas pasaron y él seguía ahí. Ya llevaba tres tazas de café.
Finalmente llegó mi hora de salida. Hice el corte de caja, dejé limpio el local y me preparé para irme. Ian seguía ahí, aunque ahora ya había guardado la laptop y los documentos.
Me miró y sonrió.
—¿Nos vamos?
Quise preguntarle por qué hacía tantas cosas por mí, por qué era tan atento… pero algo dentro de mí me detuvo. Tal vez miedo a la respuesta. Tal vez la idea de que Ian fuera así con todo el mundo.
Ese pensamiento me provocó una punzada de dolor en el pecho.
¿Qué es lo que este hombre esperaba de mí?
No lo comprendía del todo… pero comenzaba a estar seguro de una cosa:
Tal vez Ian era así con todos… pero aun así, la idea de que no fuera especial para él me dolía más de lo que estaba dispuesto a admitir.

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