Estos dos días pasaron con normalidad. Mi rutina continuó casi sin interrupciones, aunque la presencia de Ian en mi vida se volvió cada vez más frecuente. Me llevaba a clases y, por las noches, pasaba a recogerme al salir de la cafetería. En un abrir y cerrar de ojos, ya era viernes.
Hoy es el día… pensé, dejando escapar un suspiro nervioso.
Había terminado mi turno en la cafetería y, como en los últimos días, Ian me dejó frente al edificio de mi departamento. Me di una ducha, me puse mi mejor atuendo y me senté en un costado de la cama. Volví a suspirar.
—Fuu… —solté el aire—. Estoy listo…
De pronto, destellos de colores aparecieron frente a mis ojos y, entre aquella lluvia de estrellas, surgieron las pequeñas hadas.
—Andru, es hora —dijo Fugaris con calma.
—¡Tú puedes, Andru! Hazlo como la última vez, pero esta vez tienes que cruzar el portal —exclamó Jayeon con entusiasmo.
—Bien… aquí voy…
Tal como en las prácticas, concentré toda mi atención en lo que ellas llamaban el núcleo. Sentí la energía recorrer cada parte de mi cuerpo, dejando a su paso una sensación de escalofrío. Mantuve los ojos cerrados, permitiendo que fluyera libremente. Cuando llegó a mis hombros y comenzó a deslizarse por mis brazos hasta la punta de mis dedos, abrí los ojos.
Ahí estaba.
Un círculo de energía, similar a una galaxia, lleno de estrellas y colores vibrantes.
Es hora, pensé.
Separé lentamente las manos, como si de ello dependiera el tamaño de aquella masa de energía… y así fue. Creció, haciéndose tan grande como una puerta. Frente a mí apareció de nuevo aquel óvalo, idéntico al de la última vez.
No lo pensé más.
Crucé.
En cuanto puse un pie dentro del portal, sentí que mi cuerpo se tambaleaba, como si se volviera pesado y ligero al mismo tiempo. Por un instante, los destellos me envolvieron como un capullo. No duró más que un segundo, pero lo sentí con tal intensidad que fue como observarlo todo en cámara lenta.
De pronto, los destellos desaparecieron.
El portal ya no estaba.
Y yo… definitivamente ya no me encontraba en mi pequeña habitación.
¿Esto podría ser un sueño? pensé mientras observaba a mi alrededor.
Escuchaba agua fluir desde algún lugar cercano. Había árboles enormes y frondosos que se mecían al ritmo del viento. Parecía ser una noche de luna llena, con un cielo completamente estrellado. Todas las plantas, desde las más pequeñas hasta los árboles más grandes, tenían diminutos destellos brillantes de distintos colores, como si luciérnagas luminosas se hubieran posado sobre cada hoja.
Las flores resplandecían en la oscuridad y, a lo lejos, se escuchaban murmullos… quizá del festejo al que las hadas me habían traído.
—¡Vamos! Estela nos espera —rompió el silencio Jayeon.
—Sí, es hora de que la veas —añadió Tlalli.
Comenzamos a avanzar por aquella tierra mágica y hermosa. Para mí era completamente nueva; para ellas, era su hogar. Mientras caminábamos, el bullicio se hacía cada vez más fuerte. A lo lejos distinguí banderines de distintos colores, todos con un mismo escudo estampado.
Había seres de todos los tamaños: algunos tan pequeños que cabían en la palma de mi mano, otros tan grandes que me intimidaban. Supuse que eran lo que, en la Tierra, llamaríamos gigantes.
Nos abrimos paso entre ellos. Muchos me observaban con curiosidad; otros me sonreían como si ya me conocieran. Yo mantenía la mirada fija al frente. Mis manos sudaban y mi cuerpo solo se movía siguiendo a las hadas.
Llegamos al centro de la celebración.
Levanté la vista.
Frente a mí, sentada en un trono dorado, estaba un ser que no difería mucho de un humano. Sus facciones, de la cabeza a los pies, eran iguales… salvo por su tamaño. Era tan alta como diez humanos juntos.
Su cabello, de un rojo intenso, caía por sus hombros hasta tocar el suelo. Su piel blanca estaba adornada con líneas doradas que parecían formar parte de ella. Sus ojos, azules como el mar, eran inquietantemente similares a los míos.
Vestía un elegante vestido dorado, tenía las piernas cruzadas y sus manos estaban cubiertas de anillos y joyas. Su rostro era amable, gentil, con facciones finas y una sonrisa cargada de nostalgia.
Me observó.
Entonces escuché su voz melodiosa:
—Mi pequeño… ha vuelto a casa.
Sus palabras resonaron en mis oídos como un canto. En ese instante, mi corazón comenzó a latir con fuerza.
Ba-dump… ba-dump… ba-dump…
Me tambaleé ligeramente y, de pronto, imágenes invadieron mi mente como destellos.
Flash. Yo corriendo hacia sus brazos… era más joven.
Flash. Yo sonriendo junto a ella mientras comíamos.
Flash. Yo llamándola madre.
—Ma… madre —susurré, con los ojos inundados de lágrimas.
—Caleb… mi pequeño Caleb ha vuelto con mamá —respondió con ternura—.
¿Ahora me recuerdas, Caleb… o debería llamarte Andru de ahora en más?
…

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