El silencio en el refugio era denso, interrumpido únicamente por el silbido corto y errático de su propia respiración. El hombre permaneció inmóvil sobre el camastro, aunque cada fibra de su cuerpo gritaba por ponerse en guardia. Sus ojos, de un café cálido pero ahora inyectados en sangre y cargados de una desconfianza letal, comenzaron a escanear el lugar con una metodología implacable. No había pánico en su mirada, sino un análisis táctico: estaba registrando cada centímetro de aquel agujero para determinar si era una celda o un hospital.
Sus manos palparon la superficie donde yacía, sintiendo el tacto áspero de las pieles de animales. No encontró su daga. El vacío en su cinto le provocó un vuelco en el estómago. Sin embargo, no se detuvo. Sus dedos rozaron los objetos más cercanos: vio cuencos con restos de sangre coagulada, morteros de piedra que aún conservaban el rastro verde de las hierbas trituradas y el aroma punzante, casi ofensivo, de los emplastos.
En los rincones sombríos de la cabaña, los gatos lo observaban. No se movían, solo mantenían sus pupilas fijas en él. Reconoció inmediatamente lo que tenía que hacer: sobrevivir.
El crujido de la puerta de madera al abrirse fue como un latigazo.
La mujer entró al refugio cargando el aire frío del alba trayendo en sus manos un cuenco lleno de hierbas. Sus miradas se encontraron de frente por primera vez. Un segundo que pareció eterno. Ella se detuvo en seco, reconociendo que el rostro del hombre no mostraba gratitud, sino, una adrenalina extraña, una mirada que ya sabía reconocer para sobrevivir: caza. Movida por un impulso eléctrico, intentó huir nuevamente hacia la libertad del bosque. Pero el hombre, a pesar de tener el flanco cosido, fue más rápido. Su mano se disparó y la alcanzó antes de que pudiera cruzar el umbral.
La atrajo hacia el interior con un tirón brutal que le arrancó a él mismo un gruñido de dolor. Forcejearon en el suelo de tierra. Ella no gritó pidiendo clemencia. En lugar de eso, con la voz quebrada por el esfuerzo, logró decir:
—¡Fui obediente! —logró articular—. ¡Hice lo que pediste!
Esas palabras lo descolocaron. La confusión brilló en sus ojos café un segundo, pero su respuesta fue pura violencia defensiva.
—¡Cállate! —le ordenó él con autoridad.
No hubo cuidado, no hubo delicadeza. La enrolló con una fuerza bruta alrededor de su boca, apretando el nudo detrás de su nuca con tal firmeza que la tela se hundió en la carne de sus mejillas, forzándola a tragar su propio miedo y silenciando cualquier otra revelación. Ella lo miraba con ojos desorbitados, sintiendo la opresión del lino y el peso del hombre sobre su pecho.
Pero ella no se rindió. Mientras él intentaba someterla con el peso de su cuerpo, la mujer encontró el punto débil. Aun con sus manos amarradas sus dedos se hundieron directamente dentro de la herida del flanco que ella misma había sanado la noche anterior. El hombre se retorció de agonía; el dolor fue un relámpago blanco. Por un momento breve, el agarre de hierro se aflojó. Fue la única grieta que ella necesitó. Con un movimiento desesperado, lo arañó en el rostro, dejando tres surcos rojos que empezaron a sangrar de inmediato, y corrió por su vida.
Salió de la cabaña y desembocó en un prado oculto, un rincón de belleza irreal. Era un mar de miles de flores diminutas y blancas que tapizaban el suelo como una alfombra de estrellas terrestres. El contraste era grotesco: sus pies manchados de sangre y barro aplastaban los pétalos delicados, dejando una huella de miseria a su paso, mientras el rocío de la mañana salpicaba sus piernas.
Él la alcanzó allí, justo en el centro de ese mar de pureza. La derribó de nuevo. Ambos cayeron pesadamente, rompiendo tallos y esparciendo pétalos al aire. Pero ella no dio tregua. Antes de que él pudiera recuperar el aliento, ella volvió a golpear en la herida del costado, aún más fuerte esta vez. Hundió su mano con una precisión que solo alguien que conoce íntimamente el mapa de los músculos y los nervios posee. Esta vez el dolor lo dobló por completo.
Cuando finalmente sintió que él ya no podía sostenerse, le clavó las uñas en la piel abierta del costado, desgarrando un poco más el borde de la herida. No lo hizo por rabia ciega, sino para marcarlo, para que él nunca pudiera olvidar que su vida fue un regalo que ella le dio y que también podía quitarle. El dolor fue tan insoportable que, cuando ella se puso de pie, él quedó reducido a un amasijo de carne y voluntad rota. Ella se detuvo solo un segundo. Se dio ese tiempo para admirar su dolor, para ver al cazador convertido en presa, antes de huir por segunda vez, perdiéndose en la espesura verde del bosque.
El hombre quedó solo, de rodillas en el prado de flores blancas, sangrando sobre la pureza del paisaje. En esa misma posición se mantuvo, con una mano presionando el flanco abierto y la otra enterrada en la tierra, con los ojos fijos hacia el camino por donde ella había escapado. Sus ojos café ya no tenían calidez; ahora albergaban una oscuridad quemante, una promesa de retribución que trascendía el deber.
Poco después, el silencio del prado fue devorado por el sonido metálico y rítmico de herraduras golpeando el suelo. Soldados con armaduras relucientes y ayudantes de rostro sombrío aparecieron entre los árboles como una aparición espectral. Al ver a su líder, desmontaron con urgencia, pero se detuvieron ante la intensidad de su mirada.
Con movimientos lentos y casi ceremoniales, dos ayudantes se acercaron a él. Traían consigo una prenda que cargaba con el peso de mil juicios: una sotana oscura, pesada y ribeteada de un rigor antiguo. Se la colocaron sobre los hombros, cubriendo el torso herido, la sangre y el barro.
El hombre se puso en pie con un esfuerzo sobrehumano, la sotana ocultando la marca que ella le había dejado, pero no el odio que ahora le latía en el costado. Miró hacia el bosque profundo. Ya no era un náufrago del incendio; era un Inquisidor.
En la antigüedad, a las anémonas blancas se las conocía como "Uñas del Diablo".
La savia de estas flores es altamente irritante y, si entra en el torrente sanguíneo a través de un corte, produce una inflamación severa y un dolor punzante.
Ahora hay una cicatriz que, gracias a esta planta, tardará mucho más en cerrar...

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