El agua estaba fría. Demasiado fría para la sangre que aún le ardía bajo la piel al Inquisidor.
Permanecía de pie, rígido como una estatua de mármol, mientras otras manos, anónimas y diligentes, hacían el trabajo que su propio cuerpo herido ya no le permitía. No cerró los ojos ante el contacto del agua, ni los levantó al cielo en busca de una guía divina que ya creía poseer. El ritual fue breve, casi mecánico, despojado de cualquier misticismo innecesario: agua bendita vertida sobre su frente para borrar cualquier rastro de la bruja, palabras sagradas repetidas sin un ápice de emoción para consagración, y un gesto seco para lavar la suciedad, la sangre y aquello que no se debía recordar.
El murmullo de los ayudantes no buscaba la absolución de su alma, sino el orden de su figura. Cuando el agua helada corrió por su cuello, colándose bajo la sotana limpia y pesada que acababan de colocarle, una imagen se le impuso en la mente sin pedir permiso: unos dedos firmes, unas uñas cortas y limpias, y el contacto preciso, técnico y doloroso sobre su carne abierta. No recordaba su rostro con claridad; la fiebre y el humo lo habían difuminado. Nunca lograba retener sus ojos. Solo veía sus manos. Eran las manos de alguien que conocía la vida tanto como para saber cómo arrebatarla. Un pensamiento, seco y cortante como una constatación de guerra, cruzó su mente: Escapó. Nada más. No había rabia inmediata, solo la fría anotación de un error que debía ser corregido.
A kilómetros de allí, en la espesura del bosque, el mundo era una tortura física. La mordaza de lino le raspaba la piel de las mejillas con cada respiración agitada, quemándole la comisura de los labios. El nudo en sus muñecas estaba mal hecho, producto de las prisas y el dolor del hombre; lo supo al tantearlo con los dedos entumecidos por la falta de circulación. No podía soltarse del todo, pero podía tensarlo, forzar las fibras de la tela contra su piel hasta que el roce fuera insoportable.
Cada paso le costaba una punzada nueva en las costillas, un recordatorio de la lucha en el prado. Su cuerpo le pedía detenerse, dejarse caer sobre el musgo y permitir que el bosque la reclamara, pero su mente se negaba. El río apareció entre los árboles como una promesa cruel. El sonido del agua corriendo era una melodía que le recordaba su sed abrasadora. Cayó de rodillas en la orilla, el cuerpo vencido al fin por el cansancio, pero la voluntad aún intacta. Se inclinó todo lo que pudo hacia la corriente, el cuello forzado por la mordaza que le impedía abrir la boca. El agua apenas le rozó los labios sin entrar, una burla líquida. Un gemido bajo, casi animal, escapó de su garganta bloqueada.
Negó con la cabeza, golpeando el agua con frustración. No así. No todavía. Se arrastró un poco más, clavando los dedos en el barro oscuro, intentando hundir la cara lo suficiente para beber aunque el agua inundara su nariz y la ahogara. El mundo se redujo al sonido del torrente y a su propio pulso desbocado en las sienes. Si alguien la veía en ese estado deplorable, que fuera así: viva, luchando, negándose a morir como una sombra.
Fue entonces cuando percibió la presencia. No hubo pasos ni crujir de ramas, solo la presión de unas miradas. Alzó la cabeza apenas, el agua goteando de su barbilla empapada. Una mujer la observaba desde la otra orilla, inmóvil, con un niño pequeño aferrado con fuerza a su falda. No gritaron. No huyeron. La miraron con esa mezcla de piedad y terror con la que se mira a un animal herido que, a pesar de sus tripas fuera, todavía tiene fuerza para morder.
Ella volvió a intentar beber, torpe, desesperada. La mordaza se empapó por completo, el agua escurrió por su cuello sin llegar a su garganta. El cuerpo le temblaba ya sin control alguno. La mujer de la otra orilla, movida por una compasión silenciosa, cruzó el río sin decir palabra. Las manos que tocaron a la fugitiva no fueron bruscas. Dudaron un segundo, temiendo una reacción violenta, pero luego actuaron
—Tranquila... por favor, no te muevas —una voz suave, cargada de un temor reverencial.
Con un cuchillo pequeño, cortaron la mordaza de lino. Aflojaron los nudos de sus muñecas.
—Me llamo Serafina —susurró la mujer mientras aflojaba las cuerdas de sus muñecas—. Y este es Mateo.
El aire entró de golpe en sus pulmones, frío y purificador, y el agua vino después, atragantada, urgente. Bebió como si el mundo pudiera acabarse en ese instante, como si cada trago fuera una barrera contra la muerte que la perseguía.
—Valerie... —logró decir ella, su voz era una lija áspera—. Mi nombre es Valerie.
La llevaron a su casa al caer la tarde. Era un lugar pobre, una cabaña silenciosa donde el hambre se sentía en las paredes. Un anciano deliraba en un rincón, atrapado entre fiebres altas y recuerdos rotos de una vida que ya no existía. Compartieron un trozo de pan duro entre cuatro, un acto de caridad que ella aceptó con un asentimiento silencioso. Pero el alivio duró poco. Al tocar la frente del niño que la había mirado en el río, sintió el calor abrasador. Estaba ardiendo. Demasiado caliente. Demasiado rápido. La sombra de la plaga cruzó su mente con la rapidez de un rayo.
Serafina palideció, apretando al niño contra su pecho. —Ha estado así desde el mediodía. Mi padre está muriendo en ese rincón y ahora mi hijo...
—Puedo ayudar —dijo ella, con la voz áspera por la sed y el desuso—. Déjeme intentarlo.
Salió de la cabaña antes de que la duda de la mujer pudiera detenerla. Se internó en la penumbra del bosque, buscando entre las sombras. Volvió con los bolsillos llenos de hierbas: saúco para la fiebre, corteza para el dolor, y una hoja más de la necesaria. Una hoja oscura, de bordes dentados. Por si acaso.
Al regresar, el silencio de la casa la golpeó primero. No era el silencio de la paz, sino el de la violencia. La puerta estaba rota, colgando de una sola bisagra. El suelo estaba revuelto, el poco pan que quedaba, pisoteado. El anciano seguía en su rincón, pero su respiración era ahora un esfuerzo torpe, cada bocanada una agonía que no llegaba a ser alivio. Sus ojos se movían frenéticamente bajo los párpados cerrados, atrapados en una pesadilla. Murmuraba palabras sin forma, salvo algunas que emergían con claridad: Hombres… hombres… y el nombre de su hija, repetido como una súplica antigua dirigida a un cielo vacío.
Ella se arrodilló a su lado y le tomó la muñeca. El pulso era rápido, irregular, el galope de un corazón que estaba llegando a su fin. Sabía lo que eso significaba. Sabía cuánto tiempo más duraría ese dolor inútil si no intervenía. Sacó la hoja que había guardado, la que no era para el niño. La sostuvo entre los dedos un momento más de lo necesario, mirando la fragilidad del anciano. No dudaba del resultado químico, sino del derecho moral de hacerlo. Nadie se lo había pedido. Nadie la miraba. En esa habitación no habría testigos, ni juicios, ni absolución posible.
Aplastó la hoja con cuidado, regulando la cantidad con la precisión que la caracterizaba. Lo suficiente para calmar el sistema nervioso. Un poco más para asegurar que no despertara otra vez a este mundo de dolor. Se inclinó hacia él.
—Ya está —murmuró, sin saber si se lo decía al hombre o a la niña que ella misma fue una vez.
Le humedeció los labios con la preparación amarga. Esperó. La respiración del anciano se volvió lenta, profunda. El cuerpo dejó de tensarse contra el suelo. El gesto de dolor que le surcaba la frente se deshizo poco a poco, como una promesa cumplida después de una larga espera. El pulso se apagó sin sobresaltos, sin lucha. Ella no se movió de inmediato. Cerró los ojos del hombre con dos dedos firmes y sintió el peso del silencio absoluto instalarse en la estancia. Esto también cuenta, pensó con una amargura gélida. Murió sin gritar.
Se levantó y, sin mirar atrás, siguió las huellas frescas en el barro. No tardó en escuchar los gritos que desgarraban el aire del atardecer. Se ocultó entre los árboles, con el corazón martilleando. Vio a la mujer forcejeando entre las manos de los soldados, al niño llorando de puro terror, y a los hombres riendo con un humor seco y cruel que ella conocía demasiado bien.
El mundo se estrechó de nuevo. El pecho le dolió como si algo viejo, una herida que creía cicatrizada despertara de golpe. Debo detenerlo. La frase golpeó su mente con la fuerza de un martillo. Las manos le temblaron, el aire no entraba bien en sus pulmones mientras el pasado empujaba desde dentro, desordenado y violento. Estuvo a punto de quedarse quieta, de desaparecer en las sombras y salvarse a sí misma una vez más.
Entonces, el niño gritó un nombre. No era el nombre de ella. Era el de su madre. Y en ese grito de desamparo absoluto, ella se reconoció a sí misma, muchos años atrás, sola frente a la oscuridad. Debo detenerlo. Debo detenerlo. Su mente no paraba.
—Soy yo —susurró, antes de darse cuenta.
Luego gritó, con la voz rota pero cargada de una firmeza que no admitía dudas, mientras salía de su escondite directamente hacia las lanzas:
—¡Soy yo! ¡Llévenme a mí!
Corrió y golpeó al guardia más cercano con todo el peso de su cuerpo y su rabia. El impacto fue torpe y desesperado, pero suficiente para crear la distracción.
—¡Serafina, corre! —gritó Valerie.
Ella intentó huir con su hijo entre los brazos, pero los soldados eran demasiados. No llegó lejos.
—Tomen a las dos —ordenó una voz grave que hizo que la sangre de Valerie se congelara.
Ella se volvió, jadeando, el cabello oscuro cubriéndole parte del rostro manchado de barro. Allí, envuelto en su sotana impecable, con la mirada café cargada de una oscuridad quemante y la marca de sus uñas aun latiendo bajo la tela de su flanco, estaba el hombre al que había salvado. El Inquisidor la observaba, y en su mirada no había reconocimiento de deuda alguna, solo la fría satisfacción de haber recuperado su presa.

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