Mariela no logró ir aquel día al hospice. Se dedicó a cuidar de Eusebio. Creía fervientemente que si el enano tocaba a su papá o le susurraba o le soplaba burbujas en su cara, lo que fuera, él moriría. Mariela trataba de demorar el momento lo más que podía. Pero sabía que algo malo se venía… El repudio. El reclamo de sus hermanos. “Hoy no fuiste a ver a papá”. Lo podía sentir… La hacía pedazos. ¿Cómo explicar que lo que estaba haciendo era retrasar la muerte de su padre? Escondiendo al duende… ¿Quién le creería?
“Eusebio… ¿Siempre fuiste así de pequeño?” preguntó Mariela. “Porque te recordaba más grande”.
“Claro, es que vos también eras pequeña” dijo el diminuto ser. “Solías medir lo mismo que la mesada de la cocina de tu mamá. ¿Te acordás? y yo te llegaba a la cintura. Me llevabas en brazos como a un bebé y jugabamos a la casita”.
Mariela se preparó un café. La cafetera estaba tibia lo que demostraba que la Alejandra había estado en la casa. Tocó suavemente la cafetera y sintió como de tibia pasaba a caliente. Vió el café caer delicadamente en la jarra mientras detrás de ella en el sillón despatarrado Eusebio esperaba que le sirviera una taza.
“Eusebio… ¿Vos conoces la historia de Nina?” dijo Mariela dándole una pequeña taza de café al duende. Él sacudió la cabeza negando. “Nina era una beba. Tenía tres días de nacida cuando sus padres fueron a verla a la incubadora y se llevaron la sorpresa de que había fallecido. Una complicación. Nunca supe de qué. Si del corazón, de los pulmones, un virus intrahospitalario… Lo importante es que eso destrozó a sus padres. Que ya tenían un hijo. Pero querían tener uno más”. “Uno más, solo uno más. decía la madre mientras rezaba por las noches. Al final se le dió. Tuvo dos más”. Dijo Mariela sentándose en el respaldo del sillón con su taza de café negro.
“Esa mamá… ¿Era la tuya? ¿Vos sos uno de esos bebés?” preguntó Eusebio dándole un sorbo a su café.
Mariela trago saliva. Suspiró profundamente. “El último bebé fuí yo. Pero antes de mí hubo otro que no sobrevivió tampoco. Eusebio se llamaba…”
El duende abrió grandes los ojos.
Mariela lo miró con tristeza. “Decime la verdad… ¿Sos vos mí hermanito?”
Eusebio miró al suelo. Sosteniendo torpemente la taza de café.
“Necesito un pucho” alcanzó a decir antes de dejar caer la taza. La porcelana se hizo pedazos en el suelo dejando un gran charco marrón claro donde cayó.
“No te lleves a papá… Por favor”. Dijo Mariela.
“Hacelo por mi. Hacelo por los juegos que jugamos de chicos. Hacelo por el tiempo que te cuidé. Hacelo por mamá que te lloró muchas veces…”
“Marielita” dijo él “yo no decido esto”.
Mariela se paró y lo tomó en la palma de la mano.
“Si quisiera te podría aplastar” balbuceó mirándolo fijo. Mientras temblaba y sollozaba. “Te podría aplastar y se terminaría todo”.
“Pero no podés…” dijo Eusebio. “PORQUE YO SOY UN INVENTO DE TU IMAGINACIÓN…”

Comments (0)
See all