Eusebio corrió, como una naranja de la sala al comedor, mientras Mariela gritaba agitando un tenedor: “Te voy a comer, a mordidas mientras estás vivo”. Eusebio no entendía nada. Quizás estaba sufriendo un brote psicótico. Quién sabe. Quizás él era parte del brote. “¡Por favor, Mariela, cálmate! ¡Yo no te hice nada, no tengo la culpa de no ser real!” Dijo el duende. “Sí sos real” gritaba ella “¡Sos real, yo te veo! ¡Te toqué, te llevé en mis manos, sos real! Te alcé como a un bebé entre mis brazos y te cuidé como si fueras mío… sos… sos real”.
Dijo Mariela desplomándose en el suelo tirando el tenedor. “Eusebio… Soy tan infeliz”. “Tanto, tanto que veo duendes. Tanto que ni siquiera veo a mi papá por miedo a que se muera frente a mi”. Dijo Mariela “¿Por qué esto tiene que ser tan difícil? ¿Por qué esto duele tanto? Ayúdame Eusebio, ayudame Anthony, ayudame Ale…”
El duende la miró y le preguntó: “¿Por qué pedís por Anthony y Ale? No están acá”.
Mariela se tiró al piso recostandose en posición fetal mientras se chupaba el dedo gordo. Se quedó dormida y comenzó a ver un largo camino amarillo, de ladrillos muy grandes y rectangulares. Parecían unas baldosas muy anchas. Bien lustradas tanto que brillaban. Mariela quiso caminar por el sendero que estaba frente a ella que llevaba a un lugar hermoso. Con flores de colores y nubes de algodón de azúcar. Con helado de limón cayendo del cielo como lluvia. Un gran arcoiris se veía a lo lejos, un lugar dónde los pájaros eran libres para cantar cuando quisieran. La joven puso un pie sobre uno de los ladrillos. Se quedó atónita al notar sus zapatos rojos, brillosos y su vestido azul. Mariela sintió una mano que se acercaba a ella, era su padre. Hacía ya tres, quizás cuatro días que no lo veía. Su papá. Muy delgado y avejentado, con el pelo canoso y la bata del hospice.
“¿Qué hacés acá papá?” Le dijo al anciano. “Vine a conocer la tierra de Dorothy” Dijo él.
“¿Puedo ir con vos? Vamos. Y busquemos a mamá”. Preguntó Mariela chocando sus zapatos sin darse cuenta. Salieron chispas de ellos.
“No” dijo él “A vos todavía no te toca ir. Pero yo… Yo me voy contento a encontrarme con ella”. Afirmó señalando hacia el camino amarillo.
Mariela giró la cabeza hacia atrás mirando la ciudad que se veía a lo lejos donde el arcoiris. Ahí, dentro de una burbuja, venía volando su madre. Joven. Era como un sueño. Samantha. Con su pelo rubio enrulado y sus grandes ojos marrones. Sus pestañas largas se movieron como abanicos. Mariela lloró. Sintió como las lágrimas caían. Samanta flotó por el aire hacia Adel y pinchó la burbuja cayendo lentamente al piso. Con su mano derecha extendida sujetó la mano de su esposo.
“Adel” dijo ella “Amor” respondió él. Y se elevaron en el aire. Unas nubes de color rosa los rodearon y los levantaron como un ascensor. Samanta miró a Mariela y le dijo: “Aún no es tu momento. Te cuidamos mucho y también vos nos cuidaste. Es hora… De que vivas para vos. Se feliz. Es lo único que te pido. Adiós, mi Marielita. Gracias por todo”.
Mariela miró a sus padres. Su papá al elevarse comenzó a volverse joven de nuevo. Su pelo volvió a ser negro y sus arrugas desaparecieron. Mariela lloró aún más fuerte y golpeó tres veces sus zapatos rojos diciendo: “no hay lugar como el hogar”.
Cuando despertó estaba boca abajo sobre la alfombra. Su gato Avellana le lamía el pelo mientras la Alejandra llamaba una ambulancia y Anthony a su lado le sostenía la mano. “¡Mariela! ¡Mariela!” gritó Anthony. Mariela se había desmayado. Como no había nadie en la casa logró despertar cuando Anthony comenzó a gritar. La Ale la miró, tenía los ojos llorosos. “¿Qué pasó amiga?” Dijo Ale. “Creo que me desmayé, amiga”. “¡Eso pasa porque no comés!¡No hagas más eso! No nos des ese susto” Cayeron lágrimas por los ojos de Ale mientras se acomodaba el pelo y la mujer del SAME le insistía con que si iba o no a necesitar la ambulancia.
Mariela dijo que no pasaba nada, que estaba bien. Y Ale cortó la llamada. Mientras Anthony lloraba a mares al lado de Mariela. Esta lo miró y vió sus tiernos ojos marrones lagrimear. Sintió ternura muy profundamente y recordó el amor de sus padres. Y deseó con todas sus fuerzas amar siempre así de mucho a Anthony y que él la ame a ella. Mariela tocó la mejilla de Tony y le dijo: “No llores más, amor, acá estoy”.
De pronto muchas cosas ya no tenían importancia, ni Eusebio, ni las goteras de la casa, ni sus hermanastros.
Cuando todo se sintió finalmente tranquilo y Mariela se incorporó sintió en su bolsillo sonar su celular. Era la secretaria del hospice. No podía ser nada bueno. No a esa hora.
La mujer dijo que Raul y Edgardo estaban en el lugar mientras ocurría. Ellos lo vieron quedar callado, quieto y luego como cerraba sus ojos y dejó de respirar. Mariela sintió un dolor en el pecho. Anthony al ver su cara lo entendió todo. Y juntos, él y Ale, la abrazaron. Los ojos de Ale aún estaban vidriosos. Mariela no pudo llorar. Se quedó atónita. Y luego de un rato solo se sentó en el suelo. Y con la mirada gacha pudo divisar a los lejos muy borroso a Eusebio sentado en el sillón.

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