Él no era como cualquiera. Al contrario. Anthony era especial, se notaba en su mirada. Sus dulces ojos, su tierna nariz. Sus labios gruesos y oscuros. Más allá de su belleza física, que era evidente, Anthony era un buen muchacho. Sentí desde el inicio una conexión con él. Y desde ese día sentí que no podría separarme de su lado jamás. Aun recuerdo aquella noche en que mi mamá estaba internada y hablamos de Anthony.
En aquella habitación compartida, de la clínica, mamá tomó mi mano con fuerza y me hizo prometer que iba a cuidarme. Yo a mi misma cuidarme. Que nunca permitiría que Anthony me tratara mal.
“Ya has sufrido mucho, ahora solo te toca ser feliz”. Dijo mamá. Aquella noche nos habíamos quedado solas. Raul y Ariana se habían ido temprano ya que solo una persona podía quedarse en la habitación con ella. Más siendo que la habitación era solo de mujeres y junto a mamá había otra señora. La gente de la clínica fue muy amable al dejarme quedar. La señora de al lado, la de la cama contigua, estaba con su hija que a cada rato la criticaba. Que: “mamá nunca hacés caso” que: “”esto te pasa por no hacerle caso al doctor”. Quién hubiera dicho. Que aquella noche yo sería la última que vería a mi mamá consciente. Quizás a esa señora le convendría hacerle caso a su hija ¿Quién sabe? Podría terminar como mi mamá…

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