—¡Andru! ¡Con que aquí estás!… Te hemos estado buscando como locas —exclamó Fugaris, aliviada—. ¿Qué hacías en un lugar tan lejos de la celebración?
—Oh… nada. Solo me dejé llevar…
—Vamos, es hora de regresar al mundo humano. Hay que despedirnos de Estela.
—Cierto… v-vamos —respondí, aún distraído, rebuscando entre la maleza por aquella figura que hacía un momento me había salvado la vida.
No podía quitarme de encima la sensación de sus manos frías sujetándome por la cintura. No podía olvidar esos ojos grises.
Cuando regresamos a la celebración, ya estaba casi vacía. Mi madre se acercó a nosotros con una sonrisa serena. La brisa nocturna hacía ondear su cabellera roja, y al agitarse, desprendía pequeños destellos dorados que flotaban en el aire como polvo de estrellas.
—Mi hijo… es hora de irte, ¿cierto? —preguntó con esa voz suave, llena de afecto.
—Sí, madre. Pero volveré seguido a visitarte.
—Claro… aún tienes que ponerte al día con el reino.
Extendió los brazos y me dio un abrazo cálido. Luego, inclinándose ligeramente, susurró en mi oído:
—¿Tienes el aroma del rey?
¿El rey…?
Un escalofrío recorrió mi espalda. La imagen de aquellos ojos grises cruzó fugazmente mi mente, pero no dije nada.
—Madame —interrumpió Luci con formalidad—. Estoy listo para partir con mi señor.
—¿Qué? ¿Luci viene con nosotros? —preguntó Jayeon sorprendida.
—Sí —respondió mi madre con orgullo—. Luci volverá a estar al servicio de mi hijo.
Era evidente el aprecio y la confianza que le tenía.
—¡Qué magnífica noticia! ¡Será como en los viejos tiempos! —saltó de alegría Jayeon.
—Bueno, Andru, es hora —añadió Fugaris.
Asentí y me concentré en abrir el portal. Esta vez fue más sencillo. Tal vez porque ahora comprendía mejor quién era… o porque había recuperado parte de mis recuerdos junto a Estela.
El portal se abrió y, a través de él, pude ver mi pequeña habitación.
Miré a mi madre una última vez. No era una despedida nostálgica; sabía que podía volver cuando quisiera.
Cruzamos el portal.
En un segundo, la oscuridad de mi habitación nos envolvió. El contraste era abrumador. Del mundo lleno de magia y luz pasamos a uno donde lo único que brillaba eran la luna y las estrellas.
—P-pero… mi señor —exclamó Luci, visiblemente impactado—. ¿Cómo es que vive de… esta manera?
—¡Luci! —lo reprendió Fugaris—. Recuerda que aquí nuestro señor es un simple humano. Debe vivir como tal. Él está en contra de usar su magia para un beneficio tan banal como la riqueza.
Bostecé.
—Mañana podremos ponernos al día, Luci. Por ahora quiero descansar… estoy agotado.
Me dejé caer en la cama.
“Plaf.”
Y sin darme cuenta, caí en un sueño profundo.
Cuando desperté, ya era mediodía. Por suerte era sábado y no tenía clases, aunque debía cubrir mi turno en el trabajo desde las cuatro de la tarde.
Instintivamente llevé la mano a mi cuello, buscando el collar que Estela me había entregado.
Ahí estaba.
Lo sostuve entre mis dedos y lo observé con detenimiento.
Una cadena fina dorada sostenía una piedra azul celeste. Dentro, podía distinguir la silueta de un castillo.
¿Por qué una piedra azul con un castillo en su interior?
“Bzzz… bzzz…”
Un zumbido interrumpió mis pensamientos.
Mi teléfono.
¿Quién me llamará? ¿Será mamá?
Tomé el aparato y miré la pantalla.
Ian.
—¿Hola?…
—Andru, buenos días. ¿Te desperté? —su voz sonaba alegre. Pude imaginarlo sonriendo.
—No, ya llevaba un rato despierto… aunque sigo acostado.
—Ya veo. Andru, quería preguntarte si tienes planes para mañana. Es tu día libre, ¿no?
—Sí, mañana descanso. No tengo ningún plan en especial.
—¡Estupendo! ¿Qué te parece si vamos a la playa?
Me quedé en silencio un segundo.
—Mmm… está bien.
—¡Perfecto! Paso por ti mañana a las once.
—De acuerdo.
—¡Hasta mañana, Andru!
Colgué.
Una sensación extraña recorrió mi cuerpo. Era una emoción que llenaba mi pecho y, al mismo tiempo, vaciaba mi estómago.
¿Qué es esto…?
Fui hacia la pequeña cocina y preparé unos huevos revueltos con tocino. Mientras comía y revisaba cosas al azar en el teléfono, una voz habló frente a mí.
—Mi señor, estoy demasiado aburrido.
Mis ojos se abrieron de golpe y casi me atraganté.
—¡Coff! ¡Coff!
—¡Oye! No hagas eso… me has dado un susto tremendo —lo reprendí mientras limpiaba las migas que había tirado.
—Me disculpo. Fue un error mío.
—Está bien… no te preocupes, Luci. No sé qué podrías hacer para matar el aburrimiento. Te dije que en el mundo humano no es necesaria tu presencia.
—Pero, mi señor, yo soy su escudo. Estoy aquí para protegerlo.
—Lo agradezco, pero no hay nada que proteger. Soy un estudiante universitario que trabaja todos los días y pasa su tiempo libre encerrado en casa.
Luci frunció el ceño.
—¿Cómo ha podido vivir así? Usted ama la naturaleza y la libertad.
Suspiré.
—Lo sé… extraño el pueblo donde crecí. Pero de algo tengo que vivir. Por eso estudio.
—Ahora que ha recuperado la técnica para transportarse, podría visitar ese lugar que tanto anhela más a menudo.
Me quedé en silencio.
Tenía razón.
Ahora podía abrir portales.
Podía ir a donde quisiera.
—¡Luci! ¡Eres un genio! —exclamé.
Él sonrió apenas.
—Siempre lo he sido, mi señor.
Esa noche no pude dormir.
Le daba vueltas al paseo con Ian. Aunque la playa estaba a solo media hora, sentía una inquietud extraña. Dejé preparada la ropa que usaría al día siguiente y, aun así, el sueño tardó en llegar.
Cuando finalmente me dormí, volví a aquel lugar que había soñado a los quince años.
La nieve cubría todo a mi alrededor, infinita y silenciosa.
Comencé a caminar. El viento resonaba en mis oídos como una melodía sombría. A mi paso, las ruinas de antiguas construcciones emergían entre la nieve, haciéndome sentir una tristeza profunda.
Mis pies se movían solos.
Llegué hasta lo que parecía ser un castillo en ruinas, mitad sepultado bajo la nieve.
Entonces escuché un ruido.
Me sobresalté.
—¿Quién está ahí?
Nadie respondió.
Mi mirada se posó en un árbol sin vida. Detrás de él distinguí una silueta.
¿Por qué me resulta tan familiar…?
Comencé a correr hacia esa figura, pero por más que avanzaba, parecía no acercarme. Mis pies se movían, pero permanecía en el mismo lugar.
Entonces lo vi.
Aquellos ojos.
Grises. Casi blancos.
Los mismos que vi en la oscuridad en el mundo de Estela.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Una tristeza inexplicable me apretó el corazón. Sin darme cuenta, las lágrimas rodaban por mi rostro.
En su mirada apareció preocupación… casi lástima.
Y entonces—
Desperté.
Mi respiración estaba agitada.
—¿Qué fue eso…?

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