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Juan de Triana: El Pequeño Tercio

Los Ratones de Triana (Segunda parte)

Los Ratones de Triana (Segunda parte)

Feb 17, 2026

   Juan y Eugenio lo pensaron por unos segundos, pero prefirieron guardar su indignación en un bolsillo y seguir el ejemplo de Diego. Ninguno iba a llegar a sus casas con las manos vacías solo por haberse enojado con un panadero abusivo.

    Los tres salieron del obrador enojados abrazando los panes como si se trataran de joyas costosas. El aire helado del exterior golpeó sus rostros enfurruñados y los puso nuevamente en alerta. Ahora tocaba volver a sus madrigueras, recorriendo las peligrosas calles que ahora estaban iluminadas por la luz del amanecer y llenas de humanos que salían de sus hogares para realizar sus actividades diarias.

 Juan y compañía notaron que algo no estaba cuadrando en el estrecho callejón: los alguaciles no estaban en sus puestos. Aquello no les gustó para nada, y apresuraron el paso hasta llegar a la esquina del callejón que daba hacia la calle Cava. Cuando se detuvieron para planificar como debían cruzar sin ser notados por los humanos, se dieron cuenta de que muchos roedores estaban corriendo al otro lado de la calle en distintas direcciones, como si necesitaran con urgencia alejarse de algo malo.  

Aquello no le gustó a ninguno de ellos. Preocupados, Eugenio y Diego movieron sus cabezas de lado y lado para buscar alguna pista que les indicara lo que había sucedido al otro lado de calle. En cambio, Juan, había centrado su atención en algo en particular: un silbido. Parecido al canto de un ave que Juan no pudo reconocer. Y que se repetía una y otra vez desde varios puntos sobre sus cabezas hasta cubrir varias manzanas a la redonda.

   Juan se asomó tímidamente por la esquina y alzó la cabeza para mirar hacia arriba, aprovechando que, el calor del sol estaba disipando la niebla y se podían apreciar mejor lo que había en los tejados. Allí notó algo, justo en el borde del tejado de un comercio de cestos, que reflejaba la luz del sol mientras se movía. Una armadura, quizás. Era una figura tan pequeña como Juan, que ondeaba insistentemente una bandera roja, al mismo tiempo que su acompañante silbaba de rodillas con la mirada puesta en la calle.

—¡Creo que hay un gato suelto en la calle! — Exclamó él mirando a sus amigos.

—¿Qué? —Preguntó Diego mirando a Juan confundido— ¿Por qué lo dices?

—¡Miren hacia allá! —Respondió Juan señalando a los roedores en el tejado

—Creo que son los tercios, y están agitando una bandera roja.

Diego y Eugenio miraron hacia donde apuntaba Juan.

—No veo nada por los alrededores. —Comentó Diego mirando hacia ambos lados de la calle— Podríamos cruzar la calle y escondernos en el túnel que hay debajo de esa casa.

—Está inundado. —Cortó Eugenio con tono seco.

—¡Eso no lo sabes! —Contestó Diego alzando la voz.

—¡La rata te dijo que todos los túneles estaban inundados, debemos volver al obrador y esperar a que todo se calme! —Respondió Eugenio molesto.

—¡Pero no hay depredadores cerca, aún tenemos tiempo para cruzar! —Exclamó Diego furioso.

Juan se vio obligado a intervenir.

—¡No seas cabezota, Diego! —Le espetó jalando a su amigo por la manga en dirección contraria a la calle — Eugenio tiene razón, tenemos el obrador justo detrás de nosotros. Y no me voy a arriesgar a mojar el pan que me ha costado un ojo de la cara.

Diego apartó su brazo molesto empujando a Juan para soltarse de su agarre. No iba a ceder esta vez; ya había tenido suficiente con que Juan se burlara de su cola amputada y que el panadero le robara dinero por 3 piezas de pan, como para tener que aguantar que le insulten y le obliguen a volver a ese nido de ladrones.

—¡Qué os zurzan a los dos, yo me largo de aquí! —Gritó él, mandando al carajo a sus amigos.

Diego era ese tipo de roedor que había tenido la mala suerte de haber nacido con un exceso de bilis amarilla en su cuerpo; lo que le hacía propenso a tener un temperamento del demonio. Tenía muy poca paciencia y se enfadaba con facilidad cuando los demás le llevaban la contraria o se metían con él, llevándolo a tomar decisiones impulsivas, como, por ejemplo: cruzar la calle a plena luz del día sin mirar si había humanos o depredadores cerca.

Juan y Eugenio miraron a Diego boquiabiertos. No podían entender como su amigo podía ser tan zopenco y cabezota en los momentos en donde se requería tener la cabeza fría como un hielo. Pero era su zopenco favorito, y lo querían mucho. Y por esa razón se lanzaron tras él, temiendo ser pisoteados accidentalmente por algunas de las mulas de carga que iban pasito a pasito por la calle, acompañadas de sus dueños.

Esquivaron las ruedas de una carreta y pasaron por debajo de la falda parduzca de una mujer, que chilló asustada al sentir el rápido roce de los ratones en sus pies.

Por fortuna, lograron cruzar la calle ilesos. Alcanzando a Diego, quien se había ocultado entre unas plantas que crecían pegadas a la fachada de una vieja casa para poder tomar un poco de aire.

—¡Diego! —Gritó Juan captando la atención del ratón de pelaje gris que ya tenía intenciones de retomar su ruta — ¡Diego, espera un momento!

—¡Deja de exponer tu vida de esa manera, maldito infeliz! —Espetó Eugenio casi sin aire en sus pulmones —¡Qué no seré yo quien le lleve tu cuerpo a tu madre!

—¿¡Qué vas a llevar tú si eres un cagalindes!?— Le respondió Diego mirándolo con desprecio.

Eugenio iba a abalanzarse sobre él de no ser por Juan, que se interpuso entre los dos, para evitar que se mataran a golpes delante suyo.

—¡Calmaos, por favor! —Exclamó Juan en voz alta, aguantando a duras penas los empujones que venían de lado y lado —¡Que no pasa nada!¡Nos esconderemos en la madriguera y aguardaremos allí hasta que pase la alarma! ¿Os parece bien?

Diego miró a Juan sorprendido, y después, a Eugenio con una sonrisa burlona. De la que Juan se dio cuenta, e intervino por segunda vez, para evitar que Diego le restregara su victoria en la cara a Eugenio:

—¿Entendiste lo que he dicho, Diego? —Preguntó Juan, borrando la sonrisa del rostro de Diego al notar que éste le señalaba con un dedo— No vamos a adentrarnos en los túneles, es demasiado peligroso.

—¡Bah!, haced lo que os dé la gana. —Respondió Diego con desdén, apartándose de Juan con un empujón.

Juan hizo un enorme esfuerzo para no darle un puñetazo a Diego ahí mismo. No quería seguir peleando con él, pero tampoco le quedaban muchas ganas de hacer de niñera y seguir insistiendo sobre los riesgos que había en adentrarse en las profundidades de unos túneles anegados de lodo. Ya estaba hasta las orejas del mal genio de su amigo, y planeaba mandarlo al carajo en lo que terminara la alarma que había sobre la superficie.

   Nuevamente, fue Diego quien encabezó el recorrido por los dos últimos metros que quedaban.    No tardaron mucho en llegar a una de las esquinas de la casa y adentrarse en otro estrecho callejón, que daba a una calle ciega, que servía de basurero improvisado para los talleres y hogares de los alrededores. Un lugar perfecto para disimular las entradas de los túneles públicos que las autoridades roedoras del cabildo habían excavado décadas atrás

Repentinamente, un grito de dolor que provenía de la calle ciega les detuvo.

—¿Pero qué demonios hacen ustedes ahí? —Gritó una voz familiar desde el otro lado del callejón—¡Escóndanse en el túnel!

    Los tres roedores reconocieron al alguacil, quien estaba al frente de otros cinco compañeros. Todos tenían sus espadas roperas desenvainadas, en posición de ataque y apuntando hacia un mismo punto de la calle. Algo muy malo estaba muy cerca de ellos, y ninguno de los tres ratones quería saber lo que era.

   Esquivaron los pocos obstáculos que le quedaban y entraron al túnel sin problemas. Ahí, muy cerca de la entrada, se encontraron con un poco más de una decena de roedores que estaban apretujados entre sí, en la única parte del túnel en donde las patas no se hundían en el lodo.

Juan y Diego se abrieron paso entre los presentes para alejarse lo más posible de la entrada; en cambio, Eugenio decidió detenerse por unos instantes para dirigirle la palabra a una moza de pelaje pardo claro que llamó su atención por sus hermosos ojos negros:

—Perdona ¿Pero sabéis algo de lo que está pasando allá afuera? —Preguntó él de la forma más educadamente posible. Controlando su respiración entrecortada por el cansancio.

—No, los alguaciles empezaron a dar las voces de alarma y nos ordenaron escondernos. —Respondió la ratona negando con la cabeza— Algunos me han comentado que posiblemente se trate de…

La ratona no pudo completar la frase por los gritos que se escucharon desde el exterior, sobresaltando a los presentes que pudieron escuchar con claridad la orden de ataque dada por la potente voz del alguacil. Muchos roedores comenzaron a alejarse lentamente de la entrada, ignorando la desagradable sensación que producía tener las patas sumergidas completamente en el lodo.

—¡Cuidado, señor! —Se escuchó gritar a alguien desde afuera, al mismo tiempo que algo muy grande comenzó a golpear rápidamente el suelo con sus patas

Nadie pudo reaccionar a tiempo. Una bestia introdujo sus fauces abiertas a tal velocidad dentro del túnel, que ni Juan ni Diego pudieron darse cuenta de que habían atrapado a Eugenio junto con la moza. 

emejotaart
M.J. GARCÍA

Creator

#bestia #monstruo #Monster

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