Los gritos y el pánico no se hicieron esperar, todos los roedores corrieron hacia el interior del túnel, cuyas paredes comenzaron a temblar por las fuertes patas de la bestia que había decidido excavar la entrada para atrapar más víctimas.
últimos clientes de la jornada para volver temprano a sus hogares.
Uno de los panaderos, un topillo con el pelaje cubierto por una delgada capa de harina de trigo
La mente de Juan estaba en Diego y Eugenio. Pudo localizar al primero que iba delante de él, a pocos centímetros de distancia, intentando estirar su mano entre la multitud para llamar la atención de sus amigos mientras corría. Cuando Juan notó que faltaba Eugenio, temió lo peor. Y como pudo, se abrió camino dando fuertes codazos y empujones a otros ratones, hasta que pudo frenar a Diego jalando su jubón con fuerza.
—¡Diego, no veo a Eugenio, creo que se quedó atrás! — Dijo Juan, logrando detener a Diego en seco. Momento que Juan aprovechó para guiarlo hacia un ramal del túnel, que por los visto, daba hacia una calle cercana al callejón en donde se encontraba Eugenio.
Allí el helado lodo llegaba hasta la cintura, haciendo más lento el escape. Diego y Juan se despojaron de sus capas mojadas, porque se les estaban haciendo muy pesadas. Al tener buena visión nocturna, se dieron cuenta de que las paredes de ese ramal estaban sobrecargadas de agua y podían caerse en cualquier momento. Y sin pensarlo dos veces, corrieron hacia la salida cuando sintieron un fuerte estruendo que ahogó los gritos de los ratones que habían huido por otro el túnel principal. Una pesada lluvia de guijarros y piedras comenzó a caer sobre sus cabezas anunciando lo peor. Temeroso, Juan jaló a Diego hacia él, cogiéndolo por el cuello del jubón para poder salir juntos hacia el exterior lo antes posible.
Fue un milagro, que ambos pudieran subir las escalinatas del túnel, justo antes que una parte de la bóveda cediera. Juan y Diego cayeron de rodillas al sentir los rayos del sol sobre sus rostros, pero no tuvieron tiempo para agradecer al Altísimo por haber obrado en favor de ellos. Porque algo o alguien considerablemente grande, se había desplomado justo en frente de ellos, a unos peligrosos pocos centímetros de sus narices.
Ambos ratones quedaron conmocionados al darse cuenta de que se trataba de un hombre con la cabeza completamente bañada de sangre; posiblemente, a causa de unos ladrillos que habían caído cerca de él. Si estaba vivo o no, no era asunto de Juan ni de Diego, quienes corrieron de inmediato hacia la esquina del callejón al escuchar el sonido de un tambor entremezclado con gruñidos y ladridos.
Juan y Diego descubrieron horrorizados la batalla mortal de los tercios viejos de Triana contra tres perros, que, en esos momentos sacudían sin piedad a unos pobres cristianos que habían atrapado con sus fauces. Al ver aquello, Diego sintió un nudo en la garganta por la culpa, ya que, de no ser por él, Juan y Eugenio habrían estado a salvo en el obrador.
—¡Por aquí Diego, rodearemos el callejón! — Le escuchó decir a Juan, quien lo jaló nuevamente por la manga del jubón para guiarle.
Diego reconoció de inmediato la Cava de Los Gitanos, que a esas horas ya estaba repleta de personas y animales de carga. Y sin pensárselo dos veces, corrió acompañado de Juan rumbo al otro callejón, donde posiblemente estaría Eugenio herido.
Al ser ratones, tardaron menos de un minuto en salir a la calle y adentrarse al otro callejón. Con mucha cautela, se acercaron a la entrada del túnel que había quedado hecho un desastre. Diego fue el primero en adentrarse al interior sorteando la basura y los escombros, llamando a gritos a Eugenio junto con Juan, con la esperanza de hallarlo con vida.
Ni Eugenio ni los ratones que habían huido junto con ellos respondieron. El sentimiento de culpa de Diego creció hasta tal punto que ya no pudo contener el llanto. Al ver esto, Juan decidió apretar sus ojos con fuerza para no ceder ante su propio dolor; sacando fuerzas para dirigirse hacia el exterior, mientras limpiaba discretamente las pocas lágrimas que salieron de sus ojos.
—¿A dónde vas Juan? —Preguntó Diego sollozando.
—Iré a buscar a Eugenio afuera. —Respondió él con la voz entrecortada.
Diego miró el fondo del túnel por última vez antes de seguir a Juan en silencio. El aire del exterior apestaba a sangre y a saliva de perro, mezclada con los olores corporales de muchos roedores, entre los cuales uno correspondía al de Eugenio. Juan y Diego usaron sus narices para guiarse, acercándose peligrosamente a la calle sin salida donde aún se libraba la dura batalla entre los tercios viejos y los perros.
Al ocultarse entre la basura, se toparon accidentalmente con el cadáver de una ratona, cuya cara había sido triturada por los dientes de uno de los perros. Juan luchó contra sí mismo para contener las arcadas que sintió al ver el cuerpo destrozado de aquella pobre cristiana cubierto de saliva de perro. Enfocándose en seguir en su búsqueda mientras intentaba alejarse lo más posible del perro que se estaba revolcando violentamente en el piso para zafarse de los roedores que le estaban atacando con furia.
Juan y Diego se congelaron al instante cuando escucharon la estrepitosa caída de aquella bestia, que acabó muerta sobre un charco de su propia sangre. Ninguno de los dos podía creer lo que había sucedido, pero aún quedaban dos perros bravos con vida y debían encontrar a Eugenio lo antes posible.
—¡Mira por allá, Juan! — Gritó Diego señalando hacia alguien que estaba inconsciente a un metro y medio de ellos.
Ambos reconocieron de inmediato las ropas de Eugenio, de inmediato corrieron hacia él para socorrerlo.
—¡Eugenio, Eugenio! — Gritaron Juan y Diego desesperados.
Eugenio no respondió. Lo que quedaba de él era un cadáver que Juan y Diego miraron horrorizados al notar que tenía el cuello fracturado. El repentino dolor en el pecho que sintió Diego al ver a su amigo muerto le hizo caer de rodillas, con los hombros hacia adelante y la espalda encorvada. El sentimiento de culpa que sintió en aquel momento fue tan grande que tuvo que esconder su rostro entre las manos para no confrontar lo que tenía delante, mientras lloraba por Eugenio. Paralelamente, Juan se acercó al cuerpo del que fue su mejor amigo arrastrando los pies y conteniendo el llanto por muy poco tiempo, hasta que pudo arrodillarse junto al rostro de su amigo para cerrarles los ojos para siempre con un suave toque de sus manos.
Juan sacó fuerzas de donde no tenía para volver a ponerse de pie. No podía dejar a Eugenio tirado en ese basurero a merced de los gatos callejeros; y como pudo, alzó el cadáver por los hombros y se lo echó a la espalda para poder llevarlo con su familia. Ignorando completamente los sollozos de Diego, quien se vio obligado a levantarse del suelo para seguir a Juan en silencio y sin ofrecer ayuda alguna, ya que el peso de su propia vergüenza le impedía acercarse a Juan o tocar el cadáver de Eugenio.
Ambos roedores se detuvieron cuando escucharon unos gritos de celebración: Los tercios viejos habían ganado la batalla, matando a un segundo perro y haciendo huir al tercero, que salió corriendo con varias heridas abiertas hacia rumbo desconocido. Sin embargo, la alegría por la victoria fue interrumpida por los gritos de una rata negra que estaba de pie sobre el cadáver del primer perro, alzando con orgullo la oreja que le había cortado al can con la ayuda de una espada ropera.
—¡Os equivocáis, malditos farfantes! — Gritó la rata negra cuyo uniforme de alguacil estaba completamente cubierto de sangre de perro—¡Los tercios viejos sólo lograron acabar con la vida de una sola bestia, la de Hueso; dejando escapar a la otra bestia con vida!¡El mérito, la gloria y la recompensa por haber matado al infame Palo nos pertenece a nosotros, los honorables alguaciles de la calle Cava!¡Tengo a Dios y a esos dos ratones por testigos! — Gritó el alguacil señalando a Juan y a Diego.

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