Se llamaba Samanta. Samanta Rizzollini. Tenía ya 72 años cuando le dio el tercer ACV. Mariela, su hija, estaba sola con su padre cuando ocurrió. Era verano, fue en diciembre, hacía mucho calor y Mariela estaba durmiendo en un colchón en el piso. La casa de la familia estaba silenciosa cuando Mariela escuchó el grito. Un grito desgarrador. Era la voz de su madre gritando su nombre. Mariela se levantó sobresaltada del colchón y acto seguido sonó el teléfono.
Una voz del otro lado le habló calmada pero tristemente, le dijo que debía ir a la clínica que era urgente. Mari escuchó atentamente y solo atinó a decir: “¿Pasó algo malo?”
El enfermero le contestó: ¿sabía usted del estado de su madre?
No podía ser bueno.
Mariela sabía que Sam estuvo semanas en coma y que probablemente si despertaba sería en un estado muy deplorable. Aun así nada la preparó para lo que se venía. Samanta había sufrido un tercer ACV y había muerto.
Mariela corrió a la habitación de su padre y lo despertó. Su padre, ya con un cáncer avanzado, la miró asustado. Aún se lo veía con ganas de seguir luchandola antes de ese momento pero algo cambió cuando esa noticia llegó.

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