—Por favor…
La voz resonó como un eco fantasmal. La figura vaporosa de la joven apenas era distinguible, envuelta en una luz suave que parecía desvanecerse con cada palabra.
—Eres mi única esperanza…
Sus ojos, de un azul turquesa profundo, reflejaban un dolor antiguo.
—Ayúdanos.
Suplicó antes de que la visión se disipó en la nada.
El golpe de un libro al caer sobre la mesa arrancó a Sven de aquel estado hipnótico. Se incorporó de inmediato, sobresaltado, al darse cuenta de que se había quedado dormido en plena lección.
—Lord Sven, espero que no vuelva a repetirse esta situación —dijo el maestro, acomodándose las gafas con evidente frustración.
—Discúlpeme, maestro.
—Si va a convertirse en el próximo consorte real, es necesario que domine política y diplomacia. Retomemos la lección desde el principio.
Sintió el calor subirle al rostro y se irguió en su asiento, intentando concentrarse mientras el maestro continuaba con otro capítulo sobre la fundación de Diodain. Sin embargo, su mente permanecía atrapada en el sueño que se repetía cada noche desde hacía días.
Una hora después, abandonó el salón de la academia caminando cabizbajo. Los jardines se extendían ante él, resplandecientes de rosas blancas que contrastaban con su ánimo pesaroso.
—¡Sven!
Una pequeña criatura azul voló hasta él con energía.
—Ya estaba aburrido esperándote.
Sven sonrió sin poder evitarlo y acarició las mullidas orejas blancas de Nébula, provocando un suave ronroneo que logró sacarlo, al menos por un instante, de sus pensamientos.
Una idea se formó con claridad en su mente.
—Vamos a visitar a Nox.
Nébula se acomodó sobre su hombro mientras Sven se dirigía con paso decidido hacia Lumi, su Pegaso, que pastaba tranquilamente. Tomó las riendas y acarició su crin, comunicándole sin palabras que era hora de partir.
La criatura alzó el vuelo con elegancia, dejando atrás el casco de la academia. Ganó altura con un suave batir de alas antes de girar, obediente, en la dirección marcada por su jinete. Sven surcó los cielos despejados y luminosos de la capital de Diodain, sintiendo la brisa cálida jugar con su cabello.
El ambiente cambió conforme avanzaban. El aire se volvió más frío y las nubes comenzaron a envolverlos.
El pegaso sobrevoló el bosque oscuro, internándose más allá de los límites que los lugareños evitaban. Los edificios blancos y dorados del reino del sol quedaron muy atrás, reemplazados por un mar de sombras perpetuas. El bosque mágico parecía un abismo profundo, cubierto por nubes densas que jamás permitían el paso de la luz.
Lumi descendió hacia un claro familiar. Su figura blanca brillaba como una perla luminosa entre la penumbra.
Al tocar tierra, Sven distinguió la silueta conocida de Nox aguardándolo frente a la puerta de su pequeña cabaña, con una sonrisa tranquila que parecía anticipar su llegada.
De un brinco grácil descendió del pegaso y, devolviéndole el gesto, saludó al joven mago.
—¿Sabías que vendría?
—Puedo sentir desde hace días tu inquietud —respondió Nox—. Te esperaba.
Ambos se fundieron en un abrazo amistoso. El cabello blanco de Sven contrastaba con la túnica negra de su amigo, como teclas de piano enfrentadas.
Al ingresar a la cabaña, percibió el aroma de hierbas exóticas. El burbujeo de algún tónico sobre las brasas llenaba el ambiente, y una calidez familiar lo envolvió de inmediato. En medio del profundo y misterioso bosque, aquel lugar se sentía como un oasis de quietud.
Nox extendió el brazo, indicando un asiento en la única mesa situada en el centro de la sala. Sven obedeció, mientras Nébula se acomodaba en un mullido cojín a su lado.
—¿En qué has estado pensando últimamente? —preguntó Nox.
Retiró entonces un manto que ocultaba una bola de cristal ornamentada. Al contacto con sus manos, el artefacto reaccionó, emitiendo una luz tenue que iluminó el rostro del oclumante. Sus ojos destellaron en un tono púrpura.
—Desde hace días tengo un sueño —confesó Sven—. Hay alguien que no deja de llamarme… y no sé qué significa.
Observó a su amigo con admiración. Bajo el cabello oscuro que le cubría parcialmente el rostro, Nox mostraba una concentración digna de un maestre en artes ocultas. Pensó en la fortuna de contar con alguien tan sabio a su lado.
—Necesito que concentres tu vista y tus pensamientos en la luz —indicó Nox—, mientras conjuro.
Sven obedeció. En el interior de la esfera comenzaron a formarse figuras difusas, mientras Nox murmuraba un canto en una lengua antigua. Intentó enfocar su mente en el rostro y las palabras de la dama que poblaba sus sueños.
El aire se volvió más denso, pesado sobre sus párpados y su cabeza. Solo percibía el ritual, mientras las formas en el cristal cobraban mayor claridad.
No supo cuánto tiempo pasó hasta que, desde el centro de la luz, emergió una figura oscura. Como humo maligno, se expandió hasta consumirlo todo. La esfera pareció insuficiente para contenerlo.
De ella brotaron siluetas vaporosas, negras, que tomaban la forma de bestias lanzando zarpazos y rugiendo en un silencio antinatural. El hechicero abrió los ojos como dos amatistas al ver cómo aquella manifestación se elevaba hasta el techo, sin encontrar salida.
—¿Qué es eso, Nox? —exclamó Sven, retrocediendo en su asiento.
—N-nunca había visto algo así… —musitó.
De inmediato comenzó a recitar nuevos cánticos, trazando símbolos en el aire con los dedos. El torbellino de oscuridad pareció calmarse poco a poco, pero Sven sintió cómo el mundo a su alrededor se apagaba.
Las sombras regresaron a la esfera. Su cuerpo cedió, desplomándose sobre la mesa.
Lo último que escuchó, antes de perder el sentido, fue la voz de una mujer llamándolo.
Su cuerpo aún se sentía pesado cuando abrió los ojos, pero la cama de Nox era suave y cálida. Al incorporarse, distinguió el murmullo de una tetera a punto de hervir. Frente al fuego, Nox espolvoreó con cuidado unas hierbas en dos tazas antes de verter el agua caliente.
—¡Sven! —Nebula se abalanzó sobre él, frotando sus mejillas aterciopeladas contra las suyas—. Pensé que algo malo te había pasado. No despertabas.
—De repente sentí mucho sueño —murmuró, acariciando a su mascota mientras se sentaba en el borde de la cama.
Nox le tendió una de las tazas.
—Esta visión no me gusta nada.
Sven dio un sorbo. El calor le recorrió el cuerpo, pero al recordar aquellas siluetas, un frío profundo volvió a instalarse en su pecho.
—Siento que esas criaturas son…
—Lo son —respondió Nox con gravedad—. Se parecen demasiado a los monstruos de la masacre de Delphen.
Su corazón dio un vuelco.
Habían pasado nueve años desde aquella noche, y aun así el recuerdo seguía ahí, agazapado. Al principio, pensar en ello lo hacía llorar sin consuelo. Después, solo le dejaba un nudo en la garganta. Pero últimamente era distinto: no era tristeza, era una presión constante, un dolor que regresaba cada vez que el nombre de Delphen era pronunciado.
En Diodain, Sven era solo un noble sobreviviente. Para el resto del continente, la realeza lunar había dejado de existir. Vivía rodeado de comodidades, protegido, privilegiado. Permitirse añorar el pasado parecía un acto de mera ingratitud.
Solo con Nox podía admitirlo.
—¿Entonces… es un recuerdo? —preguntó en voz baja.
—No —respondió el mago tras un instante—. Es un presagio.
Sven sintió que aquella opresión se hacía más intensa. Entonces reparó en algo que lo sacó de la maraña de emociones.
Era de noche.
Dejó la taza a un lado y se puso de pie de un salto.
—¡Debo irme! Gracias por ayudarme, Nox.
El mago no levantó la vista de su bebida.
—No es nada… Gracias por venir. Eres el único que lo hace.
Sven creyó notar una tristeza más profunda de lo habitual en su voz, pero no se detuvo. Sonrió con dulzura antes de marcharse, ansioso por alejarse de aquel lugar y de las sombras que había visto.
Cuando la figura de Sven y el resplandor de Lumi desaparecieron entre los árboles, la cabaña pareció sumirse en una penumbra aún más densa. El bosque, se volvió opresivo.
—Por favor… ten cuidado —susurró Nox a la nada.
Apretó la mano contra su pecho. En el dorso, un símbolo carmesí brilló con un ardor inquietante.

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