La luz del mediodía bañaba el campo de entrenamiento mientras Eidan chocaba su acero contra su rival más aguerrido. Los golpes resonaban secos, firmes, ejecutados con precisión y disciplina. Desde niño había aprendido que un rey no podía permitirse distracciones en el fragor de la batalla, y aun así, últimamente su mente regresaba una y otra vez al mismo nombre.
El destino —o la diplomacia— los había unido bajo una promesa que ninguno eligió. Y aun así, Eidan jamás lo sintió como una carga. Había crecido con la certeza silenciosa de que, algún día, reinaría a su lado.
Por eso entrenaba sin descanso. Por eso se había convertido en uno de los mejores espadachines del reino. Había vencido, al menos una vez, a todos los duelistas reconocidos de Diodain… excepto a uno. Dyro.
El hermanastro de Sven ejecutaba cada ataque con una facilidad que resultaba irritante. Sus movimientos eran rápidos, precisos, casi desprovistos de emoción. Los ojos grises, afilados, lo observaban como si el combate apenas mereciera su atención, y eso hería el orgullo de Eidan más que cualquier golpe.
Al alzar la espada con ambas manos, alcanzó a notar cómo el cabello largo y plateado de su rival danzaba con cada giro, fundiéndose con la hoja como si ambos fueran una misma cosa.
No logró esquivar del todo el siguiente movimiento.
El impacto lo desestabilizó, y Dyro aprovechó la apertura para derribarlo con un golpe certero. Eidan cayó al suelo con brusquedad, sintiendo cómo la sangre le hervía al saberse, una vez más, derrotado.
Estaba a punto de incorporarse cuando notó el movimiento entre los guardias.
La silueta de Sven cruzaba el campo.
Al verlo, algo en su pecho se derritió.
Sven siempre había sido así: una presencia serena, casi irreal, como si perteneciera a un lugar distinto al mundo que los rodeaba. Eidan se obligó a no acercarse de inmediato.
—¿Otra vez retando a mi hermano? —comentó Sven con una sonrisa divertida.
—Tengo que superarlo en todo —espetó Eidan con amargura mientras se sacudía el polvo.
Dyro bufó, con la seguridad de quien no se siente amenazado.
Sven tomó asiento en una de las bancas y le tendió a Eidan la cantimplora que llevaba consigo. El joven rey se sentó a su lado, sintiendo una calidez inesperada al estar tan cerca de él.
—Me gustaría que algún día se llevaran bien —dijo Sven con suavidad.
—Considera suficiente con que no intentemos matarnos durante el entrenamiento —respondió Eidan con tono áspero.
Sven los observó un instante. Aunque físicamente eran opuestos —Dyro, un delpheniano de cabellos plateados y mirada fría; Eidan, un hijo del sol, alto, fuerte y luminoso—, ambos compartían la misma obstinación.
Y, de maneras distintas, ambos ocupaban un lugar importante en su vida.
—¿Quién es esa persona del dibujo? —preguntó el rubio, señalando el cuaderno de bocetos que Sven llevaba bajo el brazo, donde apenas se distinguía el retrato de una mujer.
—No lo sé realmente —respondió tras un instante—. Quizás alguien que conozco.
Su voz sonó nostálgica, y Eidan sintió cómo un atisbo de celos se le instalaba en el pecho. No preguntó más. Había algo mucho más importante que necesitaba decir.
Llevaba meses pensando en cómo hacerlo. Ensayando las palabras en su mente, buscando el momento adecuado. Y aun conociendo a Sven desde siempre, nunca se había sentido tan renuente a hablar.
—Necesito hablar contigo —dijo al fin, apretando nervioso el mango de su espada. Un remolino incómodo se agitó en sus entrañas.
Sven se volvió hacia él, pero su mirada no estaba del todo ahí. Sus ojos claros reflejaban el cielo abierto más allá de las columnas, como si algo invisible reclamara su atención.
—¿Sí? —respondió con suavidad.
Eidan apretó las manos en puños. No era así como había imaginado este momento. No cuando Sven parecía tan lejos, tan envuelto en pensamientos que él no podía alcanzar.
—Nada —murmuró al final—. Solo… quería saber si te encuentras bien.
—Sí —respondió Sven tras un breve instante—. Lo siento, últimamente he estado más distraído de lo normal.
—Sabes que puedes decirme lo que…
El sonido metálico interrumpió sus palabras.
Dyro hundió la espada en el suelo frente a ellos, con un gesto impaciente.
—¿Va a seguir entrenando hoy, su alteza, o ya fueron suficientes las caídas?
Maldito seas.
La irritación le subió de golpe. En momentos como ese, Eidan tenía la certeza de que Dyro no compartía ni una gota de sangre con Sven.
—Hablaremos en otro momento —dijo con frialdad.
Tomó su arma y se lanzó de nuevo al duelo, descargando la frustración en cada golpe.
Sven observó unos segundos, incómodo. No quería presenciar otra pelea que solo lograría irritar aún más a Eidan. Finalmente, se levantó y se marchó en silencio.
La noche cálida envolvía la mansión Redmond. El canto de los grillos se mezclaba con el titilar de las luciérnagas que se colaban por la ventana de la biblioteca, donde Sven permanecía sentado con un libro entre las manos que no estaba leyendo.
Los acontecimientos de los últimos días lo mantenían inquieto. Incluso en una noche tan cotidiana como aquella, se sentía fuera de lugar. Sus sueños, la visión en la cabaña de Nox, la voz de aquella mujer que no dejaba de llamarlo… todo parecía señalar que durante años había vivido una farsa de tranquilidad.
Desde la noche en que lo llevaron junto a Dyro a esa misma mansión.
Desde el momento en que le dijeron que nunca más volvería a ser llamado Príncipe. Era un secreto que ahora sentía frágil, como un cristal a punto de romperse.
Estaba absorto en esos pensamientos cuando la puerta de la biblioteca se abrió de golpe. Lady Amelia Redmond entró con una sonrisa de emoción apenas contenida, seguida de cerca por su esposo.
—Oh, querido… qué bendición —exclamó ella.
Sven se puso de pie de inmediato e hizo una leve reverencia.
—Lady Amelia.
La mujer le acarició la mejilla cuando él se incorporó, mirándolo con orgullo.
—Felicidades, Sven —añadió Lord Redmond con voz serena.
El joven no comprendía el motivo de tanta alegría. No recordaba haber hecho nada digno de celebración. Entonces, como un eco incómodo, recordó el nerviosismo que había notado en Eidan el día anterior.
Abrió la boca para preguntar, pero Lady Amelia se adelantó.
—La reina madre nos visitó hoy junsto con el joven Rey —anunció—. Ha venido a pedir tu mano de manera formal.
Sven sintió que el aire se volvía más pesado en sus pulmones.
—La boda será en unos días.

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