Lo último que Sven guardó en el baúl fue un collar de piedra luna, una de las pocas pertenencias que aún conservaban un atisbo de su nación perdida. Le sorprendió darse cuenta de que toda su vida podía caber en un solo empaque. De cualquier forma, no necesitaría nada más en el palacio.
Nebula flotaba por los aposentos, observando el lugar que abandonarían esa tarde, como si a su manera también se estuviera despidiendo. Sven le acarició las orejas con cariño.
—Voy a extrañar un poco nuestra cama —comentó la criatura con ternura—, pero quizá tengamos una más bonita.
Lo cierto era que Sven no sentía un apego profundo por la mansión de sus tutores. Incluso allí, a veces se había sentido fuera de lugar. Siempre supo que aquel hogar era provisional, un refugio hasta que alcanzara la mayoría de edad y pudiera cumplir con el matrimonio pactado con el rey Eidan.
Lord Edmure y Lady Amelia, nobles sobrevivientes de la tragedia de Delphen, habían sido designados como sus tutores. Conocieron a sus padres cuando servían como cortesanos en el reino lunar y gozaban tanto de la confianza de la nobleza de Delphen como de la de Diodain. A ellos sí los extrañaría.
Se dirigió al salón principal, donde encontró a la pareja observando cómo algunos caballeros del palacio subían sus pocas pertenencias al carruaje.
—¿Ya estás listo, querido? —preguntó Lady Amelia con tono maternal.
—Sí. No tenía muchas cosas por empacar. Llevaré a Nebula en mis brazos.
—¿No piensas llevarte tu reliquia familiar? —intervino Lord Edmure, señalando un escaparate de plata.
Sven siguió su mirada. Dentro descansaba una exquisita lanza plateada, adornada con ornamentos de hielo perpetuo. Había pertenecido a su padre y se transmitía de generación en generación. De no ser por Lord Edmure, Sven jamás habría aprendido el arte del combate.
—No —respondió tras un instante—. Creo que estará segura aquí.
Hizo una leve reverencia.
—Gracias por cuidarme todo este tiempo. Siempre les estaré agradecido.
Lady Amelia tuvo que parpadear varias veces antes de acercarse para abrazarlo. Lord Edmure le dio una palmada firme en el hombro.
—Hasta más ver, mi príncipe —dijo con un dejo de amargura—. Por favor, sé muy feliz.
Ahora venía lo más difícil, y por eso Sven lo había dejado para el final, incluso después de acomodar a Nébula en el carruaje.
Se dirigió al patio trasero, sintiendo cómo su pecho se le oprimía con cada paso. Encontró a Dyro partiendo leños con una fuerza descomunal, tan excesiva que incluso para su talento resultaba inquietante.
—Hermano… he venido a despedirme —dijo, con la voz apenas quebrada.
—Ya te he dicho que no me llames así —respondió Dyro sin girarse.
Sven solo alcanzó a ver cómo la larga cabellera plateada del joven resplandecía bajo el sol. Siempre había sido frío, pero esta vez sus palabras cortaban como cuchillas.
—No quiero irme sin verte como es debido.
—Da igual. Ese tipo ya ganó.
Dyro tomó otro tronco y descargó el hacha con un golpe brutal que lo partió en dos. El estruendo resonó en el patio.
Sven suspiró. Aquella rivalidad absurda entre Dyro y Eidan lo dejaba siempre impotente. No había nada que ganar.
—Siempre supimos que este día llegaría —dijo Dyro al fin, volviéndose hacia él—. Pero el tiempo pasó demasiado rápido.
Tenía razón. Parecía apenas ayer cuando ambos niños fueron echados a un carruaje para huir en medio de aquella noche trágica. Como si también hubiera sido ayer cuando su padre, el rey Alear, llegó al palacio llevando de la mano a un niño huérfano, de ojos tristes.
“A partir de hoy, trátalo como a un hermano.”
Sven reconoció entonces el mismo dolor que él llevaba dentro y lo abrazó sin pensarlo, prometiéndole sin palabras que no estaría solo.
Desde aquel día, habían sido inseparables. En risas y en tragedias. Dyro era el hijo del guardia real más leal a su padre, quien murió protegiendo a su rey. Había heredado tanto su maestría con el sable como una lealtad inquebrantable. A veces, incluso demasiado.
Por eso chocaba tanto con Eidan. Y Sven nunca supo cómo impedir que esos dos orgullos se enfrentaran.
—No importa lo que pase —dijo al fin—, siempre estaremos unidos por la misma historia.
Dyro lo abrazó con fuerza, como quien se aferra a algo irremplazable. Deseó que ese instante no terminara nunca.
—Estaré viéndote pronto.
—Por favor… visítame mucho —pidió Sven, conteniendo las lágrimas.
—Nada podría impedirlo —respondió Dyro, esbozando una leve sonrisa.
Y Sven supo que era verdad.
Antes de que una lágrima lograra escapar, retomó su camino hacia la fachada de la mansión. Allí lo esperaba otro carruaje, mucho más majestuoso que el anterior.
Junto a la puerta, distinguió una figura conocida.
Eidan le sonrió al ver llegar a su prometido.

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