El carruaje avanzaba presuroso por el camino que conducía al norte, hacia el palacio real. A su paso, los aldeanos observaban y murmuraban con curiosidad aquel movimiento inusual; no era común que el rey en persona acudiera a la ciudad para recoger a alguien.
Eidan iba sentado junto a Sven, mientras una consejera repasaba con ambos los acontecimientos que seguirían en los próximos días.
—La boda será dentro de seis días exactamente —anunció, con un pergamino desplegado sobre el regazo—. Será tiempo suficiente para que pueda adaptase al palacio y para ultimar los preparativos, mi lord. Estoy segura de que será el inicio de una vida maravillosa.
Eidan no pudo evitar sonreír. Lo creía de verdad.
Estuvo a punto de tomar la mano de su prometido cuando, al girarse hacia él, algo en su expresión le heló el gesto. En el reflejo de la ventanilla, Sven parecía distante, con una melancolía apenas perceptible en los ojos mientras observaba el paisaje que se alejaba.
Aquella tristeza contrastaba dolorosamente con la emoción que Eidan sentía arder en el pecho.
Lo conocía demasiado bien como para ignorarlo.
Su corazón dio un vuelco ante una idea que prefirió no nombrar. No ahora. No en ese momento.
No quería preguntarlo.
Llegaron a las puertas del palacio cuando el atardecer comenzaba a caer. El naranja del sol poniente hacía que las puertas de oro parecieran arder.
—Mi madre ha insistido en preparar una gran cena —comentó Eidan mientras ofrecía la mano a Sven para ayudarlo a bajar—. Ya sabes cómo es. Pero imagino que primero querrás instalarte.
—Sí, creo que debo prepararme para resistir la magnitud de los banquetes de la reina —respondió Sven con una leve sonrisa.
Eidan asintió y, con unas simples señas, puso en movimiento a toda una multitud de sirvientes. En cuestión de segundos, estos se afanaron en recoger y acomodar las pocas pertenencias del príncipe.
—Debo atender unos asuntos, pero en unos momentos te alcanzo en el comedor.
Antes de separarse, Eidan besó suavemente la mano de Sven. El gesto hizo que el joven se ruborizara. Lo más extraño de todo era aquel cambio silencioso: pasar de ser amigos de la infancia a prometidos… y, en cuestión de días, esposos.
Pero todo debía seguir de acuerdo con la norma.
Sven tomó a Nébula en brazos y siguió a los mayordomos y sirvientas que se habían presentado para guiarlo hasta sus aposentos.
Conocía muchas partes del palacio, aunque no todas, y notó que algunas estancias habían sido dispuestas de forma distinta, como si se hubieran preparado con anticipación para recibirlo.
Dos jóvenes sirvientas y un mayordomo se presentaron ante él, declarándose a su disposición. El mayordomo, un hombre maduro de porte exquisito, desplegó con cuidado un cambio de ropa que había sido preparado para aquella tarde.
—¿Necesita que lo ayude a vestirse, su alteza? —preguntó una de las sirvientas, de cabello castaño, mientras vertía un aromático té en una pequeña mesa.
—No, gracias. Pueden retirarse por ahora.
Las jóvenes y el mayordomo hicieron una reverencia y abandonaron la habitación.
Sven suspiró profundamente y se sentó en la enorme cama. Nébula saltó de sus brazos y comenzó a flotar de un lado a otro, observando la estancia con el hocico abierto, maravillado.
—Esto es enorme —comentó la criatura, brincando sobre unos cojines para comprobar su suavidad—. Creo que podré adaptarme aquí.
Sven rió con ternura. Se sentía aliviado de tener a su querida mascota con él; su presencia hacía que el cambio resultara menos abrumador.
Tomó el atuendo que había dejado el mayordomo y lo observó con detenimiento. Era de un negro profundo, adornado con bordados dorados y azules: los colores de la realeza Solaris. La tela era firme, elegante, con motivos florales y solares finamente trabajados. Era similar a los conjuntos que solía vestir Eidan, aunque este presentaba adornos más sobrios.
Se quitó la ropa que llevaba puesta —una camisa blanca de seda, pantalones oscuros y una capa azul profundo— y se colocó el nuevo atuendo.
Al terminar, se observó en el gran espejo frente al armario. Sus rasgos delphenianos resaltaban con fuerza bajo aquellos colores. Ya no vestía los tonos de su antiguo reino; ahora, aquellos serían los que lo identificarían como parte de la realeza solar.
No supo decir si aquello lo hacía sentirse honrado… o un poco más lejos de sí mismo.
Después de alimentar a Nébula, el mayordomo regresó para escoltarlo hasta el comedor real.
La estancia estaba bañada por una luz cálida que provenía de enormes candelabros de cristal. El oro de las molduras reflejaba destellos suaves sobre la larga mesa, donde ya se encontraban dispuestos los manjares: asado de cordero —el platillo nacional—, panes recién horneados y frutos del bosque recién cosechados, todo dispuesto de forma impecable sobre vajillas doradas.
Sven avanzó acompañado por el mayordomo hasta su lugar, procurando no mostrar la ligera tensión que le recorría los hombros. A unos pasos de distancia, Eidan se giró al verlo llegar. Sus ojos verdes se iluminaron de inmediato, y ahogó un suspiro al verlo vestido con tanta delicadeza.
—No lo dije antes, pero oficialmente… bienvenido —dijo con una sonrisa, acercándose para apartar la silla y ayudarlo a sentarse.
—Gracias —respondió Sven con una sonrisa pequeña, sincera.
En la cabecera de la mesa se encontraba la reina madre, Catherine de Diodain. Era una mujer hermosa, de porte elegante, adornada con joyas solares que capturaban la luz como pequeños fragmentos del amanecer. Su cabello rubio, apenas tocado por hebras plateadas, estaba recogido con cuidado.
—Finalmente, el joven de Delphen se ha unido a nuestra casa —dijo con una sonrisa afable alzando su copa—. Bienvenido al palacio, Sven. Espero que pronto lo sientas como tu hogar.
—Es un honor, su majestad —respondió él, inclinando la cabeza con respeto.
La reina lo observó con atención, no como quien examina una pieza, sino como alguien que mide con cuidado el peso de un futuro.
—Diodain ha esperado este día durante mucho tiempo —continuó—. La unión de nuestras historias traerá luz y estabilidad. Estoy segura de que serás muy feliz aquí.
Sven tomó la copa que le ofrecieron, sosteniéndola con delicadeza, como si temiera derramar algo invisible.
—S-sí… gracias, su majestad.
Eidan notó la leve vacilación, aunque no dijo nada.
—En qué hermoso hombre te has convertido, querido Sven —añadió la reina con una sonrisa—. Te conozco desde que naciste, pero no te había visto de cerca en los últimos años.
—Ha venido seguido a visitarme, madre —interrumpió Eidan mientras cortaba un trozo de carne—. Si no lo notaste es porque pasabas demasiado tiempo fuera del palacio.
—Oh, es verdad… pero de cerca es hasta algo etéreo, ¿no crees? —rió con elegancia—. ¿Recuerdas cuando eras niño y me preguntaste si era un ángel?
—¡Madre! —Eidan se llevó una mano al rostro, apenado.
—Me halaga mucho, su alteza —respondió Sven con timidez.
—No exagero —continuó la reina—. Era tradición que cada vez que nacía un heredero en Delphen, la realeza de Diodain acudiera a rendir sus respetos. El día que los reyes te presentaron al mundo, mi Eidan tenía apenas ocho años. Fue un espectáculo hermoso. Tus padres impresionaban con sus facciones… pero tú eras como una sílfide resplandeciente.
Sven también lo recordaba, aunque como una visión borrosa: una pareja aristocrática ataviada con ropajes reales sonriéndole, y un niño rubio, un poco mayor que él, que no dejaba de mirarlo con expresivos ojos verdes.
—Madre… —dijo Eidan con seriedad—. No hables del origen de Sven en voz alta. Pueden oírte los sirvientes.
—Cierto, cierto —asintió ella.
Sven bajó la mirada. Le dolía un poco tener que ocultar recuerdos tan preciados solo para preservar su identidad.
La cena avanzó entre conversaciones amables y risas medidas. Se habló de los preparativos, de los invitados que llegarían de otros reinos, de celebraciones que durarían días. Cada palabra parecía colocar una piedra más en el camino que Sven estaba destinado a recorrer.
—Brindemos entonces —dijo finalmente la reina—. Dentro de poco, todo el reino celebrará contigo. Eidan no ha hablado de otra cosa desde que se anunció la boda.
El rey se ruborizó apenas, desviando la mirada.
Sven lo observó de reojo. Había algo profundamente genuino en él: en la forma en que escuchaba, en cómo parecía contenerse para no tomarle la mano en público, en ese orgullo silencioso que no buscaba imponerse.
Cuando la cena llegó a su fin, Eidan se levantó primero.
—Ven conmigo un momento —dijo—. Quiero mostrarte algo.
Sven dudó apenas un instante, luego asintió.
—De acuerdo.
Se despidieron de la reina con una reverencia. Mientras se alejaban del comedor, ella los observó en silencio, con una expresión satisfecha.
No vio la sombra que cruzó brevemente el rostro del joven delpheniano. No pudo escuchar el eco lejano de un reino que aún lo llamaba.
Pero la luna sí.

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