—Mmm… ¿qué hora es?
Tomé mi teléfono aún adormecido, con esa sensación extraña en el pecho que me había dejado aquel sueño.
Cuando vi la hora, me incorporé de golpe.
Eran ya las diez de la mañana.
Ian dijo que pasaría a las once.
—¡¿Qué?!
Casi me caigo de la cama. Tomé apresuradamente la ropa que había dejado lista y mi toalla. Tenía que darme una ducha rápida.
Mientras el agua caía sobre mí, cerré los ojos y dejé que mis pensamientos regresaran.
“¿Qué habrá sido aquel sueño…?”
Esa sensación… no se iba.
—Haaa… —suspiré—. Lo mejor será no darle más vueltas. Fue solo un sueño.
Salí de la ducha y me vestí. Pantalón de mezclilla holgado, playera amarilla, gorra azul. Algo cómodo para el paseo que daríamos. Me rocié un poco de loción y justo en ese momento mi teléfono vibró.
Ni siquiera tuve que mirar la pantalla.
Ian siempre era puntual.
“Ding”.
“Andru, estoy abajo.”
Mi corazón dio un pequeño salto.
Tomé mi cartera y salí casi corriendo.
¿Qué era esta emoción extraña?
¿Estaba feliz…?
¿O quizás nervioso?
Todo ese enredo de pensamientos desapareció en cuanto lo vi.
Recargado junto al coche. Cabello ligeramente despeinado. Gafas oscuras cubriendo esos ojos color miel que siempre parecían mirarme más de la cuenta. Camiseta negra de manga corta que marcaba sutilmente sus brazos. Pantalones blancos. Sandalias.
Se veía… demasiado bien.
—Ian, ¡hola! —lo saludé mientras me acercaba casi corriendo.
Se quedó en silencio.
Me estaba mirando.
No de forma normal.
Su expresión cambió apenas.
—¿Pasa algo? ¿Me veo mal? —pregunté, sintiendo un pequeño nudo en el estómago.
—Tú… —murmuró—. Justo ahora… me acabas de sonreír tan malditamente lindo…
Sentí el calor subir hasta mis orejas.
Mi rostro debía estar completamente rojo.
—Q-qué dices… tal vez viste mal…
—No —su voz bajó ligeramente—. Lo vi perfectamente. Y jamás lo olvidaré.
Mi corazón comenzó a latir demasiado fuerte.
—¿N-nos vamos?
—Sí. En marcha.
Su sonrisa fue tranquila… pero sus ojos, incluso detrás de las gafas, parecían decir algo más.
En algún momento del viaje me quedé profundamente dormido.
Cuando desperté, el coche estaba estacionado frente a un minisúper. Parpadeé un par de veces, confundido, justo cuando la puerta del conductor se abrió.
—Has despertado.
Ian regresó con una pequeña bolsa.
—No quise despertarte. Te compré jugo de naranja y unas galletas. Espero que te gusten.
—Oh… gracias. Sí me gustan…
—Falta poco para llegar. Si quieres, vuelve a dormir.
Su mano rozó mi mejilla.
Fue un contacto suave. Breve.
Pero dejó una sensación cálida que tardó en desaparecer.
Sentí mi cara arder.
—N-no… creo que comeré lo que me compraste.
Giré el rostro hacia la ventanilla para que no notara mi vergüenza.
Pero podía sentir su mirada sobre mí.
Y eso solo empeoraba todo.
Cuando llegamos, el mar apareció frente a mí como una escena sacada de un recuerdo lejano.
El sol del mediodía brillaba intensamente, pero la brisa era fresca. El aire tenía ese aroma salado que parecía limpiar los pensamientos.
Ian abrió la cajuela.
—¿Qué haces? —pregunté, curioso.
—¡Taraaan!
Sacó una manta, una sombrilla… y una canasta de picnic.
—Vienes tan preparado… yo no traje nada…
Me sentí torpe.
—Yo te invité. Solo preocúpate por disfrutar —respondió con naturalidad.
Caminamos hacia la arena. Había poca gente. El sonido constante de las olas hacía que todo pareciera más tranquilo.
Ian extendió la manta con cuidado.
“Tap, tap.”
Palmeó el espacio a su lado.
Obedecí.
Demasiado consciente de la cercanía.
—El día es agradable, ¿cierto? —preguntó, mirándome fijamente.
—Sí… gracias por invitarme.
—Hacía mucho que quería venir. El trabajo me tenía atrapado.
—Yo… no venía a la playa desde que era niño…
Escondí el rostro entre mis rodillas.
—¿De verdad? —su tono fue genuino—. Entonces soy el primero en acompañarte de nuevo al mar.
¿Por qué decía cosas así?
Me hacía sentir especial.
Y eso me daba miedo.
—¿Qué trajiste en la canasta? —pregunté, intentando desviar el tema.
—Sándwiches y fruta.
Me entregó uno.
Nuestros dedos se rozaron.
Fue apenas un segundo.
Pero mi corazón reaccionó como si hubiera sido algo mucho más grande.
Comimos tranquilos, escuchando el mar.
Después guardamos todo en el coche y comenzamos a caminar por la orilla.
—¿Ves aquel faro? —señaló a lo lejos.
—Sí…
—Vamos a llegar hasta allá.
—¿Qué? Tengo muy mala condición física.
—Si te cansas… te cargaré.
Lo dijo con ligereza.
Pero mi mente no ayudó.
Me imaginé en sus brazos.
Mi cara ardió.
Estaba tan distraído que no vi venir el empujón.
“Paff”.
Perdí el equilibrio.
Cerré los ojos esperando la caída…
Pero un abrazo cálido me detuvo. Sentí la palma de su mano en mi abdomen, que, a pesar de estar sobre mi playera, ardía como si pudiera atravesarla. Su cuerpo, pegado a mi espalda, estaba hirviendo; por un instante, llegué a pensar que tenía fiebre. Era Ian.
De pronto, sentí cómo hundía su rostro en mi cuello. Su respiración caliente rozó mi piel, provocando un cosquilleo que me hizo estremecer. Se movió lentamente y luego me susurró al oído:
—Cuidado…
Su voz era tan suave como seductora y, al mismo tiempo, había algo en ella que se sentía peligroso.

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