—Perdón, pasé corriendo porque mi pelota se iba al mar.
La voz de un niño rompió aquella ola de sentimientos que todavía me estremecía por dentro. Ian se incorporó de inmediato y soltó su agarre.
—¿Estás bien? —preguntó mientras apoyaba su mano sobre mi hombro. Seguía caliente.
—Sí, gracias por evitar que cayera —respondí, girándome hacia el pequeño—. Descuida, pero para la próxima ten más cuidado.
—¡Sí! Me voy, mis papás me esperan —dijo antes de correr, sosteniendo la pelota en una mano y despidiéndose con la otra.
—Vaya susto… —murmuró Ian.
—Continuemos, ¿no querías llegar hasta el faro? —pregunté en tono burlón.
—Sí, aunque tenga que llegar contigo en brazos.
Me dedicó una sonrisa que, más que amigable, parecía una amenaza disfrazada.
—Andru, faltan unos meses para graduarte. ¿Has considerado lo que te comenté sobre el empleo?
—No le he puesto mucha atención… pero creo que ya es momento de buscar algo más formal —me rasqué la cabeza con nerviosismo. Ni siquiera sabía dónde había dejado su tarjeta. Tal vez ya la había perdido.
—En la empresa donde trabajo se abrirán vacantes en dos meses. Si te contratan, la capacitación terminaría justo cuando te gradúes.
—Suena conveniente… lo pensaré con más seriedad.
—Me gustaría que trabajáramos juntos.
Su voz cambió apenas. Fue sutil. Pero había algo allí… algo que sonó más deseoso de lo que esperaba.
Llevábamos casi diez minutos caminando. El faro se veía cada vez más cerca. La brisa marina era reconfortante, y el sonido de las aves hacía que todo pareciera tranquilo.
Ian avanzaba sereno, pero cada cierto tiempo se agachaba para recoger conchas. Cuando lo veía hacerlo, me parecía un niño disfrutando la playa por primera vez.
—¿Te gustan mucho las conchas? —pregunté cuando lo vi agacharse otra vez.
—Sí… pero también quiero recuerdos de este viaje.
—Ya veo…
No supe qué más decir. ¿De verdad eran tan importantes? Miré al frente. El faro estaba a pocos pasos.
—Al final no tuve que cargarte —rió con los ojos entrecerrados—. Vamos, dicen que la vista es hermosa desde el malecón.
De pronto, me tomó de la muñeca y comenzó a correr. Me arrastró con él sin darme tiempo de reaccionar.
Era la primera vez que lo veía así. Entusiasmado. Ligero. Diferente.
Mi corazón empezó a latir con fuerza.
“¿Será que me falta condición? Me agité muy rápido”, pensé.
Subimos las escaleras estrechas y llegamos al borde del faro. Ian se apoyó en la barandilla y me miró.
—¿Lo ves? Es hermoso.
El viento movió su cabello. Detrás de él, una ola chocó contra las rocas y el rocío brilló bajo la luz, creando una imagen casi perfecta.
—S-sí… es hermoso…
Pero yo no estaba mirando el paisaje.
Estaba mirándolo a él.
—Andru… —su voz sonó distinta, más baja—. Mañana, ¿a qué hora tienes tu primera clase?
—A las once.
—¿Qué te parece si pasamos la noche aquí?
—¿Aquí? —¿por qué esa simple pregunta me ponía tan nervioso?
—Dicen que la playa de noche es aún más hermosa. Y que ponen un mercado junto al malecón… Podemos regresar temprano. Te llevo directo a la universidad.
Vaciló apenas. Eso me sorprendió más que su propuesta.
—Pero no traje ropa…
—No te preocupes. Iremos de compras.
Sonrió. Y esa sonrisa desarmó la mitad de mis dudas.
—Está bien…
Mi corazón latía más rápido de lo normal. No sabía si era emoción… o miedo.
El tiempo junto al faro pasó volando. Cuando menos lo notamos, ya eran casi las cuatro de la tarde. Ian me contó historias de su infancia. Su sueño de ser maestro. Cómo terminó estudiando administración por asuntos familiares. Me habló de deportes, de surf, de fútbol, de básquet. De su gusto por el helado de chocolate.
Yo solo escuchaba.
Y lo observaba.
—Deberíamos ir a reservar la habitación antes de que anochezca —dijo cuando regresábamos al coche.
—S-sí… claro.
A pesar de haber caminado tanto, no estaba cansado. Hacía mucho que no pasaba una tarde así.
Entonces apareció Luci frente a mí.
Me sobresalté.
—Luci…
Ian se giró.
—¿Dijiste algo?
—No… nada.
—Amo, recuerde que solo usted puede verme —dijo Luci, mirando a Ian de arriba abajo con evidente desagrado—. ¿Qué hace con este?
Su tono era casi ofensivo.
“Es mi amigo”, pensé, respondiéndole como lo hacía con las hadas.
—¿Pero por qué precisamente este humano? —insistió, rodando los ojos.
En ese momento apareció Fugaris.
—¡Luci! Te he estado buscando. No puedes venir sin que Andru te llame o esté en peligro.
—Pero mira con quién está —protestó—. ¿Cómo puede estar con este…?
Fugaris lo tomó del brazo y desaparecieron.
Me quedé pensando.
¿Qué iba a decir?
¿Por qué ese rechazo?
—Aquí cerca hay un hotel con buenas reseñas —dijo Ian, completamente ajeno a todo.
—Lo que tú elijas está bien para mí.
Sonreí… aunque por dentro comenzaba a preocuparme.
¿Y si el hotel era caro?
Sentí las manos sudarme mientras intentaba recordar cuánto dinero tenía en la cartera… y cuánto quedaba en mi cuenta.
Y, sin saber por qué, una inquietud distinta empezó a instalarse en mi pecho.

Comments (0)
See all