I
Dieciocho meses atrás, mi realidad era una muy distinta a la de hoy. Resulta irónico que mi proceso a ser independiente -que inició como una gloriosa liberación-, hubiera mutado en un letargo asfixiante. Me encontraba en un punto muerto, rodeada de un vacío que me hubiera consumido, de no ser por Emily. Ella ha sido mi escudo desde el jardín de infancia; me sostuvo durante la primaria y la secundaria, y seguía allí, ahora, en este paréntesis donde los días parecían repetirse en un bucle infinito.
Aquel día, no sospechaba que nuestro vínculo también estaba a punto de quebrarse.
Mientras dormía, escuché unos pitidos a la distancia: un rastro metálico que se filtraba en mi inconsciente. Pi... pi... Era mi alarma, suplicando mi atención desde las ocho de la mañana. Nunca lograré comprender cómo pudo sonar durante ocho horas y media sin que yo reaccionara. Sin embargo, aquel sonido monótono no fue lo que terminó por sacarme del sueño profundo, sino el tono personalizado que anunciaba un mensaje de mi madre.
Tras meses de una búsqueda infructuosa por un empleo que me permitiera estudiar y, sobre todo, saldar mi parte del alquiler que le debía a Emily, mi madre —sin que yo supiera cómo se enteró de mi situación— había intentado tomar las riendas a la fuerza. Me impuso una entrevista en la emisora del hijo de un buen amigo suyo: Auriga Sónica FM.
Al encender la pantalla, el brillo me lastimó los ojos. Los mensajes eran bofetadas de ansiedad pura: «¿Por qué no contestas? ¿Ya estás en la entrevista? ¡Por Dios, no me hagas pasar pena!». Bajo sus reclamos, el registro mostraba una hilera interminable de llamadas perdidas.
Debí levantarme. Debí contestar. Después de todo, no era una posición de prestigio; sería algo así como una asistente de piso: cuidar invitados y servir café. Parecía una tarea sencilla, casi mecánica, pero la pesadez en el cuerpo me había vencido.
Justo cuando logré sentarme en la cama, el teléfono vibró de nuevo. Esta vez era un número desconocido. Contesté con la voz pastosa:
—¿Hola? —¿Señorita Mia? —La voz del hombre destilaba una cortesía ácida; se notaba indignado, pero se aferraba a una educación pasivo-agresiva.
—¿Sí, diga?
—Le habla Oscar, de Auriga Sónica FM. Hemos esperado por usted todo el día.
Me desplomé de nuevo en la cama. Mi indiferencia solía ser la única coraza que encontraba para aliviar la culpa de mis errores; quizás por eso mi madre siempre me llamaba malcriada.
—Sip, sip... hay mucho tráfico, pero ya estoy cerca —mentí. ¿Tráfico a las cuatro y media de la tarde? ¿A quién quería engañar?
—¡No se preocupe! ¡No es necesario que venga! —soltó él, tan rápido que juraría que ni tomó aire—. Le informo que ya hemos asignado el puesto a otra candidata. Si en un futuro necesitamos a alguien más, nos comunicaremos. ¡Feliz tarde y que descanse!
Colgó antes de que yo pudiera articular una disculpa.
—¿Feliz... tarde? —repetí al vacío.
Miré el reloj: 4:36 p.m. El pánico empezó a trepar por mi garganta. «Mamá va a ahorcarme... Ok, todavía quedan algunos días para el alquiler... puedo buscar una solución...». Me llevé las manos a la cara. «No, no puedo. No sé qué hacer».
Entonces, algo en mí se rompió. Corté de golpe los pensamientos que me consumían y, en un acto que para cualquiera sería irresponsabilidad, puse un pie fuera de la cama.
—¡Hoy no! —me ordené frente al espejo, sintiéndome ridícula—. No voy a dejar que esto se lleve otro día. Ya estás despierta. Vas a salir y, con el último suspiro de tu tarjeta de crédito, vas a tomarte un café, como si tu maldita vida fuera un éxito.
Una hora después, tras dedicarme el amor propio que me había negado durante meses, me puse bonita y bajé a la cafetería junto a mi edificio.
II
Me relajé con solo poner un pie en el local. El olor a dulce y café me permitió soltar la tensión. Fui directo a la caja.
—Un frapuccino con doble chocolate oscuro y caramelo, por favor.
El chico detrás del mostrador me sonrió. Tenía el cabello oscuro perfectamente peinado y varios piercings que brillaban bajo las luces; su aire moderno contrastaba con su impecable pajarita marrón. Mientras deslizaba mi tarjeta, contuve el aliento. Si rebotaba... ese sería el fin de mi dignidad.
—Hm... —murmuró, frunciendo el ceño—. Qué extraño, déjame reiniciar la máquina.
Sentí un vacío en el estómago. Fingí leer el menú una y otra vez para no sostenerle la mirada. Entonces, escuché el bendito ¡ding!. La tarjeta había pasado.
—Le puse crema extra, cortesía de la casa, solo para ti, Mia.
—Gracias, eres un amor —respondí, sintiendo que el alma me volvía al cuerpo.
—Por cierto, ¡hoy te ves muy bien! ¿Ya empezaste en tu nuevo empleo?
—No, aún no. Pero no quiero pensar en eso ahora —esquivé el tema—, solo quiero despejarme. ¡Gracias de nuevo, Nathan!
Pasé un buen rato en la barra, aislada en mis novelas, ahogándome en azúcar para olvidar el desastre de mi tarde. Comenzaba a sentirme animada cuando un grito a mis espaldas y el sonido violento de una silla al arrastrarse me helaron la sangre.
A un par de mesas, un hombre dominaba el espacio con una energía que parecía encoger el resto del local. Vestía un traje en tonos tierra que gritaba dinero; su cabello canoso estaba peinado hacia atrás de forma sofisticada.
—¡No tengo tiempo para negociar con las exigencias de ese cuarteto de arrogantes! —reclamó, señalando amenazadoramente a su subordinado. —El contrato de EOS quedará anulado a primera hora si no está en mi oficina firmado por el grupo y la nueva candidata.
Se inclinó sobre la mesa en una pose invasiva. El hombre que recibía los gritos era joven, de facciones suaves y cabello oscuro. Llevaba un pendiente pequeño que brillaba cada vez que bajaba la mirada. Parecía habituado a gestionar crisis, aunque la rigidez de su postura lo delataba.
—A mí no me importa si son la reencarnación de Vivaldi —escupió el Director—, lo único que me interesa es el rating de CDC. O cooperan y firman con una candidata, o tú y ellas pueden irse a la mierda.
—Pobre tipo —pensé—, no seré la única sin empleo hoy.
El joven apretó las manos en un gesto de desesperación.
—Director... ellas no rechazaron a las postulantes por capricho, sino por nivel. Señor, déjeme hacer esta última selección... tengo un plan sólido...
El Director le dio la espalda hacia la salida.
—Trae ese papel firmado mañana o están fuera. No pienso repetirlo.
El joven corrió hacia él, interceptándolo con las manos extendidas. Estaba tan abrumado que empezó a balbucear.
—Señor... es... ehm...
De pronto, su mirada chocó contra la mía. Fueron los tres segundos más incómodos de mi vida. La incomodidad se transformó en un escalofrío cuando vi sus labios curvarse en una sonrisa maliciosa.
—Señor, ya no puedo seguir engañándole —soltó, recuperando la seguridad—. EOS ya ha firmado con una nueva candidata. Esta propuesta disparará los números de CDC, se lo garantizo.
El Director se cruzó de brazos, intrigado.
—¿Y en dónde está ella?
Él seguía mirándome. Sentí cómo una pésima idea se cocinaba en su cabeza. Intenté deslizarme por la barra hacia la salida, pero fue tarde.
—Ella está justo aquí —dijo él, señalándome.
—¿Qué? —me frené en seco.
—Acércate, querida —añadió como si me conociera—, no seas tímida.
III
Antes de que pudiera reaccionar, impidió mi huida acercándose con una confianza pasmosa. —Gracias por esperar, linda. Ven a conocer a nuestro Director —dijo, empujándome ligeramente hacia el señor.
No di ni un paso cuando Nathan y su enorme hermano, Alan —que era igualito a él, pero en versión gigante—, nos cerraron el paso. La calidez de Nathan se había evaporado.
—¿Todo bien, Mia? —preguntó, mientras Alan ya se quitaba los anillos, listo para dar una golpiza.
—Ayúdame con esto, ¿sí? —me pidió el desconocido en un susurro casi imperceptible.
Supe que si no mentía, terminaríamos siendo cuatro personas sin empleo antes del anochecer. —Sí... no se preocupen —tragué grueso—. Es un conocido que me ofreció un trabajo. —Dijiste que venías a despejarte —comentó Nathan, desconfiado. —Y él llevaba un buen rato ahí sentado —añadió Alan. —Es que... no estaba segura de si se daría. Tenían que hablar primero.
—Hm... si tú lo dices —murmuró Alan, volviendo a ponerse los anillos. Nathan me miró como diciendo que esto no se quedaba así.
—Como le iba diciendo... —continuó el sujeto—. Ella es la candidata. EOS tomará a alguien sin formación previa para hacerla desde cero. Imagine la noticia: una chica común recibe la oportunidad de su vida.
—Es una hoja en blanco —el Director no parecía convencido—. Tienen menos de un año para entrenarla.
—Usted sabe que su arrogancia las empuja a subir la vara —rió el joven—. Rose prefiere una mente vacía que una con mañas difíciles de controlar.
«Dijeron bruta y creen que no me di cuenta», pensé ofendida.
—Me gusta —concluyó el Director con codicia—. Quiero esto por escrito a primera hora, mañana.
La conversación terminó en cuanto el teléfono del Director empezó a sonar. Miró la pantalla y su expresión cambió drásticamente.
—¿Astrid? ¿Justo ahora? —soltó sorprendido, dejando escapar una carcajada coqueta—. Lo que quieras, voy para allá.
La puerta del café se cerró a sus espaldas y el hombre que me había "vendido" se desplomó en el asiento, perdiendo todo su porte.
Suspiró y me señaló la silla frente a él. —¿Vienes?
IV
La curiosidad me ganó y acepté su invitación. Me senté frente a él sintiendo una chispa de emoción inexplicable; esto era la única sensación diferente que había tenido en mucho tiempo, así que apagué mi sentido común y me dejé llevar.
Él parecía ahora una persona completamente distinta. Su pose era relajada y proyectaba una confianza tan natural que, casi sin darme cuenta, empecé a confiar en él.
—¿Cómo te llamas? —preguntó ahora en un tono amable.
—Mia.
—Mia... —repitió, grabándose mi nombre—. Yo soy Tom. —Me obsequió una sonrisa brillante—. Soy el representante de EOS, uno de los ensambles más exitosos de la división de artistas de Classic Divas Company.
Mientras hablaba, Tom sacó una tarjeta de su saco. Era de un material negro mate, muy suave al tacto, con el logo de la empresa grabado en letras doradas que reflejaban la luz del local. Solo con verla, se notaba que no era una tarjeta cualquiera; se sentía importante.
—CDC es una mezcla entre una academia y una productora que forma "divas" musicales —explicó, jugueteando con su taza—. Las reclutan desde que son niñas para convertirlas en genios de la música y lanzarlas al mercado como solistas o grupos.
Tom hizo una pausa para mirar el vapor de su café.
—La compañía tiene un sistema de niveles muy estricto. En la primera división están los grupos que se graduaron hace poco; ahorita los que imperan ahí son ATHARA y HELLION. Son famosísimos en redes, pero siguen entrenando para subir de nivel en el próximo reto de la empresa.
«No los he visto en mi vida», pensé, pero puse cara de que entendía todo para no interrumpir.
—Luego está la segunda división: Sereia y EOS. —Dijo ahora con un tinte más serio—. Ellas ya debutaron y tienen patrocinadores grandes, pero todavía les falta el último escalón: la tercera división, que es la de los artistas internacionales. EOS y Sereia van a competir en la final del reto anual para ganar el "Contrato Dorado" y debutar en todo el mundo.
A partir de ahí, mi cerebro empezó a perder su concentración, quizás intentando protegerme de un mundo que me quedaba demasiado grande.
—Este año, el reto es que los grupos de la final demuestren que pueden entrenar a novatas de la Lyra Academy y ponerlas a su nivel en tiempo récord. Cada grupo elegirá a una integrante Junior... pero EOS va a subir la apuesta eligiendo a alguien que no sepa absolutamente nada de música.
Nos miramos en silencio.
—¡Aquí es donde entras tú! —exclamó entusiasmado.
—Y… ¿esta idea se te ocurrió justo cuando ibas a perder tu empleo? —Sé que fui grosera, pero la propuesta me pareció tan absurda que reaccioné a que me hablara como si fuera estúpida.
Tom mantuvo la sonrisa, inalterable.
—Para nada, ya tenía una propuesta similar lista, pero por la premura, como pudiste ver, tuve que improvisar a la candidata. Eso no importa porque el resultado será el mismo.
—Es una oferta tentadora —dije intentando ponerme de pie para irme—, pero es demasiado compromiso y yo no siento que pueda sumar tanta responsabili...
—¿Ves esto? —me interrumpió, colocándome la pantalla de su teléfono casi contra la cara—. Este será tu premio solo por clasificar como integrante de EOS... Pero si ganan, el monto será mucho más alto, Mia.
Esa cifra me dejó sin habla.. No sabía ni cómo leer una cifra tan larga. Pondría fin a todos mis problemas, podría ayudar a mi familia, a Emily... mis estudios. Él vio mi debilidad e insistió.
—Solo tienes que aprender a tocar algún instrumento y dejar que estas chicas tan talentosas te preparen. Es la oportunidad de rehacer tu vida por completo.
—Voy... a pensarlo —. Sin darme cuenta, había hecho añicos la servilleta de papel que estaba sobre la mesa.
Tom se levantó de la mesa, muy seguro de que me había convencido.
—No lo pienses demasiado —rio abriendo la puerta de salida—. Tómate esta noche y dame tu respuesta antes de las ocho de la mañana para que hagamos el trato.
Pasé como una hora más allí, destrozándome las uñas. «Tengo que rechazar esto. Esta mañana perdí el otro trabajo... no tengo nada... pero no puedo aceptarlo». Un pensamiento aplastaba al anterior hasta que Nathan me sacó del trance.
—Parece que hoy es tu día de suerte, Mia —dijo, ofreciéndome una taza de té caliente que sirvió en mi mesa con cuidado.
—¿Cómo que Classic Divas Company? —preguntó Alan acercándose a toda prisa—. ¡Si aceptas ese empleo, quiero que me consigas un autógrafo de Nicole, la de Hellion! Si es en una foto suya ¡aún mejor!, si no, olvídate de que te vuelva a prestar mi Music Hero VII.
—No creo que Emily vaya a estar de acuerdo con esto —me dijo Nathan con preocupación—. Así que... suerte con ella. Llámanos si necesitas algo.

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