The Last Link
Capítulo1: La capitalEl camino fue largo, pero finalmente llegué a la capital. La ciudad resaltaba en medio de los campos y colinas como una gran mancha. Las grandes murallas que la rodeaban desde afuera la hacían ver como un lugar imponente, siendo estas custodiadas por soldados con armaduras desgastadas por el uso y la rutina.
Mi maestra solía decir que la ciudad era demasiado grande para empezar. Tal vez tenía razón, pero mis ganas de intentarlo siempre fueron más grandes que mis dudas.
Soy Alana. Un bardo sin renombre con una flauta colgada a la cintura y una bolsa con apenas unas monedas. Puede que no sea el mejor inicio, pero no esperaría lo que el futuro me deparaba.
Después de un par de canciones, mezcladas con algunas ilusiones para entretener a un grupo de transeúntes en la plaza, pude recolectar unas pocas monedas más del suelo. No fue mucho, pero al menos lo suficiente para terminar el día con una cama.
Guardé la bolsa en el cinturón y me alejé del grupo, mezclándome con el bullicio de la calle.
La capital era todo lo que me habían contado y más: calles amplias de piedra irregular, estandartes colgando de los balcones, y el lugar que más deseaba visitar: un gran mercado. La guardia ese día parecía bastante inquieta, corriendo de un lado a otro; parecían buscar a alguien. Seguí avanzando sin llamar la atención. Lo último que necesitaba era que me confundieran con alguien problemático.
Pero no tardé mucho en encontrar el mercado. Una vez allí, me encontré rodeada de puestos de madera apilados unos contra otros, como si el lugar hubiese crecido sin orden ni permiso. Frutas, armas, libros, bisutería, telas, humo de asado y gritos de vendedores saturaban el ambiente. Se notaba la vida de la ciudad y por cada puesto que pasaba, también en el olor: especias, hierro, algo de cuero. Pasé por varios de los puestos; cada uno vendía algo distinto. Gracias a mis viajes, pude ver que había varias cosas que venían de otras partes del continente.
Entre la multitud, los rostros eran de todo tipo: humanos, razas variadas, incluso algún enano despistado regateando por el precio de un hacha. Algunos niños correteaban entre los puestos; uno intentó robar una manzana, pero fue descubierto. Corrió rápidamente y desapareció entre la gente antes de que la vendedora pudiera reaccionar. Otros no robaban, solo extendían la mano, callados, esperando algo de compasión.
No sé cuánto tiempo pasé deambulando, pero cuando me quise dar cuenta y alcé la vista, el cielo ya empezaba a oscurecer.
No había logrado casi nada en su primer día y el cansancio ya empezaba a pesar. El viaje había sido duro. Así que, tras caminar un rato mientras el sol se ponía y la gente ya empezaba a cerrar sus comercios, se encontró una taberna no muy lejos del lugar. Esta, desde fuera, parecía algo vieja, lo suficiente para saber que, con las pocas monedas que tenía, podría pasar una agradable noche.
Al entrar, se notaba que había bastantes lugares vacíos, pero el olor a cerveza rancia y comida era lo primero que golpeaba al entrar. Las voces llenaban el ambiente: algunas risas fuertes, discusiones de aventureros que habían tenido un mal día, el sonido de una jarra golpeando la mesa. Así que decidió acercarse a la barra, donde la recibía un enano de barbas castañas y camisa roja que la atendió con evidente mal humor.
Wilbur: ¿Qué le sirvo? —dijo mientras limpiaba una jarra.
Alana: Me gustaría un cuarto, por favor —respondió sonriendo mientras pensaba en el descanso que podría disfrutar.
Wilbur: Son 5 de oro.
Los ojos de Alana se abrieron con incredulidad ante tal precio, pero con suerte, en un día lograba ganar 7 monedas de oro. El enano, al ver su expresión, la miró con desconfianza.
Wilbur: "Si no tienes dinero, vete. ¿No ves que hay más clientes?"
Rápidamente, Alana miró a su alrededor, buscando una excusa para quedarse. No quiero volver a dormir sobre heno otra vez, pensó. Con una rápida mirada, se dio cuenta de algo que podría usar a su favor.
Alana: Oh, no se preocupe. ¿Y si hacemos un trato? Le consigo un espectáculo que atraerá a más clientes, y usted me deja dormir aquí esta noche. Le prometo que le haré ganar lo suficiente como para que no solo me quede esta noche, sino quizá más —dijo, sonriendo con confianza.
Wilbur, rascándose la barba en símbolo de duda: Adelante, niña. Mientras no causes problemas, todo está bien.
Alegre ante la respuesta del enano, Alana corrió hacia el pequeño escenario situado al fondo de la taberna. Llamando en alto a todos los aventureros, se puso a cantar. Rápidamente, el ambiente de la taberna mejoró.
En ese momento, un joven semielfo del pelo plateado y con una armadura de guardia cruzó la puerta con un rostro cansado. Agotado, le pidió a Wilbur una copa mientras parecía desplomarse sobre la barra.
Caín: Una copa, por favor, Wilbur.
Con una mirada, Wilbur le sirvió una jarra.
Wilbur: Un día duro.
Caín, con ojos de muerto, asintió. "Los extranjeros son cada vez más problemáticos".
Un joven de gran estatura y mirada imponente le respondió: "No es que sean problemáticos, es que tú eres muy débil" Se notaba por su apariencia que era alguien extranjero, seguramente un aventurero por sus cicatrices. Pero ante la tentativa de pelea, Caín respondió: ¿Y quién eres tú para decirlo?, mientras le lanzaba una mirada desafiante.
El hombre dejó la jarra sobre la barra y le dirigió la mirada. Soy Daiki y provengo del norte. No sabía que los caballeros de la capital fueran tan débiles como para caer tras un día de trabajo.
Caín: ¡JA!, gente como tú puede ser muy grande, pero tiene poco cerebro. He visto a muchos, y todos se terminan acobardando en cuanto ven una espada. No me sorprendes, grandote, dijo con un tono sarcástico mientras seguía bebiendo. En su rostro se podía empezar a apreciar el efecto del alcohol hablando por él.
Daiki: ¿Realmente quieres ponerlo a prueba? No creo que puedas contra mí, monstruo.
Daiki: ¿Qué pasa, monstruo? ¿Ya quieres pelear? —también se levantó para hacerle frente, mostrando en su rostro que realmente deseaba pelear.
Tras el alboroto, muchos en el lugar habían dejado de prestar atención al espectáculo y se centraban en la posible pelea que se iba a comenzar. Si no fuera por el hacha que cruzó entre los dos, la situación habría escalado rápidamente.
Ambos miraron sorprendidos hacia el lugar de donde se había lanzado el hacha, y allí estaba el enano, que con mirada tenebrosa que se dirigía hacia ellos.
Wilbur: Saben mis normas: en la taberna no hay disputas, y quien lo intente a la calle se va.
Para este punto, la taberna había caído en un profundo silencio tras el alboroto. Alana, quien había presenciado toda la situación desde lejos, pensó para sí misma: Mierda, si no me doy prisa, no podré dormir a gusto. Así que, con determinación, se acercó a los jóvenes y se puso entre ellos.
Alana: Señoras y señores, hagamos de esto un buen espectáculo, aventureros y ciudadanos. Lo mejor para terminar esta gran noche es con una maravillosa apuesta. ¿Qué les parece?
La gente del lugar, pensando que era parte del acto, retomaron rápidamente el ánimo y comenzaron a emocionarse. En pocos segundos, el ambiente estaba tan vivo como antes de que comenzara la disputa.
Mientras el público esperaba expectante, ambos chicos miraban a la joven barda con desconcierto.
Caín: ¿Oye, ¿qué estás haciendo? —dijo desconcertado mientras miraba a la joven.
Alana: Salvaros el culo, así que callad y cooperad.
Daiki: No seremos tus juguetes.
Alana: Te recomendaría que sí, porque a la siguiente el enano no fallará. Así que, o me ayudáis o terminaréis siendo el menú de mañana —dijo entre susurros. Los tres miraron al enano, que parecía alerta y en guardia por si la disputa continuaba. Mientras ya tenía otra hacha en la mano.
Entonces, Alana alzó la voz. Muy bien, damas y caballeros, para nuestro último espectáculo: un pulso. Para poder entrar a las apuestas, primero tendrán que comprar una bebida y luego darme la cantidad que desean apostar. Será en pocos minutos, así que dense prisa.
Rápidamente, varios aventureros se acercaron a la barra a pedir sus bebidas para poder apostar lo que hizo que el enano dejara el hacha a un lado y se pusiera a atender, mientras alana ponía una mesa en medio de la taberna para el duelo.
Caín: No creas que voy a perder solo porque seas más grande. Soy un gran guardia de esta ciudad, y alguien como tú no me ganará. Entreno mucho para proteger…
Un poco enojado, Daiki respondió: Mira di lo que quieras. Si pierdes, será por débil, no des excusas —dijo mientras pasaba y se sentaba en su lugar para pelear.
Caín, indignado, se sentó y se limitó a esperar en silencio. Los minutos pasaron hasta que el duelo comenzó, y Alana dio el anuncio de inicio.
El enfrentamiento parecía bastante igualado; al menos la expresión de Caín mostraba su esfuerzo.
Daiki: ¿Qué pasó? ¿Eso es todo lo que tienes? —dijo burlonamente.
Caín, enojado, respondió: ¿Qué pasa, te da miedito romperte una uña por hacer fuerza?
Daiki, un poco molesto: Si yo quisiera, podrías salir volando.
Caín: Ya claro, y aquí estás, que no puedes bajar más.
Esas últimas palabras bastaron para romper la paciencia de Daiki, quien cambió completamente de expresión. Tras esa provocación, no le costó mucho ganar.
Muchos en el lugar se alegraban de su victoria, mientras que otros decidieron resignarse y abandonar el bar. Caín, tras perder y agotar toda su adrenalina, cayó rendido sobre la mesa. Daiki sonrió con satisfacción y superioridad decidiendo así irse a descansar.
Poco a poco, todos comenzaron a desalojar la taberna, ya fuera yéndose a sus casas o rentando un cuarto para la noche. Así concluyó su primer día en la ciudad.

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