Alana: Así que les enseñas a robar y engatusar. Caín contó que varias veces, mientras hacía guardia, se encontró con niños llorando por algún juguete perdido. Cuando los ayudaba, se daba cuenta de que ya no tenía dinero.
Yadiel —riendo—: Sí, esa es una de las primeras formas que les enseño. Es de las más fáciles. Cuando Caín lo contó, tuve que aguantarme la risa. Se puede decir que alguna vez lo usé como examen para los más pequeños del barrio. De todos los guardias es el más blando con los niños.
Alana: Bueno, hablando de Caín, vino antes a la taberna. Parece que tiene algo importante que decirnos.
Yadiel: ¿La iglesia? Menudo lugar escogió. - dijo con bastante disgusto
Alana: No importa. De todas maneras, tenemos que ir. Parece que el asunto es grave.
Yadiel: ¿A qué esperamos?
Alana: Tenemos que encontrar a Daiki y Eleanor primero. Dijo que teníamos que estar todos. Además, me gustaría pasar por la herrería.
Yadiel: Bueno, te acompaño. No tengo nada mejor que hacer.
El camino hacia la herrería no era largo, pero Alana notó algo curioso: algunos niños saludaban a Yadiel desde la distancia, escondiéndose y asomándose como si estuvieran jugando. Era un comportamiento tan sutil que, de no haber hablado con el antes nunca los habría visto.
Alana (pensando): A pesar de todo, sigue siendo bastante reservado.
Antes de darse cuenta, ya estaban frente a la herrería. Alana abrió la puerta con entusiasmo y saludó en voz alta.
Alana: ¡Buenos días, Hélix!
Desde el otro lado del mostrador, una voz grave y alegre respondió. El dueño de la herrería, un hombre bastante bajito con un prominente mostacho, pero sin barba, gorra y guantes cubiertos de hollín sonrió al verla.
Hélix: ¡Alana, cuánto tiempo! —dijo el herrero con una amplia sonrisa.
Alana notó entonces que no estaba sola en la tienda. Daiki, quien estaba inspeccionando unas hachas, se giró para mirarlos y los saludó con un breve gesto de cabeza. Yadiel le respondió alzando la mano, mientras Alana se acercaba al mostrador con una sonrisa pícara.
Alana: ¡Hélix, mira lo que te traje! —dijo mientras sacaba de su bolsa una botella de ron.
Los ojos del hombre brillaron de alegría al ver la botella.
Hélix: ¡Cómo me conoces, niña! Curiosamente, yo también tengo algo que me pediste.
Con una sonrisa aún más amplia, Hélix se marchó a una de las salas traseras, dejando a los tres en la tienda.
Alana: Por cierto, Daiki, ¿qué haces aquí?
Daiki: Mis hachas estaban desgastadas. Vine a ver si podían repararlas.
Yadiel: Tan seco como siempre, ¿eh? —comentó con un tono burlón.
Hélix regresó cargando una caja con cuidado. Al verlos conversar, se mostró sorprendido.
Hélix: Vaya, veo que ya os conocéis. ¡Mejor así! No me gusta dejar esperando a los clientes, y menos a alguien que es de la casa.
Alana: ¡Cierto! Ambos sois del norte, ¿no?
Hélix: Correcto, pequeña. Bueno, aquí tienes. Dime qué te parecen. —Con cuidado, abrió la caja, revelando un par de dagas recién forjadas.
Alana: ¡Son preciosas! Y tan cómodas... ¿Cuánto te debo?
Hélix: Tranquila, ya me pagaste con la botella. Ahora, en cuanto a ti, niño... —dijo, girándose hacia Daiki—, aquí tienes. Como nuevas. Creo que son mi mejor obra hasta ahora. Trabajar con materiales de mi tierra siempre me pone de buen humor.
Daiki tomó las hachas y asintió. Solo con verlas, era evidente el orgullo de Hélix por su trabajo.
Yadiel: susurrándole a Alana- Nunca vi a Hélix tan contento. Y mira que he venido muchas veces aquí. Siempre estaba gruñendo a todos. Por eso su tienda no es tan conocida. Si no fuera por la calidad de su trabajo, yo también habría dejado de venir.
Alana: A mí también me costó al principio. Pero el truco es regalarle alcohol. Lo noté cuando vino borracho a la taberna durante mi segunda semana en la ciudad.
Yadiel: Tomo nota. Si eso me ahorra oro, mejor.
Hélix: Y bien, grandote, ¿qué te parecen? —preguntó, dirigiéndose a Daiki con una mezcla de orgullo y expectativa.
Daiki: Son perfectas. Muchas gracias. Si necesitas ayuda en la forja, no dudes en pedírmelo. -dijo sonriendo parece que hélix no era el único feliz de hablar con otra persona del norte-
Hélix: No hace falta, pero pásate cuando quieras. – dijo con una sonrisa que le abarcaba todo el rostro, parecía muy agradecido por la visita.
Yadiel: Bueno, será mejor que nos retiremos. Tenemos cosas que hacer, ¿verdad, Alana?
Alana, que estaba embobada probando las dagas, salió de su trance.
Alana: ¿Ah? ¡Ah, claro! Daiki, tenemos que irnos. —Se giró hacia Hélix—. Hasta luego, señor Hélix. Lamento no poder quedarme más.
Hélix: Con lo que maltratáis las armas, seguro que os veré pronto. Así que ¡Tened un buen día!

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