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Tajo, asesino de reyes

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Mar 14, 2026

Tajo, asesino de reyes, campeón de los dinoi, azote de las cuatro naciones, acarició la delicada flor con la yema de sus dedos.
En la colina reinaba la paz natural de una suave y despejada mañana de primavera. Bajo el suave trinar de los pájaros, el hombre se detuvo a un lado del camino a descansar. Al oeste, el serpenteante sendero de tierra terminaba en el empedrado de la modesta ciudad, su destino. La pequeña flor, amarilla y acampanada, brotaba con varias más, como solía hacer esa especie, pero Tajo se fijó solo en aquella, en la más esbelta. Se le dibujó una sonrisa en los labios, que frunció en el acto. Se levantó con una mano en su espada.

— Me recuerda a ti, Caledonia -murmuró-. Os parecéis.

Con un gruñido, continuó su camino.
Al pie de la colina, los campos de cultivo que sustentaban la ciudad se extendían. Algunos campesinos pausaron su labor para ver al recién llegado. Las visitas no eran raras en aquella ciudad: solo ese día, tres comerciantes esperaban con ansia junto a sendas caravanas para que los dejaran entrar. Tajo esperó pacientemente su turno tras los mercaderes, que intercambiaron miradas nerviosas al reparar en él. Al rato, los dejaron pasar, y uno de los guardias reparó en él.

— Alto ahí -le dijo-. ¿Vienes solo?

— No. Mi esposa me acompaña.

El guardia miró a su alrededor.

— Eh… ¿Planea esperarla aquí o ella ya ha entrado?

— Viene conmigo -Tajo palpó la empuñadura de su espada-. ¿No sabes que es un insulto ningunear a una dama?

El guardia se quedó quieto, y miró a su acompañante, más veterano. Este sacudió la cabeza y se acarició la barba.

— Discúlpelo. Está nervioso. ¿Tiene algún identificador con usted?

Tajo asintió y se descolgó la mochila. En un segundo, extrajo un grueso anillo plateado, que extendió al guardia sin dárselo. Asintió.

— Muy bien, campeón. Mita os proteja.

Los guardias se apartaron y Tajo asintió al veterano, reconociendo la bendición. Era bueno saber que aún quedaban creyentes en este mundo.

La ciudad, cuyo nombre Tajo ignoraba -su mapa estaba en nolem, idioma que él no hablaba-, era un punto apartado del mundo. Una pequeña atalaya se alzaba al fondo, y las calles, estrechas y curvas, estaban llenas de vida. La guardia era escasa, y alegre. Aquella pequeña ciudad perdida en el apacible norte gozaba de una paz que Tajo, absorto en su búsqueda, registró sin darse cuenta. En el bullicioso mercado, decenas de mercaderes gritaban o agitaban sus mercancías para ofrecerlas a un público que, curioso, ojeaba y regateaba con mal contenida alegría. Aquella noche se celebraría un festival, al parecer. Sobre la fuente de la plaza del mercado, dos niños jugaban a batirse en duelo mientras mantenían el equilibrio.

— Este sería un lugar precioso -susurró para sí, entrando en un callejón-. ¿No crees, Caledonia?

Un niño sucio y harapiento huyó cuando Tajo entró al callejón, abandonando un pequeño carro de madera en el suelo. Sin hacerle caso, Tajo se detuvo ante una puerta.

«Busca la oscuridad en el valle de luz,» recordó, «y el gusano en el grano.» Malditos oráculos. No había calle más oscura que aquella en esa ciudad, y el cartel de aquel local, un hatajo de espigas de trigo, estaba carcomido y agujereado. Si buscaba algo más literal, acabaría por volverse loco. Tocó a la puerta tres veces, con firmeza. Una voz respondió con palabras que no pudo entender, así que Tajo aporreó la puerta de nuevo. Más enérgica, la voz respondió de nuevo.

— ¡ …ocupada!

Tajo frunció el ceño. Esperar no le parecía una indignidad, pero hacer que tus potenciales clientes esperaran en aquel callejón le parecía un mal modelo de negocio. Aporreó la puerta con más fuerza, y esta vez se resintó sobre sus goznes. Unos pasos se acercaron a la puerta, seguidos del sonido de un pestillo. Se abrió una franja en la puerta, que le reveló un par de ojos morados.

— ¿¡Qué!? ¿Tan urgente cree que es su colada…?

La mujer tardó un segundo en registrar por completo la persona que había detrás de su puerta. Lo miró de abajo a arriba, asegurándose de que su visión no fuera producto de una alucinación, en silencio.

— No pretendía ofender, lavandera. Pero el asunto que me trae aquí es urgente.

La franja se cerró con un golpe, y al momento, la mujer abrió la puerta. Menuda y con una melena castaña que le caía sobre los hombros, la mujer de ojos morados apretaba con fuerza algo a la espalda, tirando de la tela de su vestido.

— Adelante, entonces -hizo una reverencia-. ¿En qué puedo servirle?

— Seré breve, lavandera. Sé quién eres. Me ayudarás.

La mujer tragó saliva y miró a su alrededor.

—  No…

— Lo entiendes a la perfección. Conozco tu naturaleza, alumna. No…

La lavandera sacó la mano que guardaba detrás y arrojó un puñado de arena a Tajo. Echó a correr.

— ¡Eh!

Mientras se apartaba la arena de los ojos, escuchó un portazo. Corrió a través de la habitación, tirando muebles por el camino. Destrozó la puerta del fondo de un empellón, y se encontró en una calle con más gente, que gritó confusa ante la intrusión. Se giró y la encontró corriendo calle arriba. Tajo la persiguió, reprimiendo una maldición. La gente se apartó para dejar paso al hombre, que a duras penas trató de esquivar a los rezagados. Tajo frunció el ceño cuando un hombre, que había intentado detenerlo, cayó de espaldas contra el suelo. Persiguió a la mujer por varias calles, y a punto estuvo de despistarlo varias veces, pero Tajo no era un ratero cualquiera.

 

Con los ojos cerrados y la espalda apoyada en la pared de un callejón, Ada suspiró. Todavía respiraba con dificultad cuando echó la vista al cielo, dando gracias a Keoth, patrón de los rufianes, por ayudarla a despistar al extraño. «¿Cómo me ha encontrado?»
La pregunta dio tumbos por su cabeza como un carro con una rueda rota. Había tenido cuidado. No había usado la magia en esa ciudad, ni ninguno de sus artilugios de emergencia. Quizá…

Cuando alzó la vista, se le cayó el alma a los pies. A un palmo de ella, aún resollando, el extraño esperaba, impertérrito, a que abriera los ojos. Quiso gritar, deseó en lo más profundo de su ser encontrar oposición a aquel hombre de occidente y su endemoniada altura, pero todo lo que pudo producir fue un quedo gemido de terror y lágrimas.

— Mujer -dijo él, con una voz grave y áspera, como una rueda de molino, y los brazos en jarras-. No voy a hacerte daño. Te necesito. Dejarás que me presente y me acompañarás.

Temblando, Ada logró encontrar fuerzas para toser y asentir.

— Mi nombre es Tajo. Sé que sabes dónde se oculta el brujo Aon, y que fuiste su estudiante. Me guiarás hasta él y me ayudarás a matarlo.

Ada abrió los ojos hasta que el gesto le dolió, y se secó las lágrimas. Carraspeó.

— Eh… entonces…

— Sé que huiste porque lo odias -la interrumpió-. Como todos los desafortunados que se cruzan con él. Tu antiguo maestro me causó un agravio que nada podrá remediar, así que juntos nos vengaremos de él.

El desconocido -Tajo-hablaba de Aon con un odio que Ada había creído imposible en una criatura viviente.

— No… no podrás matarlo, eh… Tajo. El brujo es inmortal. Lo…

— Podrás contarme los detalles más adelante, mujer. ¿Cuento contigo o tendré que arrastrarte?

Ada calló de nuevo. Aquel hombre, aunque brusco, parecía sincero. Sus ojos, de un azul glacial, no revelaron un ápice de emoción. Maldición, hablaba en serio. Consideró la oportunidad: la tentadora oportunidad de hacer el bien, por una vez en la vida.

— Acepto.

— ¡Bien -gritó el occidental-! Tienes hasta una hora después del mediodía para recoger lo que consideres necesario. Confío en tu palabra. Esperaré en las puertas. ¡No te retrases!

Con una palmada en el hombro que hizo saltar a Ada, Tajo se alejó. Ada alzó la vista de nuevo, calculando el tiempo, con un único pensamiento palpitando ahora en su cabeza. Lo susurró.

— ¿En qué me he metido?


 

Geklelo
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#spanish #Fantasy #Fantasia #barbarian #magic #Wizard

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