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Tajo, asesino de reyes

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Mar 17, 2026

Tajo resopló con satisfacción cuando vio a la mujer, fiel a su palabra, acercarse a las puertas de la ciudad con paso inseguro. Le dedicó una sonrisa completa, enseñando todos los dientes, que habría resultado siniestra en cualquier otro rostro. La mujer se encogió ante él, de todas formas.

— ¿Por qué salir a esta hora? ¿Acabas de llegar y ya te marchas?

— Nos marchamos -corrigió- de inmediato porque, mientras antes lo matemos, antes podremos volver a nuestras vidas. Hay que aprovechar la luz.

— Cierto… mi vida como lavandera, y tú…

Tajo le dedicó una mirada agria antes de volverse.

— Sígueme el ritmo, mujer.

 

Ada descubrió por las malas que Tajo no bromeaba con eso de seguirle el ritmo. Malditos occidentales y sus piernas largas. Y aún más maldito era este. Alguien tan fornido no debería poder caminar con tanta ligereza, mucho menos durante tantas horas seguidas. ¿Verdad? En toda la tarde, se detuvieron dos veces a beber agua, y en todo ese tiempo apenas conversaron.

— Paramos aquí, mujer -dijo Tajo-. No podemos andar más hoy.

Ada se desplomó sobre el camino, las piernas temblando por el esfuerzo.

— ¿No te parece que deberías preguntarme mi nombre, al menos? Si me matan, me gustaría que pudieras poner algo más que mi sexo en mi lápida.

— ¡Ja! Tienes personalidad, mujer. Bien, pues. Dime tu nombre.

— Ada -dijo, frunciendo el ceño. ¿Sabía preguntar este hombre?-.

— Muy bien, Ada de los ojos morados. Conque así te llamas.

Tajo sacó una esterilla de su mochila y la tendió a un lado del camino. Ada sacó su saco de dormir y lo alisó con cuidado en la orilla opuesta.

— Si querías vivir sin molestias, deberías ocultarlo mejor, ¿no crees?

Ada se quedó quieta, con el trozo de pan a medio camino de la boca.

— Tus ojos -explicó-. Cualquiera que te mire a los ojos sabe que eres hechicera. Solo los magos tienen los irises morados.

— Eso es una simplificación -respondió-. Mucha gente tiene los ojos de color púrpura, ¿sabes?

— Y muchos de ellos son magos -Tajo se encogió de hombros.

— Sí. Tiene que ver con cómo el maná fluye por el interior del cuerpo. Como algunas enfermedades, que amarillean la piel.

Tajo asintió, pensativo, y se pasó una mano por el mentón.

— Duerme bien entonces, Ada. Mañana te despertaré al amanecer.

Tajo hizo caso omiso al gruñido de Ada, engullendo la carne en salazón que tenía en la mano y cayendo dormido sobre su esterilla casi al instante. A Ada le costó conciliar el sueño.

 

Esa noche, Ada soñó con mariposas.
Tenía diez años, y su madre la había llevado a ver la migración. En el cielo, una cinta de colores aleteaba como una explosión silenciosa que marcaba el fin de un año y el comienzo de otro. Uno de aquellos maravillosos insectos se había posado sobre su nariz. Intentó atraparla, pero la mariposa escapó, juguetona. Ada se rio, con el cabello castaño, entonces más largo, meciéndose en el viento de aquel valle verde esmeralda. Salió corriendo, persiguiendo la mariposa en aquel pasado distante.

La potente voz de Tajo la sacó de su sueño.

— ¡A levantarse, hechicera! Nos espera un día de marcha hasta Crucefijo, y otros dos hasta Bordeseco. En el mar de arena, tú serás la guía. ¡Vamos!

Apremiante y autoritario, pero amable, hizo que Ada se levantara y desayunara andando mientras sus piernas le gritaban por la tortura de ayer. A un día de camino a la ciudad que Ada había llamado hogar los últimos tres años, Ada no pudo evitar echar de menos la comodidad de su lavandería. Había avisado a su casero de que se ausentaría por un período indefinido, y le había adelantado un mes de alquiler antes de irse. Había dejado sus asuntos en orden antes de partir, sí. Esas cuatro… bueno, tres paredes que la habían escondido durante tanto tiempo. Su hogar…

— Una pregunta, Tajo.

Ada esperó, pero ninguna confirmación llegó del hombre. Continuó.

— ¿Cómo me encontraste?

Tajo se dio la vuelta y la miró de arriba abajo. Ya no llevaba el vestido celeste en el que la había visto por primera vez, sino ropas más resistentes y cómodas, de viaje.

— Salta a la vista -declaró-. Tus ojos.

Continuó andando. Ada se quedó quieta un segundo antes de correr detrás de él.

— No me refería a… espera. ¿Me estás diciendo que fuiste población por población preguntando por personas de ojos morados?

— No, naturalmente. No me hizo falta. Llevo quince años viajando por todas las tierras que ilumina el sol con mi mujer, y en todo ese tiempo solo he conocido a tres personas de ojos morados, tú incluida. La primera fue un estafador que intentó venderme una espada roma en Ciudad Entar.

— ¿Y la otra?

Los hombros de Tajo se tensaron.

— El brujo -Tajo escupió a un lado del camino.

— …Oh.

Bien por respeto, bien por miedo, Ada asió las riendas de su curiosidad y la mandó a pastar a una vereda en la que no enfureciera a su poderoso compañero de viaje. Avanzaron sin más comentarios otro buen trecho, y cuando el sol estuvo en la cúspide celeste, se detuvieron para almorzar. El camino se bifurcaba en ese punto, en un pequeño claro que crecía alrededor de un tocón ancho como una casa. Comieron sobre él.

— Dime, Tajo -dijo Ada, entre mordiscos-. Antes mencionaste a tu mujer.

El grandullón levantó la vista de su bocadillo.

— Me preguntaba si querrías hablarme de ella, nada más.

Tajo tragó un bocado a medio masticar y carraspeó. Respiró hondo y dirigió a Ada una mirada cargada de peso. Se llevó una mano al cinto, a su espada. Ada tragó saliva y contuvo la respiración hasta que, lentamente, sacó la espada envainada de su cinto y la dejó sobre el tocón, entre ellos.

— Héla aquí.

Ada miró el arma con escepticismo. ¿Estaría Tajo afectado por los años o la violencia? No sería el primer hombre que veía hablando de su arma como si fuera una mujer. Aunque no había visto la hoja -y no quería-, parecía un arma hermosa. De hoja curva y guardia retorcida, parecía fabricada enteramente de latón. El suave brillo dorado parecía luz propia, y una gema blanca de tamaño modesto, engarzada con cuidado…

— Un momento. No… cielo y tierra, no puede ser verdad.

Tajo asintió.

— Me apena que no puedas conocerla todavía, pero me temo que no será posible hasta que cumplamos nuestro objetivo.

— Puedo sentirlo -casi susurró Ada-. El hechizo…

— Es obra de Aon, hechicera.

— ¿Sabes cómo romperlo?

— Sí. Es por eso que debo matarlo.

Ada asintió, conmocionada.

— Qué cruel.

— Y tan cruel, hechicera. Ojalá pudiera hablarte, ojalá pudieras verla… Mi bella Caledonia… mi fortísima esposa.

 

Estuvieron más tiempo sobre el tocón, cambiando pareceres e historias menos sombríos. La conversación continuó hasta habiendo reanudado la marcha, y se extendió hasta bien entrada la tarde.

— Allí, Ada -señaló-. Esa ciudad es Crucefijo. Allí descansaremos y nos repondremos esta noche.

— ¿Tenemos dinero para una posada?

— ¡Ja! Todavía me diviertes, hechicera. Hay un posadero allí que me debe un favor. Guarda tus cuartos para la comida.

Ada asintió, ofendida, pero no dejó que se le notara. No solo tenía cuartos de cobre. Tres o cuatro de sus monedas eran medios de plata.

— Cenaremos como reyes, dormiremos como mulas, y partiremos al amanecer de nuevo. ¡Vamos!


 

Geklelo
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#spanish #Fantasy #Fantasia #barbarian #magic #Wizard

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