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Tajo, asesino de reyes

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Mar 20, 2026

La definición que Ada tenía de «comer como un rey» distaba de la de Tajo por, al menos, seis acepciones, dos mesas de juego, tres borrachos y una camarera de escote tan pronunciado que habría jurado que dejaba su alma a la vista.

La posada era más bien una taberna con habitaciones. El aire que se respiraba en su interior, bien iluminado por numerosos candelabros, apuñalaba las fosas nasales de Ada, que se concentró en su -sorprendentemente delicioso- estofado. Tajo, después de alzar al posadero sobre la barra y recordarle con alegría la deuda que contrajo cuando (para gran vergüenza del hombre) lo rescató de un oso mientras estaba dándose un baño en un río. El narigudo posadero devolvió una réplica mordaz, a la que Tajo solo respondió con una risotada que sacudió el local entero. A regañadientes, el hombre los hizo sentar y les sirvió un pequeño banquete.

— Ser un héroe -gruñó a Ada con alegría, con un cochinillo entero a medio comer sobre su plato- tiene sus ventajas. ¿No, hechicera?

— No me llames así en este sitio -chistó-. No sabemos si…

— ¿Temes al mago? Sabia, mujer. Más de lo que pareces No obstante, tus ojos son toda la información que los siervos del mago podrían querer. Calla y disfruta…

Agarró una jarra que tenía más en común con un tonel que con un vaso y tragó hasta acabársela de una sentada. La alzó en dirección a la barra, donde el hombre de cabello blanco suspiró.

— Es tradición en Dina que los guerreros coman como reyes en víspera de una batalla. Mañana partimos al mar de arena, mujer. Disfruta.

— ¿Disfrutar -dudó-? Bueno, el estofado ciertamente… tiene algo. Es picante, pero… no sé…

Tajo se encogió de hombros, con una pata entera entre los dientes. ¿Cómo podía comer tanto ese hombre?

— Hed es un hombre particular. Cuando lo rescaté, hablaba de tierras que yo nunca he visitado. Quizá es un plato de su tierra. Creo que es un hombre de ultramar… de ese lejano continente que llaman Allende.

— Quizá -concedió. Qué bueno estaba el estofado-. ¿…Dejarás de comer en algún momento?

— ¿Beben vino los cuatro reyes?

Tajo rio con gran estruendo de nuevo, con la tez roja de ebriedad. El posadero se acercó a rellenar su jarra.

— Pararé en cuanto me llene, mujer. ¡Deberías conocer a un amigo mío! El bueno de Certero sí que no tiene fondo. Una vez, cazamos veinte jabalíes cada uno por una apuesta. Para ver si el arco o la espada podían más en la caza. Esa misma noche, cuando los cocineros hubieron preparado un gran festín con nuestra caza, yo solo devoré doce -le lanzó una mirada-. ¡Certero devoró dieciséis! ¡Ja! Él sí que es un dinoi. Estómago sin fondo, manos de hierro, y gran corazón. Te daría un infarto si lo vieras comiendo.

Curiosa afirmación. Ada podría jurar que el infarto le daría a él por comer tanto. Algunos borrachos miraron al gigante del oeste con curiosidad, otros con respeto. Ada arrugó la nariz, intentando mantener el hedor de aquel abarrotado tugurio fuera de su nariz. Bien entrada la noche, el tabernero se inclinó con desgana para informar que la cocina estaba cerrada.

— Ya habéis usado todos los platos que poseo, salvador -rogó Hed-. Piedad. ¡Piedad! Si os sirviera la comida en los orinales, el buen nombre de mi negocio correría peligro. Debo rogaros que mantengáis un buen recuerdo de este local ahora que mi deuda está saldada.

Tajo lo despidió con un gesto y se dejó caer sobre la mesa, roncando profundamente. El tabernero lo señaló.

— Me temo que es problema vuestro, joven señora. La criada apagará los candelabros en un momento. Súbalo a su habitación antes de entonces, por favor.

Ada quiso protestar, pero el hombre casi echó a correr hacia la trastienda. Miró a la montaña de hombre que dormía, con el rostro rubicundo y lampiño manchado de salsa y espuma.

«¿Cómo lo muevo yo ahora?» pensó. Por un momento, consideró lo impensable. No debería, no ahora. La tentación creció en torno a su cabeza, como una tiara una talla demasiado pequeña, apretándola a actuar en esa dirección.

«Solo un poquito…»

Ada alzó la mano y, con un gesto casi olvidado, el hombre empezó a levitar. Con suavidad y a paso ligero, Ada lo empujó por la espalda hasta llegar a la habitación. Una vez lo colocó sobre la cama, chasqueó los dedos, y Tajo cayó sobre el colchón con un sonoro ronquido. La hechicera miró a ambos lados antes de dejarse caer sobre la otra cama de la habitación, temblando.

«Lo he hecho. Keoth, ¡lo he hecho! He… he vuelto a hacerlo.»

Casi sin pretenderlo, Ada se acurrucó y cayó dormida. Esa noche no soñó.

 

A la mañana siguiente, Tajo volvió a despertarla con una voz.

— ¡A despertar, Ada! Nos espera una semana de camino.

La hechicera respondió con un gruñido, espantando un ejército de mechones morenos de su cara. En menos de una hora, y tras otro asalto a la despensa de Hed, estuvieron de vuelta hacia el sur.

— Ciudad Entar está a un desvío de un día -dijo Ada, mapa en mano-. Podríamos intentar contratar a algún mercenario allí.

— Lo más valiente que sale de esas colinas es el humo de las chimeneas, Ada -negó Tajo-. Por más oros que les ofrezcas, ninguno aceptará. Además, esto es personal. Debo ser yo quien mate al brujo.

Ada asintió, mirando al horizonte.

— ¿Habías estado antes en el mar de arena?

— Hace dos semanas, con mi esposa. Fue allí cuando… sucedió.

Tajo aferró el pomo de su espada sin mirar a Ada. La hechicera se limitó a asentir.

— Entonces sabrás de los ejércitos del mago.

— Mi mujer y yo acabamos con cientos -respondió-. Habíamos aceptado un contrato para defender un poblado de esos condenados monstruos. Allí fue cuando él nos sorprendió.

Ada asintió, pensativa.

— ¿Tu esposa era una guerrera?

— ¿Mi Caledonia -Tajo se detuvo-? ¿Una guerrera? No, mujer. Mi esposa era… es, mi esposa es la mejor guerrera de su familia. Hábil como tres hombres, fuerte como seis. Retó a todos sus pretendientes a sendos duelos por su mano, y ninguno pudo con ella. Ninguno salvo yo, por supuesto.

— ¿Cómo?

— Es costumbre en Dina que la mujer rete a sus pretendientes a un juego o combate de su elección. Lo habitual es que sea una competición amistosa, una formalidad al final del cortejo. Aunque los desafíos físicos están perdiendo popularidad, y triunfan los juegos o competiciones culinarias. Antes, eran demostraciones de fuerza. ¡Mi padre luchó por la mano de mi madre talando árboles! Con esa madera, construyeron su casa. En mi caso, fui el único hombre inteligente.

Ada inclinó la cabeza. Tajo sonrió, con la mirada perdida.

— La reté a un duelo de miradas -explicó-. Y la hice reír.

— ¿Eso se puede hacer -preguntó Ada, incapaz de reprimir una sonrisa-?

— En ningún lugar de las reglas decía que teníamos que estar callados. No creas que la pilló por sorpresa: ella se comió una cebolla cruda antes del concurso, y mantuvimos una buena conversación.

Ada se encontró deseando que la empresa del occidental tuviera éxito. Cuando quiso darse cuenta, el sol empezó a ponerse. Tardaron poco en encontrar un lugar adecuado para pasar la noche y dormir. Pensó de nuevo en lo que estaba haciendo. ¿Adentrarse en el mar de arena? ¿Ayudar a matar al brujo? Parecía sacado de un cuento. Ella no era… ella ya no era una persona de acción. No, nunca lo había sido. La invadió una ola de culpa pensando en la noche anterior. Había usado la magia, a pesar de jurarse que jamás volvería a hacerlo. El brujo podría… no, no tan tarde. Aon dormía ¿verdad? Era humano, después de todo. «Supongo que lo sabré,» pensó.

Esa noche, Ada soñó con las estrellas.


 

Geklelo
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#spanish #Fantasy #Fantasia #barbarian #magic #Wizard

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