Los días en el camino se mezclaban con cierto aire perezoso, pero discurrían igualmente. El cambio de bosque a prado al llegar a la altura de Ciudad Entax, y la hierba adquiriendo un tono parduzco, abandonando el esmeralda de Campofuerte de manera paulatina a medida que el desierto se convertía en el camino en vez de ser una gota de arena marrón en el horizonte. Y, a medida que las plantas dieron paso a los matojos, y las colinas a las dunas, el calor se volvió insoportable, como un abrigo demasiado pesado.
— Estamos entrando en el mar -dijo Tajo, guardando su cantimplora. Ada suspiró. El ejercicio seguía doliendo.
— ¿Cuánto falta para el próximo pueblo?
Tajo apretó la mirada hacia el horizonte.
— Seis horas. Bordeseco ya puede verse allí a lo lejos.
— Eso solo parecen dunas -espetó Ada, esforzando la vista-. Interminables y agobiantes dunas de arena.
— Estás mirando mal. No son dunas. Mira el cielo.
Tajo señaló en dirección a una serie de montañas de arena que parecían derramarse por el horizonte. Ada se fijó por encima de ellas.
— Humo -dijo, sorprendida.
— Chimeneas -asintió Tajo-. En marcha, o perderemos el sol.
Ada le siguió el ritmo, golpeando la grava del camino con los zapatos. Tras una caminata sofocante en la que agotó su cantimplora, llegaron a Bordeseco.
La árida ciudad quedaba abierta, y en los callejones y recovecos se acumulaba arena. La madera marrón y vieja de algunas fachadas, muy parecida en color a la arena que pisaban, daba una sensación de uniformidad a todo el poblado. Algunos edificios tenían luces, pero la mayoría ya estaban apagados y cerrados. Frente a la humilde posada del lugar -que parecía, bendita sea Mita, un lugar más respetable que el anterior- una pareja de caballos estaba agachada frente al abrevadero.
— Esta gente se acuesta temprano -comentó Ada, mirando a su alrededor. Tajo la mandó callar con un gesto y se acercó a su oreja.
— Aquí pasa algo -susurró-. Prepárate.
La ciudad estaba tan silenciosa que Ada podía escuchar su corazón aporreándole el pecho. Una brisa fresca le trasladaba los suaves sonidos del desierto durmiendo: el siseo de las dunas moviéndose, los edificios cercanos crujiendo con el cambio de temperatura. El mar de arena era un lugar caprichoso, de días asfixiantes y noches heladas. Bordeseco era el último reducto civilizado al sur: entre la torre del brujo y ellos solo había arena y los nómadas del desierto. Tajo la devolvió a la realidad con un toque en el hombro, y Ada sacudió la cabeza, distraída. El hombre señaló una pequeña muesca en la puerta de la posada, tan leve que Ada la habría pasado por alto.
— Solo hay un arma que pueda hendirse con esa suavidad en la madera -susurró-. El brujo ha estado aquí.
Ada tragó saliva mientras Tajo miraba por las ventanas del edificio. Dentro de la taberna había luz, y una mujer de cabello azabache entrecano estaba de pie tras el mostrador, ataviada con una túnica de algodón blanco, jugando distraída con dos esferas de madera pulida mientras leía. No había otra alma visible en el local.
— Entremos -decidió Tajo. Antes de que Ada pudiera objetar, el hombre abrió las puertas de un empujón, sobresaltando a la mujer.
— ¡Cielo y tierra -gritó, soltando las bolas y aferrando el libro contra su pecho-! Mi señor, ¿era necesario?
— Lamento la intrusión, posadera -se disculpó, barriendo la sala con la mirada-. Es tarde, y estoy cansado tras un largo viaje. Necesito una habitación con dos camas para esta noche.
Tajo arrojó un saquito de monedas sobre el mostrador, que la mujer abrió y sopesó.
— El dinero no es problema. Quédese el cambio.
— Pero… ¡Mi señor! Con esto podría usted comprar la posada entera ¡no puedo aceptarlo!
— Pues lo tendrá que aceptar. Mi acompañante y yo deseamos cenar hoy y desayunar mañana antes de partir -pausó-. ¿Puedo contar con su discreción?
— Mi señor… ¡Nadie sabrá que ha estado usted aquí, mi señor!
Tajo asintió y tomó asiento en una de las mesas vacías ante una incrédula Ada.
— ¿Qué le has dado -susurró, mientras la posadera encendía el fogón-?
— La primera bolsa que encontré.
— ¿Era necesario gastar tanto?
— El dinero -se encogió de hombros- es lo de menos. Me importa más reponer fuerzas y ganarme su agradecimiento.
— Qué absurdo -negó con la cabeza-. Tajo, una habitación aquí cuesta diez cuartos la noche. Lo pone fuera…
— Qué bien: entonces, cuando regresemos, la posadera nos ofrecerá una habitación gratis.
Ada negó con la cabeza, con su bolsita de cuartos -tres años de ahorros- agarrada y se sentó. Tajo suspiró y se acercó a ella.
— No mentía antes -susurró-. Han estado aquí. Los siervos de Aon. Esa mujer seguramente esté bajo amenaza de muerte, o de algo peor, y obligada a pagar un impuesto. Esa muesca es reciente… No hay sangre en ningún lado, así que asumo que no será muy reciente. Quizá tengamos cierto margen si evitamos los caminos…
Un chillido partió la conversación, y Tajo se puso en pie al instante. Desde la cocina, un estruendo de metal entrechocando anunció una caída como el tañido de una horrible campana. De un empujón, la puerta de detrás del mostrador se abrió de par en par, revelando seis veloces figuras que invadieron el local como un borrón de escamas azules. Ada gritó. Tajo desenvainó, lanzándose sobre los monstruos con un grito de guerra. Los reptiles sisearon, agresivos, y cruzaron aceros.
Ada gritó de nuevo cuando el primer golpe desató chispas, pero Tajo despachó al primer atacante en un parpadeo. Rechazando tres hojas a la vez, descargó un puñetazo contra el pecho de una de las criaturas, que tosió, el aire empujado fuera de su pecho, antes de caer. La siguiente criatura lo intentó acorralar, pero Tajo la agarró por el grueso cuello escamado y la arrojó contra una mesa. Chocó contra el recio mueble y no se movió más. El que había caído al suelo intentó recoger su espada, pero Ada reaccionó. Con un veloz gesto, el arma salió disparada a sus manos. Dejó el pesado metal sobre la mesa y miró el reflejo aceitoso de la hoja.
— ¡Que no te toquen, Tajo!
— ¡Ya sé del veneno, mujer! ¡Ponte a cubierto, por Dor!
Tajo rechazó seis intentos más, y devolvió tres tajos que dejaron sendos enemigos agonizando en el suelo. La sangre de aquellos seres, verde, empezaba a hacer que a Ada le picaran los ojos. El occidental desarmó a su último enemigo y le hundió el hocico de un poderoso puñetazo antes de atravesar su pecho con su espada. Había terminado.
— ¿Estás bien, Ada? – preguntó, jadeando.
— Sí, sí. Oh, Mita en las alturas. Cielo y tierra…
Ada miró la masacre a su alrededor con los ojos rojos y llorosos. Aquellos seres otra vez. El brujo se servía de una raza de hombres serpiente para que le hicieran el trabajo sucio. Hoy, ese trabajo sucio había sido… Ada se dobló tras una silla y vomitó. Tajo no se lo reprochó. Limpió su espada con un trapo, y le susurró algo antes de envainarla.
— Cenaremos y dormiremos, Ada. Ya.
Ada se limitó a asentir. Despacio, siguió a Tajo hasta la cocina. Una tos horrible detrás de ella la detuvo en seco.
— El todopoderoso Aon -tosió el hombre serpiente, agarrándose las costillas- os da la bienvenida…
Ada se tapó la cara y se dio la vuelta cuando Tajo, sin mediar palabra, le destrozó la cabeza de un pisotón.

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