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Tajo, asesino de reyes

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Mar 26, 2026

Aquella noche, Ada tuvo una pesadilla. Estaba de nuevo en la torre, en aquella aguja de piedra blanca como el hueso que Aon llamaba hogar. No quería recordar aquel día.

El brujo la había hecho llamar, y ella había obedecido. En el patio de la torre, de rodillas, había una familia entera de nómadas, todos atados de pies y manos. Una docena de serpientes los custodiaban, y el brujo en persona, estaba presente, invéstigándolos de uno en uno. Ada llegó, pero no habló, pues su maestro no le había dirigido la palabra. La mujer más mayor del grupo de nómadas le dirigió una mirada suplicante a la que hizo caso omiso.

— Niña -la llamó el brujo-. ¿Ves a estos invasores?

Los rasgos afilados del anciano se giraron para llamarla. Ella asintió y se acercó, con la cabeza gacha.

— Los veo, maestro.

— Bien.

El brujo señaló a tres de ellos: dos niños y una mujer que parecía la madre. Hizo otro gesto a una de las serpientes, que siseó a sus hombres. Los levantaron y se los llevaron.

— Los he atrapado -explicó mientras el padre gritaba, rogando al brujo que tuviera piedad- allanando mi propiedad. Bebiendo de mi oasis. Comiendo mis dátiles. Sin mi permiso, Ada.

Los gritos continuaron, y el hombre comenzó a gritar con más furia que tristeza.

— Pero… alguien les ha dado permiso, ¿sabes, Ada?

Ada cerró los ojos. Quería olvidar. Los gritos. El…

— ¿Ada? Responde, niña.

— Sí lo sabía- admitió-, maestro.

— Ah, ¿sí? ¿Y sabías el castigo que reciben en mis tierras los allanadores y los ladrones?

La respuesta se le trabó en la garganta. Aquella familia había acudido a ella suplicando. Hambrientos, sedientos. Su corazón latía con tanto peso que creyó que se hundía en la arena. No quería recordar esto.

— Parece que se te ha olvidado. Te lo diré yo: la muerte.

A un gesto del brujo, las serpientes avanzaron tras la familia y desenvainaron.

— Creo que es justo que seas tú quien administre la justicia, niña. Te enseñará una lección. Una importante lección sobre lo que es de mi propiedad, y sobre mis leyes.

— Maestro…

— ¡Silencio! Mira a los guardias. ¿Los ves? Esperan tu orden, niña. Cuando abras la boca, no quiero oír nada que no sea «adelante». ¿Entendido?

Ada quiso gritar. La agonía aún se retorcía en su pecho, como un gusano intentando salir por su piel. Cerró los ojos con fuerza mientras diez pares de ojos la escrutaban. Le resbalaron lágrimas por el rostro, enrojecido, y jamás le pusieron delante una prueba más dolorosa que aquella. Sollozó.

— Adelante.

 

Ada guardó silencio durante todo aquel día. Tajo apenas trató de entablar conversación más que para lo necesario. Sugirió viajar fuera de los caminos para evitar emboscadas, aunque el camino, que llevaron a su diestra durante aquel día entero, desaparecía en el desierto con frecuencia. Nadie mantenía aquellas vías. Al día siguiente, la civilización desapareció por completo. Ada se esforzó por guiar a Tajo mediante el sol, un mapa que habían cogido en la posada -después del dineral que Tajo había dejado a la difunta posadera, Ada no podía considerarlo robar- de Bordeseco y una brújula. Se detuvieron a almorzar cerca de un oasis.

— Ahora soy yo quien te pregunta a ti, Ada -dijo Tajo, entre mordiscos al embutido que sostenía con ambas manos-. ¿Qué deuda vas a saldar con tu antiguo maestro?

Ada lo pensó por un rato.

— Qué pregunta más directa, Tajo -esquivó.

— No me gustan los rodeos, Ada. Además, tú conoces mis motivos para embarcarme en este viaje. Creo que es justo que yo sepa los tuyos.

Contrariada, Ada negó con la cabeza. Parpadeó, con la vista clavada en la arena.

— El brujo… es un tirano y un asesino -Ada apretó los puños, arrugando sus pantalones-. Y lo odio. Lo odio porque, a pesar de que me educara y me enseñara…

Ada emitió un sonido similar a un gruñido, y lanzó una mirada a Tajo.

— Mató a mi madre, Tajo. La mató a sangre fría, ante mis ojos. La mató y no se dignó a volver a mirarla mientras regresaba a su estudio. Y eso no lo perdonaré jamás.

Tajo asintió, comprensivo.

— Estamos cerca del final de nuestro viaje, Ada. Dentro de poco, verás su cadáver atravesado por Caledonia -vaciló-. Al fin podrás conocerla cuando mate al brujo, ¿Eh? Estoy seguro de que se muere de ganas de conocerte.

Ada lo miró, inexpresiva. Sobresaltada, echó la vista atrás.

— Oigo algo, Tajo -se levantó-. Alguien viene. Un grupo.

Tajo se levantó, espada en mano.

— ¡Escondámonos! Así podremos sorprenderlos.

Por suerte, un amplio arbusto junto al oasis podría ocultarlos por completo. Esperaron y, al momento, un grupo apareció deslizándose tras una duna.

— Serpientes -siseó Tajo-. Traen un prisionero.

Entre cuatro serpientes, cargaban otra atada de pies y… cola a una larga vara de madera. Se acercaron al oasis, y tiraron al preso en la orilla. La serpiente tenía los ojos cerrados y una extraña expresión de paz, a pesar de los hematomas y el hilo de sangre verde que le goteaba del hocico. Uno de los monstruos de armadura bronceada le escupió en la cara antes de sisear.

— He visto esto antes -susurró Ada-. Van a ejecutarlo. ¡Es un desertor!

— Bah. ¿Pueden desertar? Son monstruos.

Ada miró a Tajo.

— Tienes que salvarlo ¡Por favor!

— Ni por todo el oro del mundo, ni hablar.

— ¡Por favor -le urgió Ada, casi a volumen normal-! Aprovecha para matarlos mientras están distraídos, al menos. El prisionero no nos dará problemas.

Tajo resopló y se puso en pie. Con sigilo, rodeó el grupo. Ada observó con la respiración contenida mientras se movía. Tras un suspiro, con eficiencia marcial, acabó con las dos serpientes más atrasadas, que apenas pudieron emitir un susurro de dolor. Cuando los otros dos se dieron cuenta de lo que estaba pasando, ya era tarde. Con los ojos llorosos de nuevo, Ada salió del arbusto, esquivando la arena manchada de verde, y se agachó frente al hombre serpiente.

— Ten cuidado, Ada. Puede ser una trampa.

— No es una trampa -dijo Ada, desatando primero la brillante cola azul-. Míralo.

Tajo no dijo nada más, pero tampoco envainó la espada, y le dirigió al reptil una mirada capaz de derretir el oricalco. Ada terminó de desatarlo, y Tajo examinó los movimientos del ser con cuidado mientras gemía de dolor. La hechicera sacó una taza de su mochila, la llenó de agua del oasis y se la ofreció.

— Tu amabilidad no se verá recompensada. Deberíamos matarlo y seguir andando.

— Háblame, soldado -Ada ignoró a Tajo-. ¿Tienes nombre?

La serpiente le devolvió una mirada confusa, girando la cabeza sobre su largo cuello para verla con el ojo que no tenía amoratado. Lo abrió con sorpresa y volvió a girar la cabeza hacia Tajo. Tragó saliva.

— Thmil -respondió-. Ese es mi nombre, joven dama.

— ¿Estas cosas hablan nuestro idioma -preguntó Tajo, escéptico-?

— Por supuesto que lo hablan -se apresuró a responder Ada.

El reptil los miró de nuevo, haciendo muecas de dolor con cada movimiento. Tajo suspiró.

— Bueno. Podrás explicarnos por qué tus prójimos te han hecho esto, espero.

— Soy un desertor, dinoi -contestó después de una pausa-. La excepción que confirma la regla.

— Me agrada que hasta sus monstruos se nieguen a seguir al brujo en ocasiones, pero no te creas que eso hace que me caigas simpático.

— Os conozco -parpadeó-. Vos sois el Azote. Tu… vuestra espada ha derramado la sangre de cientos de los míos.

— Eso es mentira -bufó-. A estas alturas, deben de ser miles, ya.

— Thmil -interrumpió Ada-. Ayúdanos. Guíanos hacia la torre del brujo.

El reptil le devolvió una mirada difícil de descifrar, pero que Ada interpretó como duda.

— Estabas muerto de todas formas -intervino Tajo-. Y si te niegas también te mataremos.

— ¡Tajo!

— ¿Qué? Es verdad. Como dé un paso en falso, le hundo la espada entre las costillas.

Thmil giró la cabeza, mirando a ambos por turnos mientras hablaban.

— Moriréis -susurró-. Moriremos. El brujo os matará, busquéis lo que busquéis, dinoi. Os matará a ti y a la joven dama, y me matará a mí…

— No me extraña que desertaras -gruñó Tajo-. He conocido líquenes más esforzados que tú.

— Su escepticismo es sano, Tajo -intervino Ada-. Cabo de caer en la cuenta de que llevamos casi dos semanas viajando y todavía, a las puertas de nuestro destino, no sé cómo planeas matar al brujo más allá de «voy a atravesarlo con mi espada».

Tajo se envaró.

— Ilumíname, hombre de occidente. ¿Cómo piensas infiltrarte en su torre? ¿Por qué puerta irrumpirás en su estudio? ¿Con qué evitarás sus maldiciones y hechizos?

El hombre miró a Ada sin hostilidad. Sus ojos de plata azul la miraron sin parpadear, hasta que Ada frunció el ceño.

— No será en serio. ¿Planeabas que yo me encargara de eso?

— Sabes más de magia que yo -se encogió de hombros. Ada suspiró con amargura.

— Vale, vale, vale. Thmil -se giró-, guíanos. Y ponte algo de ropa.

— Mi espada es vuestra, joven dama -siseó el áspid, agachando la cabeza-. Estamos a un día de camino de la torre.

— Entonces tenemos un día para planear. Tajo, démosle algo de intimidad a nuestro amigo.

— Tu amigo -dijo Tajo, alejándose sin darle la espalda a Thmil.


 

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#spanish #Fantasy #Fantasia #barbarian #magic #Wizard

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