Lo más difícil de esas últimas horas fue impedir que Tajo y Thmil se mataran entre ellos. Cada vez que uno de los dos proponía un plan, el otro comentaba escéptico con mayor o menor grado de educación. Durante la cena, Tajo se negó a compartir el pan con Thmil, que agradeció profusamente un trozo de salazón que Ada había estado guardando. Al caer la noche, helada a orillas del oasis, Tajo obligó a Thmil a dormir lejos del fuego, tras el arbusto, desde donde lo oiría de llegar si le venían «ideas peligrosas». Ada podría mentir y decir que confiaba plenamente en el hombre serpiente, pero hasta ella dudaba. Aquella noche no soñó. Cuando despertó, vio a Tajo, sentado frente a las brasas de la hoguera, mirando fijamente al arbusto. Allí, la serpiente dormía plácidamente.
— ¿En qué piensas?
— Hay que despertarlo -dijo Tajo, los ojos enrojecidos fijos en el desertor.
— Me acercaré.
— No. Demasiado peligroso.
Tajo paseó la mano sobre las brasas, sintiendo el calor. Se decidió por una, y la cogió. La lanzó contra la serpiente antes de que Ada pudiera quejarse. El impacto acertó justo en la nuca del reptil, que gimió de dolor y se debatió en el suelo, con las manos en la cabeza. Se levantó y miró hacia Tajo con el ojo bueno.
— Buenos días, princesa -vociferó Tajo, serio-. Servicio de habitaciones.
Thmil siseó y se sacudió. Cayó algo de arena de entre sus escamas. Se había puesto la túnica de uno de sus camaradas caídos -que había identificado como Shut antes de desnudar-, y la tela marrón gastada colaboraba maravillosamente con los moratones para darle un aspecto absolutamente penoso. Las manchas de sangre sobre la ropa no ayudaban, pero la mayoría las tapaba la gruesa bufanda del mismo muerto. El reptil se pasó una mano por el largo cuello, rascando debajo de la barbilla, antes de hablar.
— ¿Pretendes insultarme sugiriendo que eres mi doncella?
— ¡Bastardo -Tajo se levantó corriendo hacia él-! ¿Quién te crees que…?
— No.
Las manos de Tajo se detuvieron a escasos centímetros del cuello de Thmil, que había retrocedido hasta caer de espaldas. Tajo se las miró y trató de apretar hacia la serpiente, confundido por la repentina resistencia hasta que miró hacia atrás.
— No dejaré que mates a nuestro guía, Tajo. Por favor -susurró-.
Las manos de Ada estaban levantadas hacia los hombres, fijas en un gesto sin sentido para ninguno de ellos. Sus ojos, ahora de un intenso granate, brillaban con luz propia.
— Thmil nos guiará hacia la torre. Amigo o enemigo, lo hará, porque ninguno de los suyos desperdiciaría la oportunidad de servirnos a su amo en una bandeja de plata. Lo que pase después es cosa suya. Te he visto matar a los suyos como si fueran moscas, Tajo. No te supondrá ninguna dificultad ni ahora, ni entonces. Por eso, hasta que el brujo esté muerto, vamos a colaborar. ¿He sido clara?
Tajo no era un hombre muy expresivo más allá de «ira, alegría, neutral». Eso hizo que Ada contuviera una mueca de sorpresa ante el poema que ahora era su rostro.
— Bien -dijo, al final-. Pero este… monstruo…
— Thmil.
— …Thmil… debe jurar someterse a los mismos términos. Sé que hasta su raza aborrece el perjurio, desertor o no.
— ¿Qué dices -preguntó Ada-?
— Lo juro -asintió la serpiente.
— Entonces yo también lo juro -asintió Tajo, aparentemente satisfecho. Ada asintió, y Tajo casi cayó hacia delante cuando la presión contra sus manos cesó-. Sé consciente que este pacto, bestia, lo observa Dor desde su trono de hielo y acero. Rómpelo, y te arrepentirás.
— Ignoro tus dioses, dinoi, y las leyes que te atan a ellos. Pero si esto es lo que necesitas para respetarme, entonces que observe. Tu observación es acertada: aborrecemos a los que rompen sus promesas.
Tajo asintió de nuevo. Miró a Ada, que devolvió el asentimiento.
— Pongámonos en marcha, pues. Tenemos un viejo al que matar.
Hubo más discusión a lo largo del día. Ada sugirió que fingieran que Thmil los había capturado, pero Tajo descartó la idea de inmediato. Pasado el mediodía, Thmil se detuvo, tumbado sobre una duna. Tajo y Ada se agazaparon junto a él, mirando un solitario diente gris a varios centenares de metros frente a ellos.
— La torre -señaló-. Si nos damos prisa, llegaremos antes del anochecer.
— ¿Es recomendable atacar de noche?
— No creo que un ataque abierto sea lo más recomendable -dijo Ada-. Deberíamos entrar por uno de los conductos de abastecimiento.
— ¿Los qué?
— El brujo se niega a compartir espacio con muchos de sus sirvientes -explicó Thmil-. Ocultos bajo la arena hay almacenes y túneles de servicio para que las cocineras y demás puedan moverse y servir sin importunarlo.
— Bien. Solo queda encontrar uno. Habrá que cavar…
— Hay uno allí -dijo Ada, mirando a la derecha-. Está oculto por una duna ilusoria, es un hechizo. Lo siento desde aquí.
— Guíanos.
Ada se deslizó duna abajo, seguida de cerca por thmil, y Tajo hizo lo que pudo, levantando la arena a patadas con cada paso. La torre, que Tajo no había llegado a ver en su anterior encuentro con el brujo, era alta y afilada. Había sido erigida apuntando al cielo con rectitud matemática, y destacaba sobre la arena parda del mar como una baya madura en un arbusto seco. Ada puso una mano contra la pendiente de una duna especialmente escarpada, tanto que nadie habría tratado escalarla, pero no lo suficiente como para ser sospechosa. Cuando hundió el brazo y se perdió en su interior, Tajo dudó antes de atravesar la ilusión junto a Thmil. Dentro, la temperatura cayó. A Tajo le costó un segundo adaptarse a la oscuridad de la cueva. El interior, de arenisca marrón, parecía ser un almacén. Una tea alumbraba una puerta cerrada al fondo de un largo y ancho pasillo atiborrado de cajas de madera. Algunas tenían escritos números; otras, listas; y una rezaba «no despertar» en ominosas letras rojas. Se dio la vuelta, y en vez del sofocante calor del desierto, encontró la fría pared de una cueva.
— Bien -dijo Ada, agazapada junto a Thmil tras algunas cajas-. Estamos solos.
— ¿Y dices que ese pasillo lleva directo a la torre?
— Sí. Más o menos -dudó-. Si seguimos ese pasillo, podremos llegar a la torre, pero no sé a qué habitación.
Thmil reptó hacia la puerta, y apoyó las manos sobre la madera con suavidad. Husmeó por las grietas de la madera y se dio la vuelta.
— Las cocinas.
— ¿En serio? ¿Tan bien hueles?
— No puedo oler la habitación que hay al otro lado de los kilómetros de túneles que hay ahí dentro. Sin embargo, este almacén apesta a azafrán.
Tazo y Ada se detuvieron para oler la habitación. Cielo y tierra, sí que olía fuerte. Thmil puso los brazos en jarras, satisfecho.
— Muy bien, serpiente. Has hecho honor a tu promesa. Nada nos impide pelear ahora.
Ada se tensó. Es verdad.
— Mi promesa quedó honrada en cuanto señalé la torre en la arena, dinoi. ¿Por qué hablar ahora?
— ¿Por qué, en efecto, dejaría un cadáver sobre la arena que el enemigo podría usar para rastrearnos?
— ¿Ves esto? -Thmil señaló una pequeña gema roja, incrustada debajo de la antorcha, que Tajo no había visto. Brillaba con luz propia- Esto es un cristal de alarma. Romperlo alertaría al mago y a todos sus esbirros de que ha habido una intrusión. ¿Por qué no lo he hecho?
Ambos se aguantaron la mirada por lo que pareció una eternidad. Ada tensó las manos, preparada para saltar. Tajo resopló.
— Voy a examinar estos pasillos. Ada, vigila a nuestro guía.
Tajo se marchó antes de que pudiera rechistar, con tanto sigilo que, de haber estado de espaldas, no se habría enterado de que se había abierto la puerta. Thmil la miró con aire confuso. Se deslizó hasta sentarse en el suelo, o algo que un ser con cola de serpiente podría hacer para imitar a un humano sentado. Durante varios minutos, se hizo el silencio.
— Os… habéis buscado un acompañante interesante, joven dama -logró decir.
— Me buscó él -corrigió-. Me sacó de mi hogar hace… ¿diez días?
— Parece algo que haría. Sacar a alguien de su sitio, persiguiendo un interés personal. El bárbaro…
— No es malo del todo. Aunque tampoco puedo admitir que me caiga bien -se corrigió. Thmil la miró cohibido.
— Entonces… Vosotros dos…
— ¡Keoth, no! Está casado, y no me gusta.
— No pretendía ofender, joven dama -agachó la cabeza-. Mis humildes disculpas.
Transcurrió otro minuto de silencio sin que pasara mucho en aquel sótano. Solo el crepitar de la antorcha perturbaba la espera con sus suaves chasquidos. Ada se fijó en que el fuego era mágico: no ennegrecería el techo, ni asfixiaría a los ocupantes de la caverna.
— Thmil -saltó Ada, rompiendo el silencio-. Tu trato… es decir, cuando me llamas «joven dama». ¿Lo sabes? Que yo…
Thmil agachó la cabeza de nuevo. Rayos, qué cuello más largo.
— Siempre lo he sabido, joven dama. El brujo nos ordenó encontrarte y capturarte.
Ada asintió, respirando hondo.
— Que Tajo no se entere. Por favor.
— No lo sabrá por mí, joven dama -prometió-. Os lo juro.
Thmil calló un segundo antes de cambiar de tema.
— No mentía antes -dijo-. Ese hombre ha matado a tantos de los míos que me sorprende que aún quedemos algunos.
— Te creo -susurró-. Lo he visto en acción.
— Terrible ¿no es cierto? Aunque yo no lo he visto nunca en persona. Mi gente tiene un nombre para él.
— Azote. Se lo llamaste antes.
— Ese no, joven dama. «Azote» es un nombre que reciben muchos. Uno de vuestros… soldados de fortuna, creo que es el nombre que reciben, un tal… Teleran, sí. Él también recibe el nombre de Azote. Pero para vuestro dinoi tenemos un nombre especial.
Ada arqueó una ceja, curiosa.
— Dímelo, entonces -Thmil apretó sus facciones reptilianas en un gesto que Ada interpretó como incomodidad.
— Creo que en vuestro idioma sería… Muerte, joven dama.

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