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Tajo, asesino de reyes

7

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Apr 01, 2026

La espera se le hizo eterna a Ada. Estando donde estaban, temía ser descubierta en cualquier momento. Cada crepitar de la antorcha se le antojaban pasos, bajando por las escaleras para capturarla. Cada crujido de la madera, un enemigo oculto entre las cajas. Cuando vio la puerta abrirse, le dio un vuelco el corazón.

Tajo regresó dentro, serio, y cerró la puerta tan silenciosamente como la abrió. Su gesto se ablandó cuando vio a Ada, pero no se volvió afable.

— La serpiente tiene razón -susurró-. El camino más directo desde esta caverna conduce a las cocinas. He encontrado un desvío que desemboca en el estudio del brujo, como sugeriste. Ya es noche cerrada. Si nos damos prisa, podremos sorprenderlo mientras duerme y acabar con él rápido. Seguidme.

Ada se levantó, Thmil ladeó la cabeza.

— ¿Algo que decir, serpiente?

— Nada que objetar. Es solo que nunca he patrullado esos pasillos. No podré ser de ayuda si te pierdes.

— No pretendo necesitar tu ayuda.

Sin media palabra más, Tajo atravesó la puerta. Thmil lo siguió, y Ada no tardó en incorporarse, con cuidado de no aplastar la cola del hombre serpiente.

El pasadizo no era nada impresionante en sí mismo. Arenisca lisa, prosaica a excepción de alguna pintada hecha por un guardia aburrido, con una tea mágica cada pocos metros, y lo suficientemente estrecho como para que una persona como Tajo tuviera que encogerse. Ada se divirtió por un segundo imaginándolo en su anterior salida, apretado contra las estrechas paredes. Al rato, el pasadizo giró y se abrió en ramas, como un frondoso árbol de pasajes secretos. Ada reconoció algunas escaleras a medida que fueron acercándose y subiendo. La familiaridad la incomodaba. En varias ocasiones, Tajo los detuvo y desvió para evitar patrullas. Con las piernas no tan cansadas como esperaba -síntoma de que las caminatas de sol a sol estaban afectando su fuerza-, Tajo los detuvo.

— Es aquí -susurró, casi imperceptible.

Tajo apretó un ladrillo que sobresalía medio dedo de la pared y encajó con un satisfactorio clic. Frente a ellos, el muro se deslizó hacia un lado en el más absoluto silencio. Ante ellos, el estudio del brujo. La luz de la luna se filtraba a través de unas amplísimas ventanas, blanca y pura, refrescante. Ada descubrió que estaba sudando dentro del abigarrado túnel. Entraron en la habitación y la nostalgia invadió a Ada como un puñetazo en el estómago. Aquellos instrumentos de alquimia que brillaban con suavidad sobre la mesa, aquel mapa solar que levitaba sobre la habitación, mostrando los astros vibrando con suavidad, surcando el aire sobre sus cabezas. La habitación era un dodecágono ricamente adornado con marfil, mármol y plata. Contenía tanto conocimiento que hasta el más pacifista de los científicos del planeta envidiaría hasta el día de su muerte, incluso si ignorara el más codiciado de los conocimientos allí guardados: el secreto de la vida eterna. Pues era gracias a él que el brujo podía continuar atormentando los cuatro reinos más de seis vidas después de haber erigido aquel monumento a sí mismo.

El grupo avanzó hasta el centro de la habitación. La cama del brujo estaba en el lado opuesto de la estancia. Por señas, habían acordado acercarse hasta allí para matarlo mientras dormía. Ada empezó a tener dudas a medida que se acercaban. ¿Estaba bien hacer esto? Ella no tendría ni que mover un dedo: solo estaba allí porque Tajo necesitaba a alguien con conocimientos mágicos. Estaban a unos pasos de la cama. Ya casi estaba hecho… unos pasos más, un movimiento rápido, y el mundo sería libre. Ada sería libre.

La cama estaba vacía.
Los tres se miraron con urgencia, Tajo hizo un gesto con la cabeza. Sí, debían irse y volver luego. Empezaron a retroceder, la luna iluminando sus pasos por la izquierda, cuando se abrió una puerta a la derecha. Todos se quedaron quietos, congelados. Ada se giró hacia el ventanal. Tajo miró en la dirección opuesta, con la sangre hirviendo. Un escuálido anciano de rasgos duros y afilados, embutido en un camisón celeste y con una copa de cristal tallado en una mano, lo miraba con desdén detrás de una barba que le alcanzaba el ombligo, blanca y delgada. Completamente calvo, las manchas de su cabeza se arrugaron en cuanto habló.

— ¿Visita? ¿A estas horas?

Tajo se abalanzó sobre él espada en mano, con un grito terrible. Ada apretó los ojos, sin mirar la escena, sabiendo lo que pasaría. El brujo, con ojos cansados, dobló la mano libre en varios gestos. El primero frenó el avance de Tajo en seco, dejándolo suspendido en el aire por un segundo. El segundo lo lanzó hacia atrás, estrellándolo contra el suelo de golpe. Tajo tosió.

— Ah, excelente captura. Veo que aún me sirves, bien. Te perdonaré que intentaras abandonarme por esto. ¿De quién te has servido para lograrlo?

Tajo se debatió contra unas ataduras invisibles, gruñendo.

— Serpiente maldita… -masculló.

Thmil se agachó hacia un lateral de la sala, invisible. El brujo soltó una risita de suficiencia.

— ¿Eres tan necio como para creer que un áspid podría urdir este plan sin mi guía, dinoi? No -dio un sorbo a su copa-. Este plan solo podría urdirlo alguien tan cruel y eficiente como yo, alguien de mi sangre… ¿No es así, Ada?

Ada sollozó con suavidad mientras Tajo apartaba la vista de la serpiente para mirarla. Seguía orientada hacia la ventana, así que Tajo no pudo descifrar sus emociones.

— Tú… ¿Por qué…?

— Lo siento -respondió ella, con las mejillas surcadas de lágrimas-. Lo siento. Yo no quería…

El brujo anduvo hacia Ada, copa en mano. Derramó el resto del vino sobre el rostro de Tajo antes de hacer volar la copa hacia una mesa.

— Tres años de tira y afloja, hija mía… Y regresas a mí con este regalo. ¡Me habías asustado, en serio! Una hija mía, sentimental y desperdiciando sus talentos en una ciudad del norte… Esta torre es tu verdadero hogar -Aon le dio la vuelta a Ada y le secó las lágrimas con un dedo-. Siempre lo ha sido.

El brujo se giró hacia Tajo.

— Ahora deberás cumplir una vez más con tu deber, Ada-hija-Aon. Mátalo -señaló a Tajo-. Mátalo, y te lo perdonaré todo.

Tajo se debatió todavía más, sin resultado alguno. El brujo lo vio y, con otro movimiento de manos, le arrancó la espada de los dedos.

— ¿Qué tenemos aquí, dinoi?

— ¡No la toques!

— Alguien le tiene cariño, por lo que veo. Recuerdas las condiciones, ¿No?

El brujo jugó con la espada entre sus dedos, dándole vueltas.

— Ridículas. ¿Cómo matas a alguien que no puede morir? ¿Cómo impides que las dunas se muevan, que el sol se ponga? Un rudo hombre del oeste jamás entendería que no hay forma de acabar conmigo.

Ada todavía lloraba, con el rostro entre las manos. Tajo no tenía palabras para ella. El brujo arrojó la espada tras de sí, que cayó al suelo de mármol con estrépito.

— ¿Y bien, niña? Estoy esperando. Mátalo. Elige una forma y acaba con él.

Una débil réplica empezó a formarse en los labios de Ada, que dio un débil paso, temblando. El brujo todavía sonreía. Tajo opuso resistencia de nuevo, y lanzó un desafío al brujo. Aon rio.

— Tu llanto no me amedrenta, bárbaro. Morirás. Mi niña te matará. Tu estúpida esposa seguirá siendo una espada hasta que el metal de su hoja se pudra y corroa, colgada de mi pared -Tajo rugió un insulto-. Cada vez que la vea, recordaré al asesino de reyes, y cómo murió: traicionado, llorando en el suelo de mi habitación. Será…

Aon tosió, y un hilo carmesí le cayó por la boca, pintándole la barba. Con manos temblorosas, tanteó su pecho, y sus dedos encontraron una brillante hoja curva ensartada. Se dio la vuelta con torpeza y los ojos como platos a medida que su camisón se teñía del horrible color de la muerte. Thmil, con la mirada fija en los ojos del brujo, retrocedió. Cerró los ojos con fuerza, y abrió la boca para hablar.

— ¡Traidor -tosió-!

Aon sacudió las manos y el reptil salió disparado hacia atrás antes de poder hablar. Chocó contra el dosel de la cama, rompiendo la madera, y se desplomó como una muñeca de trapo. Su brazo derecho cayó, muerto, por otro lado.

— Niña… ¡Pagarás por esta traición! ¿Crees que no sé que un áspid no es capaz de tales artimañas?

Aon se dio la vuelta justo a tiempo para que el puño de Tajo conectara a la perfección con su cara. Con la fuerza de un dios de la guerra desatado, el puñetazo tiró al brujo contra el suelo.

— Hace ya casi tres semanas, en Matojo. Mi esposa y yo habíamos aceptado una petición de la aldea para repeler un ataque tuyo -Tajo arrancó la espada de la espalda del brujo, que se dio la vuelta-. Por dos días y dos noches, te vencimos. Oleada tras oleada tras oleada. Caledonia y yo perdimos la cuenta de cuántos reptiles matamos.

Tajo dio un pisotón sobre la mano de Aon, que gruño. Cuando intentó lanzar un hechizo con la otra, Tajo se limitó a cortársela. La pérdida de sangre lo estaba haciendo lento. Aon miró a Ada, que ya no lloraba, pero que los miraba desde la distancia.

— Niña, quítame a este bárbaro de encima y sáname. Para algo te enseñé sanación.

Tajo puso la punta de la espada sobre su nuez. Ada no se movió.

— Niña, aprisa. Hazlo ya.

Tajo miró a Ada, listo.

— ¿Alguna objeción?

— Niña idiota, ¡Vamos!

Ada cerró los ojos con fuerza y anduvo hacia ellos. Pasó sobre el lugar en el que Tajo había estado antes.

— ¡Ahora, niña!

Ada miró al brujo, luego a Tajo.

— Tengo un nombre, maestro.

El dinoi asintió, y hundió la hoja en el cuello del brujo. Con un gruñido, Aon expiró.


 

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#spanish #Fantasy #Fantasia #barbarian #magic #Wizard

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