Con la inmensidad del desierto ante ella, Ada tomó un sorbo de su taza. Acarició el suave mármol del alféizar con la yema de los dedos, mirando cómo la legión de áspides de Aon -ahora suya- construía en torno a la torre. Apenas una semana después de la muerte de su maestro, dirigir aquellos trabajos le resultaba agotador. Mucho había cambiado. El amanecer de aquella noche siete días atrás había revelado mucho. Ada sonrió, pensando en Tajo y Caledonia, que pudieron partir juntos la misma mañana de su reencuentro entre lágrimas, arrumacos y promesas de hacerle llegar recuerdos. Las horas siguientes habían sido caóticas. Cuando la noticia de la muerte de Aon se difundió, sus tropas reaccionaron inquietas, y uno de los generales del brujo le tendió un papel con un asentimiento.
Aon tenía un testamento.
Ada no lloró con el sentido texto, pero captó lo importante. A su muerte, ella heredaría su inmortalidad. Los ejércitos, las tierras y las posesiones de Aon ahora eran suyas. En un párrafo más poético de lo que Ada habría creído jamás a ese hombre, rogaba que Ada continuara su legado. La hechicera del sur, la llamaba. Ada dobló el papel como estaba y lo guardó en un bolsillo de su sencillo pantalón de viaje, que no había tenido tiempo de quitarse aquella mañana. Subida a un estrado, hizo su mejor esfuerzo por hablar con sus tropas:
— Sois libres de marcharos. Yo no soy mi maestro. Si deseáis vivir vuestra vida aquí y trabajar para mí, yo no lo impediré, pero sabed que sois libres.
Entre los miles de áspides allí presentes, se alzaron varias voces. Agradecidas, incrédulas, escépticas. Resentidas.
— ¿Esto es? ¿Así termina todo?
— ¡Libres! ¡Oh, Zasa, somos libres!
— ¡No, no! ¡Es una prueba de lealtad!
— ¡Mi lealtad era al gran Aon! ¡La hechicera es una traidora!
Las facciones no tardaron en formarse, y al terminar el día un cuarto de los hombres serpiente habían abandonado la torre y se habían aventurado al desierto, por un motivo o por otro. Tocaron a la puerta. Tras la puerta, un áspid manco y ya sin apenas moratones agachó su largo cuello con deferencia.
— La guardia de la torre ha sido restaurada, mi joven dama.
— Gracias, Thmil -dijo Ada, acercándose a la puerta-. ¿Algo más?
— Los… pedigüeños, joven dama -dudó-. ¿Está segura de que es lo que desea?
Ada le puso una mano en el hombro, el que aún tenía un brazo debajo. Thmil se envaró un poco. El uniforme le sentaba bien. Algunos de los más veteranos se habían opuesto al ascenso de Thmil, pero Ada necesitaba a alguien de confianza entre sus generales. Nadie quería oponerse abiertamente a la hechicera, de todas formas.
— Thmil -dijo, con suavidad-. Mi… maestro hizo suficiente daño. Va siendo hora de que lo repare -Thmil asintió-. Manda a los mensajeros, si no hay nada más. Hoy empieza una nueva era.
— Como deseéis, joven dama.
FIN

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