Kris esperaba respuestas de Toshi. Cualquier cosa, lo que fuera. Mientras tanto observaba a Sousuke con más atención que nunca. Desde aquel incidente, el niño jugaba con más cuidado y el resto de los chicos también lo vigilaban constantemente, como si temieran que volviera a desplomarse en cualquier momento.
Una tarde, mientras los veía desde la entrada de la casa, Kris recordó su propia infancia. Recordó a los matones que lo habían rodeado durante años y las pequeñas cosas que había aprendido de ellos: juegos de manos, trampas con cartas, distracciones rápidas para engañar a los demás.
-Oh, eso es…
Tomó un pedazo de madera y comenzó a tallarlo con paciencia. No tenía un diseño claro en mente, solo dejaba que sus manos se movieran por instinto. Poco a poco la forma fue apareciendo: una máscara de lobo que decidió pintar de blanco. Cuando terminó, comenzó a usarla al salir al pueblo. Se presentaba en distintos lugares, pero especialmente en aquellos donde sabía que la gente con dinero solía reunirse. Parte de lo que ganaba se lo entregaba a Toshi para ahorrar para la medicina de Sousuke. El resto lo usaba para comprar comida decente para los niños, en especial alimentos que no afectaran la salud del pequeño.
Kris era muy bueno en lo que hacía. Tenía gran habilidad con las cartas y conocía algunos trucos de ilusionismo. Sus manos se movían con rapidez y elegancia, y la gente quedaba fascinada con sus pequeños espectáculos. Pero obviamente eso no era suficiente. Apenas alcanzaba para cubrir la comida y algunas necesidades básicas. La medicina de Sousuke era otro asunto completamente distinto. Kris lo sabía, necesitaba más dinero.
Mucho más.
Y entonces su mente empezó a jugar con una idea peligrosa: Si iba a arriesgarse, tal vez debía hacerlo de verdad. Había pasado casi un mes reuniendo dinero para la medicina, pero Toshi aún no conseguía nada más. La desesperación comenzaba a acercarse. Una noche decidió probar suerte en un lugar diferente, un campo peligroso. Llegó a un restaurante grande que solía colocar mesas en el exterior. El sitio estaba lleno de clientes elegantes y conversaciones animadas. Kris caminó hasta el centro del espacio abierto y se detuvo, atrayendo poco a poco la atención de los comensales. Llevaba puesta la máscara blanca de lobo y en una mano sostenía un mazo de cartas, que barajaba con destreza.
—¡Soy el lobo ruso, el fantasma del más allá! —anunció con voz fuerte—. He venido desde tierras lejanas para mostrarles mi magia. Para demostrarles que puedo tomar lo que quiera de ustedes… ¡y jamás lo notarán!
Las cartas comenzaron a moverse entre sus dedos. Las barajaba, las hacía desaparecer, las lanzaba al aire y las atrapaba con una destreza sorprendente. Era un espectáculo corto, pero lo suficientemente entretenido para mantener a la gente mirando. Diez minutos bastaron para que los clientes dejaran monedas y billetes sobre la mesa improvisada frente a él, la mejor noche que había tenido.
Entre los clientes había un grupo que lo observaba con especial atención: un hombre mayor, elegante y bien vestido, acompañado por su hijo y algunos hombres más. El joven había notado algo curioso durante el espectáculo, así que murmuró algo al oído de su padre.
Cuando Kris pasó cerca de su mesa, el hombre mayor lo llamó.
—Mucho gusto, muchacho. Vimos tu acto y nos pareció muy interesante —dijo, invitándolo a sentarse—. Tienes bastante destreza.
Kris observó al grupo. Su mirada se detuvo un momento en el joven sentado junto al hombre mayor que tenía un tatuaje en el rostro: parte de un dragón que se extendía desde el ojo, surcando la mejilla y el cuello. El elegante traje cubria el resto del tatuaje. El rubio sonrió ligeramente bajo la máscara. Había entrado en territorio yakuza y estaba hablando con el pez gordo.
—Muchas gracias, señor —respondió con fingida calma—. No es gran cosa. Solo lo hago por necesidad. —¿Ah, sí? —preguntó el hombre—. ¿Entonces te dedicas solo a esto? —Más o menos.
El joven de tatuaje seguía observando las manos de Kris. Se movían incluso mientras hablaba con naturalidad, como seguro de lo que estaba diciendo.
— Si lo haces por necesidad, siempre debes llenarte las bolsas — dijo el joven de forma tranquila— así como lo hiciste ahora
Kris sudó un poco bajo su máscara. No quiso quitársela frente a ellos. Pero el yakuza joven vio cómo pasaba un poco de saliva, había adivinado su secreto. El joven levantó apenas la barbilla, señalando con la mirada hacia una de las mesas tras el rubio.
— Le robaste el reloj al hombre de la mesa ocho, el collar a la mujer de la mesa diez. — hizo una pequeña pausa antes de continuar– muy limpio y preciso.
Los dedos de Kris se tensaron ligeramente, aunque su postura permaneció firme.
—Si no hubiera estado observando tus manos —continuó el joven—, no lo habría notado.
Kris no respondió. No podía, se le quedó la mente en blanco. Entonces el joven yakuza se levantó lentamente de su asiento. Era más alto de lo que parecía. Caminó alrededor de la mesa hasta quedar frente a Kris, demasiado cerca. Con dos dedos tomó una carta que asomaba apenas por la manga del rubio y la giró entre sus dedos con curiosidad.
—tienes manos rápidas —murmuró, luego devolvió la carta al bolsillo de Kris como si nada hubiera pasado.—Interesante.
El rubio podía sentir su mirada atravesando la máscara. Se quedó paralizado ante él.
—Dime algo —continuó el joven—. ¿Siempre entras a territorios peligrosos o solo hoy te sentías valiente?
—Solo buscaba trabajo. — Kris trago saliva, podia sentir la respiración de ese hombre demasiado cerca.
El joven soltó una pequeña risa.—Pues lo encontraste.
El hombre mayor aligeró la tensión con una carcajada
—¡Me agradas, muchacho! Si mi hijo dice que eres bueno, entonces debes serlo. De hecho, ¡creo que necesito a alguien como tú en mi organización.!
—Eh… yo…
—No parece del tipo que sea un matón —dijo Tsubasa con un semblante tranquilo—. Pero podría servir como guardaespaldas para ti, padre.
—¿Para mí? ¡Ja! No necesito guardaespaldas —rió el hombre—. Pero sí tengo algunos planes. Si aceptas, claro.
Luego, Tsubasa miró nuevamente la máscara, como buscando adivinar como era su cara detrás de ella.
—Aunque primero me gustaría saber cómo debo llamarte. — el Yakuza mayor aliviaba la evidente tensión entre los dos jóvenes
Kris se puso nervioso. No sabía qué responder, pero si entraba con ellos solo tendría que cuidar al jefe, no sonaba tan complicado, ¿cierto?
—Belyy volk —respondió finalmente con un perfecto acento ruso—. Pero pueden llamarme Bel.
El hombre sonrió ampliamente.
—Entonces, Bel, Bienvenido a la familia Yamaguchi.
Kris inclinó la cabeza en señal de respeto, pero sentía un nudo apretándole el estómago. Podía sentir la mirada de Tsubasa clavada en él. Solo quería salir de allí.—¿Puedo empezar mañana, por favor? —preguntó.
—Por supuesto —respondió el hombre, entregándole una tarjeta—. Ven mañana a esta dirección. Tengo una reunión importante.
—Entendido. Muchas gracias.
Kris tomó la tarjeta y se marchó. Sentía que el corazón iba a salirsele del pecho. Se estaba metiendo con la yakuza, eso ya era demasiado, pero si con eso podía ayudar a Sousuke iba a continuar.
Había llegado a Japón huyendo de su padre y de la mafia rusa, un mundo del que nunca quiso formar parte. Y ahora, por necesidad, estaba cayendo otra vez en ese abismo.
Cuando finalmente se sintió lo suficientemente lejos, se escondió en un callejón. Apoyó la espalda contra la pared y levantó la mirada hacia el cielo.
Las estrellas brillaban intensamente. Se dio cuenta de que se había hecho tarde, los chicos seguramente ya estarían dormidos. Suspiró varias veces antes de quitarse la máscara. Las lágrimas comenzaron a caer, estaba asustado. Se dejó caer al suelo y apoyó la cabeza entre las piernas para llorar. La mafia de su padre lo había marcado profundamente, por eso había huido. Y ahora se había metido en el mismo agujero del que había salido. Sabía que, tarde o temprano, ese camino terminaría muerto, así que comenzó a pensar en lo que debía enseñarles a los niños antes de que llegara ese día.
Un pequeño golpe lo hizo levantar la cabeza.
—Kristoff… ¿estás bien?
—Toshi… —Kris se puso de pie rápidamente. Toshi lo miraba con evidente sorpresa. —¿Qué haces aquí a estas horas? Kris dudó. Toshi era su amigo, fue quien lo motivó a ser una mejor persona. Si sabía que se había metido en la mafia lo iba a odiar—Yo… nada… solo quería que me guardaras el dinero para la medicina del próximo mes. —¿No podías esperar hasta mañana? —No… realmente no. Toshi suspiró.—Está bien. Ve a casa. Es tarde y no es muy seguro andar por aquí.
Kris le entregó el dinero que había ganado esa noche. Lo del reloj y el collar lo resolvería después. Se despidió y comenzó a caminar de regreso. Cuando llegara a casa, los niños estarían dormidos. Y eso significaba que aún tendría un poco más de tiempo para llorar a solas.

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