Mientras Kris tenía una doble vida en el pueblo, por un lado trabajando con la yakuza y por el otro cuidando de sus hijos, había comenzado a enseñarle a Sousuke lo que había aprendido al llegar: le enseñó Aikido, un arte marcial basado en la defensa, que le serviría mucho a él pues no requería demasiado esfuerzo físico y lo ayudaría a defenderse de ser necesario. También era algo que le había enseñado a los niños más grandes por sí acaso.
—El Aikido depende de la fuerza de tu enemigo —dijo Kris— entre más fuerte quiera golpearte, más duro va a caer
—¡Eso parece algo mágico! —Sousuke levantó ambas manos con emoción —¡enséñame, Papá!
—Ya veras…
Mientras Kris le enseñaba supervivencia a su pequeño hijo, no tenía idea de lo que ocurría del otro lado de la ciudad.
Desde que Tsubasa supo de la existencia de aquel collar, comenzó a obsesionarse con encontrarlo. No podía quitárselo de la cabeza. Si un simple fragmento era capaz de otorgar tanto poder a su padre, el collar completo debía ser algo extraordinario. Tenerlo en sus manos significaría dominar todo, convertirse en un líder absoluto. Lo necesitaba.
Con el paso de los días dejó de pensar en casi cualquier otra cosa. Pasaba horas revisando viejas fotografías familiares, buscando alguna imagen donde su abuelo apareciera usando aquella joya, pero el viejo había sido demasiado precavido, pues en ninguna fotografía aparecía con el collar.
—Maldito viejo, debiste descuidarte una vez —murmuró Tsubasa, fastidiado
Vió superficialmente una foto familiar antes de hartarse de la búsqueda. Estaba cansado de revisar papeles viejos. Necesitaba salir, tomar algo, despejar la cabeza, así que se levantó de su habitación y caminó por el pasillo. Al acercarse a la entrada vio a Bel, de pie como siempre junto a la puerta. Por un momento había olvidado que ese chico existía, pues con tanta obsesión por el collar, lo había apartado de su mente. Aquella noche estaban solos en la casa y Tsubasa sentía una inquietud difícil de explicar. Tal vez necesitaba distraerse.
—Voy a salir, Bel. Vienes conmigo hoy.
El joven de la máscara blanca asintió en silencio, como siempre. A Tsubasa le resultaba extraño que casi nunca hablara, pero su padre nunca había hecho preguntas, así que él tampoco se molestaba en hacerlo. Bel condujo el automóvil con la máscara puesta. Tsubasa iba en el asiento trasero, mirando distraídamente la ciudad llena de luces a través de la ventana. Después de un rato decidió detenerse en una zona más tranquila. Frente a ellos se alzaba un hotel que pertenecía a los Yamaguchi.
—Aquí está bien, Bel.
El coche se detuvo. Tsubasa salió del asiento trasero y se acercó a la ventana del conductor, tocando un par de veces el vidrio. Bel bajó la ventanilla para ver qué quería su jefe esa noche.
—Necesito hablar contigo, bajate
El joven sintió un nudo en el estómago. ¿Lo había descubierto? ¿Sabía algo? No tenía forma de saberlo, pero tampoco podía negarse. Normalmente su trabajo consistía solo en conducir o vigilar entradas. Ni el viejo Yamaguchi ni Tsubasa hablaban demasiado con él. Incluso al momento de pagarle, su día terminaba en la entrada de la casa, donde el viejo Yamaguchi ponía dinero en el bolsillo de su chaleco. No había más contacto que eso. Aquella era la primera vez que el hijo del jefe quería algo más que silencio. El rubio, nervioso, asintió y salió del coche para abrirle la puerta.
—Sígueme —dijo Tsubasa, caminando hacia el hotel.
Bel caminó detrás, sintiendo que se le aceleraba el pulso. Subieron hasta una de las habitaciones más grandes del lugar, una suite que Tsubasa solía usar cuando quería llevar mujeres o despejarse. Tenía una enorme ventana con vista a la ciudad, que esa noche brillaba mas de lo que podia recordar. Bel se detuvo junto a la puerta, como siempre hacía. “Tal vez él llame a algunas mujeres y ya” pensó. Tsubasa se aflojó la corbata y lo miró desde el interior de la habitación.
—¿Qué estás haciendo ahí afuera? Entra y cierra la puerta.
Bel dudó un segundo antes de obedecer, pero luego entró en la habitación y permaneció de pie cerca de la puerta. Tsubasa ya se había quitado el saco y estaba subiendo lentamente las mangas de su camisa. Todo esto se veía muy extraño para el rubio, pues no veía intenciones de que quisiera usar el teléfono.
Tsubasa observó al chico unos segundos antes de acercarse y tomarlo de las solapas del chaleco con un gesto firme, aunque no agresivo, más bien, sugerente.
—Ven.
Bel se puso muy nervioso. Estaba casi temblando, pero lo siguió, Tsubasa lo guió a la cama y lo puso de pie frente a esta. No sabía que intenciones tenía, pero había preferido no hablar, nunca hablaba cuando estaba trabajando en ese sitio.
—Tus manos… —murmuró Tsubasa de forma dominante, tomando una de ellas entre las suyas—. ¿Eres extranjero, o me equivoco?
Bel asintió apenas.
—No me digas que no me entiendes —continuó Tsubasa—. La primera vez que nos vimos hablaste perfectamente. Con acento, pero muy claro.
La otra mano de Tsubasa recorrió brevemente su cintura, su espalda, explorando con curiosidad hasta llegar a su abdomen. Fue entonces cuando Bel comprendió lo que el otro quería. Se quedó completamente rígido.
—Quiero que te quites la máscara —dijo Tsubasa, tranquilo, pero claramente dando una órden—. Esto no va a ser interesante si no puedo ver tus expresiones.
Bel sudó frío, pues no sabía cómo evadirlo. Era la primera vez que tenía ese tipo de roce con un hombre, el rubio nunca se había sentido atraído de esa manera por los hombres y esa situación era muy incómoda y traumática para él. Tsubasa tiró suavemente de su brazo para acercarlo más. Notó el temblor y eso le hizo sonreír.
—Ni siquiera así te atreves a hablar ¿eh? qué interesante.
Parecía un tipo de rostro bonito, tenía que saber cómo era, pero seguro le diría a su padre, así que prefirió solo jugar un poco con él. Un momento después lo empujó hacia atrás y Bel cayó sobre la cama. Quedó paralizado, sin saber si defenderse, huir o simplemente soportar la situación. Tsubasa se inclinó sobre él y levantó ligeramente la máscara, lo suficiente para ver sus labios. Rozo sus labios con los del rubio, una de sus manos sostenía las muñecas del joven, la otra separaba las piernas de éste. Sin embargo, Bel seguía sin decir ni hacer nada, se sentía acorralado.
—Qué bonito eres…
Lo tenía tan cerca y deseaba hacerlo suyo en ese momento, maldita sea la hora en que su padre decidió proteger a ese chico. Su rostro bajó hacia su cuello, respirando un poco sobre él y dándole un par de besos en este, le alegró que ya no usara ese ridículo collar, le hubiera estorbado
Pero cuando el cuerpo de Bel reaccionó con un pequeño gemido involuntario, Tsubasa se apartó de inmediato. Se levantó de la cama como si nada hubiera pasado y caminó hacia la enorme ventana de la habitación.
—Perfecto —dijo con una sonrisa—. Por fin te hice decir algo. — Observó la ciudad nocturna mientras se estiraba un poco. — Vengo aquí a mirar el cielo y dormir cuando el ruido de casa me molesta, pero tenía curiosidad por ti. Aunque si vas a estar tan asustado, esto se volverá aburrido muy rápido. Al menos te hice hablar.
Bel se acomodó la máscara con manos temblorosas. Luego se levantó y caminó hacia la puerta. Antes de salir reunió valor para hablar.
—Y-yo… tengo que irme…
Sin esperar respuesta, salió casi corriendo de la habitación. Una vez fuera del hotel siguió corriendo por la calle, sentía que el corazón iba a salirsele del pecho. Estaba furioso consigo mismo. Se sentía débil, humillado, atrapado. No podía quitarse esa sensación del cuello, de sus manos, se sentía raro.
Entonces chocó contra alguien.
—¡Oye, idiota! ¡Fíjate por dónde…! — El hombre se detuvo al verlo.—¿Kristoff?
—Toshi…
—¿Y esa máscara? ¿Qué tienes?
Kris no respondió, simplemente lo abrazó con fuerza. Toshi sintió cómo su cuerpo temblaba y correspondió al abrazo, tratando de calmarlo.
—Kristoff… cálmate… ven, vamos a mi casa, ¿sí?
—Perdóname, Toshi…
Mientras tanto, en el hotel, Tsubasa seguía de pie frente a la ventana con una sonrisa ladina. Después de tanto tiempo pensándolo había conseguido lo que quería: observar de cerca a ese extraño chico. La sensación de su piel, su voz, su nerviosismo. Todo le resultaba curiosamente fascinante.
En su mente vagaban los sucesos que acababan de ocurrir, sentir esa piel tan blanca sobre sus labios era increíble, nunca había tocado a un extranjero, tenía un aspecto tan bonito para ser un chico, tenía un cuello tan hermoso…
Pero entonces algo cruzó por su mente: El collar. Ese chico solía llevar un collar y esa noche no lo tenía.
Un recuerdo apareció de repente en su cabeza: una de las fotografías que había revisado esa misma mañana en la que su abuelo aparecía en ella con algo asomando del bolsillo, un collar exactamente igual al que ese chico llevaba.
Tsubasa abrió los ojos con asombro y fue entonces cuando lo entendió.
Ese maldito y hermoso rubio… era el ladrón.

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