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String Woods - ESP - Por Blackcatsays

Capítulo VIII: EOS y la otra

Capítulo VIII: EOS y la otra

Mar 30, 2026

I

La voz de Rose me trajo enseguida de vuelta a mi realidad. Mientras yo estaba envuelta en mi ensoñación, ella continuaba explicando lo que sería mi nueva rutina.

—Nosotras dividiremos nuestros ensayos en tríos a lo largo del día, dejando una práctica grupal para la noche —explicó Rose—. Verás Teoría y Solfeo con Alice los lunes; Actitud Escénica, Performance y Comportamiento Social con Luna los martes; Composición y Armonía conmigo los miércoles; y, por último, Ejecución con Ruby los viernes y sábados.

Mirando lela aquel papel, sentí cómo mi libertad se me escurría entre las manos.

—Pensamos que, de nuestros instrumentos secundarios, el más apropiado para ti es la guitarra española. Ése es el instrumento de Ruby —añadió Alice—. Quizás no lo parezca pero, sacando a Rose de la lista, todos aprenden bien con ella.

—Eso te dice exactamente cuál es el problema —agregó Ruby, revolviendo su té caliente con la misma lentitud con la que hacía todo lo demás—. Serán dos días seguidos en los que te enseñaré a mover bien esos deditos, Mine… —Ruby dio un sorbo a su taza mientras leía el horario—. Me emociona la idea, no sé a ti.

—El domingo te daremos clases integrales y evaluaremos en grupo lo que has aprendido —ordenó Rose—. Comenzarás mañana con Luna, ¿entendido?.

—Yo debería enseñarle actuación —Ruby frunció el ceño mientras hacía girar el té dentro de su taza—. Todos enloquecen cuando salgo a escena.

—Querrás decir que tú eres la primera en volverse loca… —respondió Rose sin nada de tacto—. Te mueves demasiado para lo que te corresponde hacer como viola.

—Tengo que hacerme notar de alguna manera, hay que resaltar.

—Lo haces hasta en canciones que no son rápidas —añadió Alice, y se le escapó una pequeña risa que le quebró la voz.

—Mia no tiene que actuar como hiperquinética, sino como una artista —continuó Rose—. Para eso está Luna: para enseñarle cómo hacerle creer a todos que algo le importa.

Ruby y Alice rieron por lo bajo. Luna, que hasta ahora se mantenía al margen, dejó su cubierto con elegancia, se puso de pie y se sentó a mi lado, rompiendo —con todo mi permiso— la barrera de mi espacio personal.

—Por lo general, lo que más hago y lo que más se me dificulta a veces, es actuar como que no me importa todo lo que dices cuando te pones como te pones cuando no duermes lo suficiente. Deberías ir al médico —respondió Luna, abriendo el programa de clases frente a mí con una serenidad intimidante. —Según Rose, Mia, también te enseñaré a soportar. 

Luna comenzó a anotar sus nombres en la parte superior de la hoja en cada clase correspondiente, marcando las horas con trazos más visibles para que no me perdiera.

—¿Y bien? ¿Si vas a ir al médico? —Como siempre, fue la voz de Ruby la que me sacó de mis pensamientos tranquilos—. Es que conseguí un onirólogo increíble que puede ayudarme a que te calles. Mi pobre armario ya no puede más; mi pared no habla, sino llora contigo. Escucho desde lo más húmedo a lo más seco de tu vida y, a ver, antes era interesante, pero mientras más interesante se ponía, menos podía dormir yo. La verdad, estoy agotada.

Observé a Rose respirar hondo, llenando sus pulmones para arremeter contra ella, pero no tuvo oportunidad de soltar ni una palabra.

—Grupo creado —anunció Ruby, concentrada en su teléfono.

"EOS y la otra" —leí en el título del grupo al que me acababa de agregar.

La foto de perfil era el zoom más indiscreto de la cara de Rose en la fotografía que Tom nos había tomado el día que llegué.

—Quítala —ordenó Rose.

—Déjala —pidió Alice, riendo junto a Luna.

—Ey, Mine ¿Cuándo hacemos lo de mis sujetadores? Justo ahora, ¿verdad? ¿O se los vas a poner primero a Alice?

—¿Cuáles sujetadores? —le susurró Luna a Alice.

—Los soportes para instrumentos —tradujo Alice con naturalidad.

—Ah... oh. Está bien —asintió Luna, aliviada.

Nos levantamos de la mesa. Fui directo por mi caja de herramientas, tratando de sacudirme la sensación de ser observada. Tenía que prepararme para terminar lo de Alice; necesitaba cerrar ese capítulo técnico —y emocional— antes de que el nuevo horario consumiera el resto de mis días en esa casa.

II

Pasado un rato, ya estaba en la habitación de Alice; era la que estaba opuesta a la de Rose.

"Duermen una frente a la otra…", pensé, justo antes de que Alice llegara a mi lado.

—Son estos —dijo, entregándome unos soportes dorados que pesaban más de lo que aparentaban.

Los recibí con cuidado. En el grabado interno se leía: 14K · Aureum & Di Angelo Co.

—¿S-son de oro? —pregunté, tartamudeando al sentir el frío de aquel metal precioso.

—Sí, pero son de solo 14 quilates —dijo Alice, tomando uno para leer el grabado—. Fueron un regalo de una de nuestras nuevas patrocinadoras, la señorita Peggy. Los envió en agradecimiento por el recital que di en la inauguración de su joyería —me devolvió el soporte y luego me ofreció otro—. ¿Quieres uno?.

—No, no, no —dije, empujándole la mano suavemente—. No puedes prestarme algo así.

—Te lo estoy obsequiando —insistió Alice, poniéndolo en mi palma otra vez—, para tu remodelación.

—No puedo aceptar algo así, Alice.

—¿Qué sugieres que haga con él? —preguntó ella con una ternura que me desarmaba—. Solo necesito cuatro, Ruby seis... quedan dos. Si se los doy a Ruby, los va a perder. ¿Segura de que no quieres uno? El otro se lo daré a Rose.

—¿Por qué no se lo regalas mejor a Luna? —sugerí, tratando de ser razonable.

—Ella solo tiene un violín y siempre lo mantiene en su estuche. Además… si se lo doy a ella, dirá que le gusta pero lo enterrará en lo más profundo de su armario. No tiene nada en las paredes porque ver cosas que le hagan "ruido visual" la desespera; prefiere el vacío… para todo —murmuró—. Creo que a ti te serviría más.

—Ok… muchas gracias —dije, guardándolo en mi bolsillo con el pulso acelerado por el miedo a no perderlo—. El valor de mi cuerpo acaba de aumentar en cualquier mercado.

Alice soltó una pequeña sonrisa por lo que dije y, sin más preámbulos, encendí el taladro.

Se cruzó de piernas en su cama, observándome trabajar con una curiosidad casi infantil.

—¿Cómo haces para no asustarte usando eso? Parece un arma —preguntó, señalando la herramienta.

—Un golpe de esos tacones que llevas me da más miedo —respondí sin dejar de trabajar.

—Me refiero a que, si parpadeas mal, te despides de un dedo.

—Mi papá solía hacer trabajos de este tipo; me enseñó un poco de esto y aquello —hice el primer agujero con precisión—. Puedo armar lo que sea, solo hubo una cosa que no pude ensamblar en mi vida… ese estúpido estante de libros.

Alice soltó una carcajada.

—No es cualquier estante. Me lo envió de cumpleaños una tía que vive en otro país.

—¡Te envió un regalo desde el otro lado del mundo! —dije emocionada—. ¡Qué generosa!

—Sí… es buena, pero tan estricta que termina siendo insoportable. Al menos es la única que pone a mi madre en su lugar… Se llama Lucrecia. En fin… pasaron varios cumpleaños y nunca lo armé porque las instrucciones estaban en otro idioma.

—¿Tu padre no podía ayudarte?

—No, porque me dio su libro para aprender a armar cosas y, según él, yo tenía que hacerlo sola. —Puse otro soporte en la veta de la pared—. Espero que ya hayan aprendido a vivir con esa gran caja en la sala por la que siempre pregunta mi tía Lucrecia y de la que no se atreven a deshacerse porque le tienen miedo.

Terminé el trabajo rápido y bien. Alice colgó con orgullo dos saxofones, un cello eléctrico y su majestuoso cello acústico. Al ayudarla a acomodarlo, sentí la vibración de la caja de madera contra mis manos; fue una resonancia profunda que me retumbó en el corazón.

—Están perfectamente alineados. ¡Gracias, Mia! —dijo Alice, pasando un paño por el instrumento para limpiarlo milimétricamente—. Ruby debe de estar esperándote.

Fui enseguida hacia su estancia. Toqué en el marco de la entrada, que estaba completamente abierta, y encontré a Ruby de espaldas, con las manos en la cintura, mirando fijamente la parte alta de su pared.

—Tardaste demasiado —reclamó Ruby sin siquiera girarse.

Ignorando su reclamo, entré a la habitación.

—Quiero dos aquí, dos aquí, uno ahí y el otro allá con el ukelele —señaló con gestos rápidos—. ¿Qué crees tú? ¿Se vería bien en medio de todas mis fotos?

Su habitación estaba abarrotada de trofeos, condecoraciones, diplomas, su emblema y retratos en escenarios de todo el mundo. Me quedó más que claro que ella era su fan número uno.

—Narcisista —murmuré.

—Te escuché —levantó un dedo acusador—. ¿En tu casa no tienen tu foto de graduación en la sala?

—Bueno… sí.

—¿Por qué esto es diferente?

—Es una sola imagen en una mesa, Ruby, no decenas de ellas.

—Lo que pasa es que tengo unos cuantos logros extra y me gusta recordarlos para motivarme. ¿Quién más va a ponerlos aquí si no soy yo?

—Tiene algo de sentido, a tu manera —dije subiéndome a una silla para instalar el primer soporte.

—Si sirvo para un par de cosas es mucho; esta es una y por eso lo hago tan bien. Si conoces a una mejor violista que yo, avísame: ensayaré hasta dejarla atrás.

—Seguiré con este aquí —añadí, moviéndome para fijar otro cerca de la puerta.

—Buena idea. Ahí colgaré a Vladimir, mi viola; lo necesito a mano en caso de emergencia.

Me pregunté qué tipo de emergencia requeriría tener una viola, como un extintor, junto a la puerta, pero no dije nada. Poco después, me arrepentiría de ese silencio; me arrepentiría mucho y de forma constante. Yo pude haber evitado esas emergencias. En lugar de eso... decidí hacer una pregunta que no debí haber hecho.

—¿Y para qué otra cosa sirves? —dije taladrando, mientras Ruby sostenía dos guitarras por el mástil.

—¿Eh?

Su ánimo se apagó al escucharme. Se quedó inmóvil. Vi el brillo de sus ojos esfumarse, dejando tras de sí una mirada opaca y vacía que procuró muy poco disimular. Pensé que simplemente iba a contarme algo serio; no creí que la hubiese lastimado, especialmente porque ella misma acababa de mencionarlo.

—Dijiste que sirves para un par de cosas —dije solo por conversar, limpiando el polvillo de la pared—. ¿Cuál es la otra?

¿Cómo puedo volver al pasado para cerrar la boca y no insistir?

Ruby arrugó el gesto; era imposible notar si estaba molesta, incómoda o pensativa. Miró de reojo al suelo y luego rodó los ojos hacia arriba persiguiendo un recuerdo; repitió esto algunas veces antes de mirarme, soñolienta, para regalarme uno de sus silencios incómodos.

Mi mente quedó en blanco; lo único que pensé fue en que, sin querer, la había desconfigurado. Después de mirarme hasta que quiso sin hablar, Ruby forzó una sonrisa de medio lado y dijo:

—Confórmate con la que puedes ver ahí —señaló los anclajes ya instalados—. ¿Que no te inspira?

—Saturan mi vista —respondí, encajando otra pieza.

—Qué se puede hacer si estoy sobresaturada de éxitos.

—Pff…

Ruby me había estado pasando cada instrumento para colocarlo, hilvanando una anécdota rápida sobre el origen de cada uno.

—Esta me la dio Alice cuando fuimos juntas a Moscú; esta me la entregaron en la academia por mi incomparable programa de estudios… —Me dejó tocarlas todas, excepto una que se veía desgastada y antigua, con la madera oscurecida por los años.

—¿Necesitas tantas?

—Cada una representa una etapa importante, y me las dieron personas igual de valiosas para mí.

—Pásame la última —pedí, estirando la mano hacia la madera vieja.

—No, esta la pongo yo —respondió abrazándola contra su pecho—. Es una reliquia única.

Comenzó a limpiarla con un cuidado que no le conocía.

—Me la dio mi primer maestro. Era muy anciano y no alcanzó a verme en un concierto decente; siempre me acuerdo de él cuando la veo… como que con ella no me siento sola —confesó con un deje de tristeza—. Cuando suena, parece que él siguiera por aquí.

Ruby se quedó un momento sumida en nostalgia. Puso la guitarra en el soporte cerca de su cama y luego me acompañó hasta la salida.

—Mañana a primera hora con Luna—me recordó con voz cansada—. No llegues tarde, aquí están enfermas con eso… no las quiero escuchar dando el sermón de la puntualidad desde temprano… te lo pido.

Me preocupó verla así. Lo que dijo fue muy tierno viniendo de ella, pensé. Ruby parecía de esa clase de gente que no tiene apego a nada que no sea ella misma. La miré una última vez.

—¿Puedo hacer algo más por ti? —le pregunté.

—No, así está bien —respondió, con una sonrisa suave—. Gracias. Mi puerta, desde hoy, está abierta para ti para lo que quieras; no importa la hora, toca, que yo con gusto me despierto.

Habiendo terminado, decidí pasar el resto de la tarde en mi habitación. Al llegar, saqué el soporte de oro con la intención de instalarlo, pero me detuve al ver mi reflejo en el metal.

—Ni siquiera somos amigas para que me dé algo así —lo puse sobre la mesa—. Mejor lo guardo por si se arrepiente.

Solté un suspiro y me desplomé sobre la cama. Busqué mi teléfono; la pantalla estaba encendida con varias notificaciones, pero ninguna era de Emily. Nunca, desde que nos conocíamos, habíamos pasado un día entero sin hablar. No existía problema capaz de alejarnos; nuestra relación era una constante en mi vida, tan natural como despertar o dormir. Que ella no estuviera… no hay forma de explicar lo mal que eso me hacía sentir. 

—¿Esto es... definitivo? —murmuré, hundiéndome boca abajo en la almohada para revisar el resto de los mensajes.

Eran de Nate.

Chat con Nathan Nate: No sabemos nada de ti. ¿Estás bien? ¿Cómo te va?

Como fe de vida, le envié una foto de lo que tenía justo enfrente, sin moverme ni un milímetro de mi posición.

—Estoy bien —escribí desganada.

Nate: ¿100%? 

Le envié una nota de voz con un resumen rápido de mi situación. Luego, con el dedo temblando sobre la pantalla, escribí y borré varias veces la única pregunta que realmente me importaba:

—¿Cómo está Emily?

Nate: Ambas están igual. Espero que pronto se puedan reconciliar… conociéndote sé que esta vez no vas a dar el brazo a torcer y tienes razón en muchas cosas, aunque comprendo su punto. Dale tiempo.

Lo dejé hablando solo porque el cansancio me venció y mi teléfono se descargó.

Poco después, un rugido en el estómago me despertó; mi cuerpo suplicaba algo con sabor o, por lo menos... con una pizca de color.

Cuando intenté levantarme para salir a la cocina, me caí. Me di un golpe muy fuerte, no podía volver a subirme a la cama; mis músculos se petrificaron por todo lo que moví y taladré durante el día. Además, el hambre ya dolía. Trepé por las sábanas lloriqueando hasta lograr apoyarme contra el cristal de la ventana.

Ok... hagamos esto de una forma más inteligente, Mia, pensé, buscando de dónde sostenerme para bajar a la cocina sin más accidentes.

—¿Esa es Ruby? —me pregunté al ver movimiento afuera.

Un auto se detuvo y vi a Gabrielle bajarse para ayudar a Ruby a salir. Gabrielle era una persona muy alta y se movía con amabilidad. Lo que más llamaba la atención era su cabello corto, con un corte asimétrico de dos colores: blanco platinado de un lado y negro profundo del otro. Se despidieron cariñosamente y, en cuanto cerró la puerta, el vehículo aceleró.

Ruby caminó tambaleante con un vaso en la mano, dio unos pasos y miró hacia arriba. Me saludó con una mirada seductora que me descolocó, obligándome a apartarme.


blackiexsilky
DreamsLab Atelier

Creator

Nuevas rutinas, soportes de oro y preguntas que mejor se hubieran quedado en silencio... El camino de Mia en esta casa apenas comienza. Si te gustó el episodio, no olvides dejar tu ❤️ y agregar la historia a tu biblioteca. ¡Nos vemos en la próxima actualización!

#gl #yuri #Girlslove #lgbtq #NovelaRomantica #lesbian #music

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