I
Me dirigí sigilosa hasta la cocina. Hurgué en cada rincón hasta que encontré lo necesario para preparar algo que de verdad me llenara: comida china.
—Voy a usar de todo y mañana le digo a Tom que lo reponga —murmuré vaciando la despensa.
Como toda la comida estaba porcionada, no demoré en integrar los ingredientes. Esperaba frente a la hornilla viendo videos sin volumen, cuando escuché una voz arrastrada a mis espaldas.
—Oh… Mine... No puedes hacer eso... —dijo Ruby, apoyándose sobre la mesa de cortar.
—¿No puedo comer? —pregunté, dándome la vuelta.
—No puedes cocinar, está prohibido —se recostó de medio lado negando con el dedo—. Te puedes cortar, quemar o triturar esas lindas manos —enumeró, dejando caer la mano a la mitad.
Tras decir esto, Ruby se dejó caer pesadamente para quedar boca arriba sobre el mueble, aún sin quitarme la vista.
—Te voy a acusar —soltó con su sonrisa tan maliciosa.
—¿Pero tú puedes llegar a las cuatro de la mañana? —le reproché.
—Sí.
—¿Cómo entraste con la puerta cerrada?
—No te voy a decir —dijo ahora con un gesto infantil que me confundió—. Si te quedas sin dedos se acabó el paraíso, Mia… me pone triste tener que reportarte, a no ser que… puedas freír un plátano con queso en este segundo.
—¿Un banano?
—No son lo mismo y no estoy lista para esta pelea contigo... —suspiró frustrada—. ¿Sabes enrollar masa en queso y freírla?
—No estoy segura del tipo de masa del que hablas.
—¿Sabes hacer como un pastel, pero salado…con una tapita y con queso derretido adentro?
—Vaya que te gusta el queso...
—Intento encontrarte utilidad aquí, Mia… pero no hay nada —recobró su tono altanero—. Entonces ya, no tienes permiso para cocinar.
—Ni de comer a esta hora tampoco —interrumpió la voz de Rose desde la entrada.
Di un salto. Rose estaba allí, impecable incluso de madrugada y aterradora como un fantasma.
—¿Qué haces despierta, Rosie? —preguntó Ruby sin inmutarse—. Estas no son horas para una dama.
—El olor llegó hasta el último piso; quería saber qué era.
—A nosotras también nos llamó —añadió Alice, apareciendo detrás junto con Luna.
—¿Qué huele así? —preguntó Luna, olfateando.
—Mia se propuso llenarse de calorías con comida china en la madrugada —respondió Rose.
—Ella come galletas con azúcar todo el día y no le dicen nada —acusé a Ruby señalándola con el cucharón.
—Claro —dijo Ruby riendo—. Comparemos un cuarto de taza de cereal después de tres horas de entrenamiento con medio kilo de pollo mantecoso.
A mí no me engañaban; las cuatro estaban ahí como animales de carroña, saboreando mi cena después de haberme hecho creer que eran señoritas de estómago pequeño. Pero no, aquí por el estómago todas éramos iguales: hambrientas, ansiosas y vencidas por el olor a grasa.
No hay clase ni elegancia que sobreviva al asalto del antojo.
—¿Quieren desayunar temprano? —pregunté mostrándoles el sartén.
—No puedes comer eso a esta hora —dijo Rose con tono cortante.
—A ninguna hora —añadió Alice.
—¿Comes así muy seguido? —preguntó Luna, acercándose más que el resto.
—Casi todo el tiempo.
—Aquí no puedes —ordenó Rose, aunque ella tampoco apartaba la vista del brillo del almíbar de mi pollo.
—Yo sí quiero —dijo Luna, tomando asiento junto a Alice.
—Ya perdí la cuenta de todas las estupideces que Rose ha prohibido en un solo día —comentó Ruby con tono burlón.
—Te prohibió salir hoy también, ¿esa estaba entre las que se te perdieron? —le espetó Alice sin mirarla.
—Tampoco podías usar más eso —añadió Luna, señalando con la barbilla hacia la puerta.
Allí, balanceándose suavemente en la penumbra, colgaba una cuerda de rapel que bajaba desde los niveles superiores de la residencia.
Ah... así fue como entró, pensé.
Finalmente todas se sentaron a la mesa. No dijeron ni una palabra mientras comían; solo se oía el sonido de los cubiertos.
—Saben… siempre he pensado que deberíamos ser como los autos —dijo Ruby, recostándose sobre la mesa tras dejar su plato vacío—. Podríamos ir a una estación de servicio y que te llenen por el trasero de energía. —Bebió un trago largo de su vaso térmico—. Así todos saldrían con sus baterías recargadas directo… a seguir con la vida.
—Ya veo… —dijo Luna, acercándose a ella—. ¿Piensas que todos deberíamos usar el mismo dispensador para nuestros traseros?
—Uno tras otro… —añadió Alice— …con el mismo tubo.
—No pensé en ese detalle —Ruby rió, sin notar que Luna olía su vaso mientras intercambiaba miradas con las demás—. Solo creo que tener hambre es fastidioso... ¿No sería más fácil meterte algo en el cuerpo que te recargue y ya?
—Eres muy mala planificando estas cosas —dijo Luna, recostándose contra ella entre risas, aunque su mirada, fija en Rose, decía otra cosa.
—Menos mal que no eres Dios —dijo Rose, respondiendo con la misma preocupación muda a Luna y Alice.
Luna rodeó a Ruby con un brazo y ésta, vencida por el cansancio o el alcohol, dejó caer la cabeza en su hombro. Delicadamente, Luna intentó arrebatarle el vaso térmico. Sin embargo, a Ruby, a pesar de su estado, no se le pasaba nada por alto; se quedó observándola con una sonrisa lánguida, alternando la vista entre Luna y el vaso.
—¿Te dio sed? —preguntó Ruby—. ¿A media hora del ensayo?
—Es para dormir mejor —respondió Luna sin soltarlo.
—No te pases de atrevida, que te pones más divertida de lo que nos gusta a la mayoría.
La acidez de su comentario terminó de arruinar mi cena. La tensión me hizo bajar el tenedor, pero jamás dejar de mascar; ahora todas estaban enojadas otra vez, pero por lo menos el blanco no era yo.
—Si cuidas mi vaso, puedes tener lo que quede dentro, Luna.
Ruby se puso de pie, tambaleándose. Rose dio un paso al frente para sostenerla, pero Ruby se zafó agresivamente diciendo por lo bajo «No me toques, maldita».
Rose no hizo absolutamente nada frente a esto. Ninguna lo hizo. No hubo reclamos ni insultos de vuelta; llamó mi atención pensar que estaban tan acostumbradas a eso que ya ni siquiera reaccionaban.
Ruby recuperó el buen ánimo y caminó hacia la escalera. Verla así empezaba a inquietarme; no existe interruptor que puedas encender y apagar tantas veces sin que termine por quemarse.
—Nos vemos en un rat... ¡Ey! ¡Qué pasó aquí! —gritó sujetando el pasamanos—. ¡El piso se movió!
—Ayer dejaron caer una caja sobre ese escalón—dijo Alice jugando con su tenedor—. Evítalo hasta que lo reparen.
—Tú mandas —respondió Ruby, saltándolo.
Escuché el suspiro profundo de las tres al unísono con los pasos de Ruby corriendo hasta el último piso. Luna vertió el contenido del vaso en el fregadero.
—Estaba casi lleno —murmuró Luna.
—Aunque venga con chofer, no es seguro que se quede sola en ese estado —añadió Alice, con una preocupación que rayaba en el cansancio.
—Decirle algo es hablar con el aire —Rose se dirigió a la escalera—. Moveré dos horas el ensayo. Buenas noches.
—¿Puedo arreglar ese peldaño mañana? —pregunté; sorprendentemente, yo aún estaba comiendo—. Me preocupa que a ella se le olvide y se mate o algo…
—Conoces el horario —respondió Rose sin detenerse—. Mientras no estemos ensayando, puedes hacer todo el ruido que quieras lejos de mí.
Alice subió para alcanzar a Rose; escuché sus voces perdiéndose a lo lejos. Luna se quedó al pie de la escalera un buen rato, pensativa, moviendo los dedos sobre el pasamanos.
Comencé a recoger la cocina con miedo a que se me resbalara un plato si Luna decidía hablarme.
¿Seguirá ahí? —pensé, fregando lo último que había ensuciado—. ¿Debería acercarme? ¿Estaría mal que hiciera preguntas? Quizás... no debería involucrarme en sus vidas. Dudo que quieran que yo me entere de nada.
Me sequé las manos y dejé todo como lo encontré. Me perdí tanto en mis pensamientos que olvidé que ella seguía a mis espaldas, mirándome desde el mismo lugar.
—¿Terminaste? —preguntó con una expresión neutra, analizándome.
Me acerqué a ella y asentí.
Me estuvo esperando para acompañarme. No sabía qué decir y, por suerte, tampoco tuve que pensarlo mucho; ella comenzó a hablar sola.
—Gracias por la comida —dijo Luna—. No sé cuándo fue la última vez que sentía mi estómago así de lleno.
—Debías de tener mucha hambre, porque comiste tres platos.
¿Te costaba mucho decir «no es nada»?, me recriminé al instante. Estuve a punto de golpearme mentalmente hasta que la escuché soltar una carcajada.
—Si un día tienes hambre… escríbeme —balbuceé—. Me encargo de cocinarte algo que no llegue hasta la nariz de Rose.
—¿Eso significa que te escribiré todos los días?
No respondí; solo asentí, idiotizada. Luna dio un paso hacia mí.
—¿O prefieres que vaya a buscarte y te lo pida en persona?
Me sostuvo la mirada hasta que tuve que desviarla. Luna vio en mí la presa fácil que era; estoy segura de que, desde donde estaba, podía escuchar mis latidos desbocándose.
Pasábamos por el segundo piso; ella procuraba ir a mi ritmo, caminando a mi lado sin prisa.
—Es usual en Ruby llegar tarde por la noche e ingeniárselas para entrar... —comentó con la vista al frente—. Sé que desde tu habitación puede escucharse la parte trasera. Si llegas a verla llegar otra vez en mal estado, ¿podrías avisarme?
—¿Ruby puede tener problemas por esto? —pregunté, aminorando el paso sin darme cuenta..
—¿Eso te preocupa?
—No, no es eso.
—¿Entonces no te preocupa?
—¡No es que no! —Ni yo lograba entenderme—. Es que no quiero empeorar las cosas para nadie.
Unos pasos antes de llegar a su piso, deslizó sus dedos sobre mi muñeca con un roce ligero lo suficientemente firme como para hacerme detener y mirarla.
—Es importante para mí que me digas cuando estas cosas pasen... Mia.
—Está bien —respondí, con un miedo irracional a decepcionarla—. Hoy la vi llegar con varias personas. Una tenía el cabello mitad blanco, mitad negro.
—¿Gabrielle? —dijo Luna aliviada, sujetándome del hombro—. Gracias por decírme. En serio, gracias.
Se llevó una mano al pecho, suspirando. ¿En qué momento me había tomado de la mano? Sentí cómo sus dedos buscaban los míos. Sus yemas se deslizaron por mi palma con suavidad, como si estuviera reconociendo la textura de mi piel antes de entrelazarlos.
—Hablemos mañana mejor, Mia. Por ahora trata de dormir un poco, ¿de acuerdo?
Sentí el peso de sus dedos hundiéndose apenas un milímetro en mi piel; fue leve, pero posesivo. O al menos así lo sentí por lo sumisa que me volví en ese momento con ella. Antes de soltarme, acarició el dorso de mi mano, dejando un rastro de calor que me quemó durante todo el tiempo que me tomó despedirme.
No entendía qué me pasaba. Aunque aceptaba mi atracción por ella, no lograba entender el control que ya tenía sobre mí.
—Buenas noches —se despidió.
Se fue caminando por el pasillo y yo me quedé ahí, de pie, frotándome la mano con cara de imbécil, viéndola desaparecer tras su puerta.
Antes de cruzar mi propia puerta, logré salir del trance. Me quedé dudando frente a la habitación de Ruby; verla maldecir con ese rencor guardado hacia Rose no era algo que la pudiera dejar dormir tranquila, sin importar cuánto alcohol tuviera ella en la sangre.
Me acerqué y toqué tres veces. Silencio absoluto.
—Seguro se durmió —murmuré.
Me di la vuelta y entré en mi tramo oscuro de mis escaleras.
—Mañana mismo pido una bombilla —dije en voz alta, justo antes de tropezar con algo voluminoso.
Caí de lleno sobre el bulto y mi cuerpo se resintió al instante.
—¡Pero qué es esto! —Empecé a tantear a ciegas. Era algo macizo, pesado y caliente—. ¡Aquí hay alguien!
Saqué el teléfono y alumbré hacia el suelo. Allí estaba ella, tirada y atravesada como el mueble de mi tía Lucrecia.
La zarandeé por los hombros, le sujeté la cara y le hablé, le grité, la abofeteé, pero no reaccionaba con nada. Ruby me rodeó con brazos y piernas, atrapándome contra ella con todas sus fuerzas.
¡CRA-ACK!
—Creo que me dislocaste la cadera —dije, con la voz estrangulada en mi garganta.
Cedí sobre ella. Ruby me apretujaba cada vez más; era su almohada en medio de una pesadilla.
—No hay forma de que esto... no se vea mal —le dije, abrazándola resignada—. Tengo que sacarte de aquí.

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