Estaba forjada con la misma gris translúcida de mis meridianos, pero adornada con runas en un dorado caótico que parpadeaban como estrellas moribundas. No tenía la forma de las coronas de los emperadores de este mundo: parecía una corona de espinas o cuernos estilizados, que representaba un dominio más allá de los hombres. A uno cuantos metros logré divisar un pequeño charco de agua. Al ver mi reflejo vi eso ojos de bestia y esa corona de humo.
—Por eso, me llamaban “Singularidad”—dije, entendiendo algo demasiado profundo para mi pensamiento actual—. Parece que el mundo me tiene algo preparado.
Punto de vista de Yang Ming
Observaba el patio de entrenamiento con una mueca de desdén. Los gritos de agonía de los discípulos de las ramas secundarias eran música para mis oídos; la debilidad me producía náuseas, y verlos romperse bajo el sol solo confirmaba mi superioridad. Moví suavemente mi copa de jade blanco, disfrutando del aroma del vino espiritual que costaba más de lo que todos esos miserables ganarían en una vida.
—Wei entrará pronto en el reino del Elemento Inicial —murmuré, saboreando el néctar—. A este paso, el Núcleo Dorado será solo un trámite de dos años. Mi linaje es, después de todo, impecable.
Invertir esa montaña de piedras espirituales de fuego de alto grado en su bautizo había sido una decisión magistral. Su 9.º meridiano ardía con una intensidad que eclipsaba a cualquier heredero del Territorio Sur. Wei era mi obra maestra; ya dominaba la Sentencia del Sol Caído hasta la etapa intermedia, una técnica que mataría a cualquier cultivador ordinario que intentara siquiera leerla.
—Con mi apoyo y su talento, su futuro no tiene límites. No como aquel estorbo... —El nombre de Yang Zhi cruzó mi mente como una ráfaga de aire pestilente.
Zhi era la única mancha en mi historial. Durante años, ese despojo me hizo creer que era un genio, una mentira que me costó recursos y prestigio. Su intento de profanar a Sun Yan y su adicción a las apuestas no fueron sólo pecados, fueron una afrenta personal contra mi autoridad. Una basura total que ya debía estar pudriéndose en algún rincón olvidado del mundo.
《Mientras más rápido desaparezca el recuerdo de Zhi, más limpio estará el camino para Wei y Yan》 pensé, alzando la copa hacia el firmamento. —Con ese matrimonio, el Territorio Sur no será más que el patio trasero de mi familia.
Entonces, el aire se volvió pesado, el vino en mi copa vibró hasta derramarse sobre mis dedos, mi Qi verdadero comenzó a fluir más lento, pero antes de poder rugir con furia, un sonido metálico ensordecedor me interrumpió
Mi espada personal Colmillo de Tigre, un arma de grado superior que había costado una fortuna en hacerse, comenzó a sacudirse inquietante dentro de su vaina
—¡Quieta!— ordene, inyectando Qi en la empuñadura.
Por primera vez en mi vida, mi voluntad fue ignorada. La espada salió disparada hacia el cielo, rompiendo la vaina de jade y cortando superficialmente mi palma.
—¡Mierda!— espeté, viendo la sangre brotar de mi palma—. Si los demás patriarcas se enteraran, sería la burla de ellos
Cuando mire al cielo en busca de mi arma, lo vi, diez pilares dorados rasgaron el azul del cielo, flotando se encontraba mi espada junto a miles de ellas, parecían danzar en total sincronía, como si recibieran algo.
—Esto… no es un desastre natural—susurre, mientras mis ojos se llenaban de codicia—. Podría ser el nacimiento de un tesoro divino, la muerte o la ascensión de un viejo monstruo
—Esta es la oportunidad perfecta para Wei—dije, olvidándome completamente de mi palma herida y de Wei.
Sea lo que sea eso, nació en el territorio Sur, por ende, pertenece a mi familia, no dejaré que nadie más lo tome.
Llenando mis pulmones con la autoridad que solo un patriarca posee, solté un rugido que hizo vibrar los cimientos del palacio. Ordene movilizar una tropa de élite, no como una sugerencia, sino como un decreto que se expandió como un trueno, forzando a guardias y expertos a moverse con la urgencia de saber su final si obtenían mi descontento. Rápidamente el patio se convertía en un hervidero de soldados, Wei apareció a mi lado. Mi hijo prodigio, el único que merecía estar a mi altura, observaba los pilares dorados con una mezcla de asombro y ambición que me llenó de orgullo.
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