La comida para ella no tenía sentido, otro de los defectos que tenía a simple vista. En la manera lenta y forzada de alimentarse que Ingrid sabía desde un principio, si ella se hubiera ido antes dejando a Alma sola, después de volver había encontrado el estofado lleno y ella posiblemente escondida en alguna parte. Tiene ese mal hábito todo el tiempo, aunque su estómago le rugiera hasta más no poder, no le prestaría atención en lo más mínimo.
Comía los alimentos, pero no lo saboreaba para nada. Ingrid tenía en cuenta que ella no podía saborear aún los alimentos, llevaba un tratamiento para tratar ese problema, pero era difícil, sobre todo con ella.
- Mañana recuerdo que tienes hora con el doctor, por lo que debes ir bien, ¿De acuerdo?
- Está bien. - Nuevamente con la voz baja hacia Ingrid.
- Si mañana todo sale bien, ¿Te gustaría que de regreso comer un helado?
- ¿Para qué…?
- Sería una buena idea, sobre todo con ese calor que aumenta cada segundo.
- No le veo sentido…
- A veces necesitamos algo que endulce el día, ¿no crees?
- Mm…
Aunque intenté levantarme el ánimo, nada funcionaba en ella. No importa cuantas veces la intentara convencerla y que otra técnica la hiciera cambiar de parecer, solamente se quedaba con esa expresión sin vida, como una vela que se había apagado por completo sin mostrar alguna vez que se generó luz, solamente un silencio perpetuo.
- Ya termine… - Dejando su cuchara aun lado con el plato vacío en la mesa.
- De acuerdo, ¿Quieres algo más? ¿Postre o un…?
Antes de que pudiera terminar la oración, ella se había levantado de la mesa, pero dejando la silla junta ahí mismo.
- ¿No te apetece alguna cosa en particular, Alma?
- No… - Mirándola con una mirada fría hacia el suelo, sin contacto con los de Ingrid.
Cualquier hubiera estado con mejor ánimo después de comer, incluso emocionado aún más por el postre, pero para Alma simplemente su expresión y tono de voz tan baja, quería solamente irse. Ingrid entendía bien que no quería permanecer más tiempo aquí con ella, y tampoco quería causarle más molestias.
- Si no tengo nada más que hacer, me retiro.
- Si, puedes irte Alma.
Después de dejar una sensación amarga por su forma de ser, se fue de la sala con un paso lento mientras que Ingrid la veía con tristeza cómo se iba. Sin darse cuenta, conocía bien la ruta que iba tomar, estaba claro que después del almuerzo y que el patio esté repleto de niños, el único lugar para ella que era más tranquilo y sombrío era su habitación, que se ubicaba en el segundo piso del establecimiento.
Quedando sentada en el mismo lugar, dibujaba en su rostro una melancolía y molestia. Se levantó de la mesa tomando el plato y lo demás cubierto, llevándolos hacia la cocina con molestia. Hasta este punto comenzó a molestarle la actitud que tenía Alma ante todo, pero lo que más le molestaba y también lo que la tenía preocupada, era que apenas 10 años de edad, veía el mundo como algo perdido, se notaba demasiado en su forma vacía de ser que todos en el orfanato se daba cuenta al verla.
- Creo que estaba un poco molesta por algo.
- Ni que lo digas, Matilda. Creo que algo de ella se pegó ahora.
Al llegar a la cocina, se encontro con Matilda, una mujer madura de más de 35 años de edad, cabello semicorto de color cafe claro, ojos cafes profundos como un roble oscuro. Era una de las 3 cocineras del establecimiento, y también la más antigua entre ellas, llevaba alrededor de 10 años sirviendo el orfanato, teniendo más experiencia que Ingrid en el tema de cuidar a los niños.
Una niña pequeña que expresa una gran melancolía en sus ojos, trata de buscar un sentido en su vida mientras pasaba por varias etapas de su mente. Hasta que uno dia conoce alguien que poco a poco va ayudandola a florecer su corazon.
Comments (0)
See all