Era una mañana tranquila, demasiado fría.
Mariam había pasado los últimos 3 años esperando, cada 15 días, frente a la ventana, a ese nuevo amigo
Siempre la mantuvieron dentro de casa. Sabía que la mujer que la cuidaba no era su madre; ella siempre se lo repetía desde que tiene conciencia, pero era la única figura social con la que tenía interacción.
Los estudios básicos los tenía dentro de casa: televisión, películas, cómics... todo eso era su entretenimiento y su propia imaginación.
Creaba aventuras dentro de casa para mantenerse activa.
Entre esas aventuras descubrió sus poderes: nada de elementos, solo energía pura. A pesar de su corta edad, quedó fascinada
Sin embargo, cuando se lo mostró a esa mujer, inmediatamente fue castigada y reprimida, con la prohibición de usarlo Aunque creció con la idea de que era algo malo, ocasionalmente, a escondidas, usaba sus poderes en un nivel muy bajo.
Después de conocer a César, comenzó a dudar acerca de si era algo malvado o solo era porque la mujer no podía usarlo y ella sí.
Antes de la siguiente visita de César, comenzó a volver a practicar... para mostrárselo.
Sin embargo, todo cambió una tarde. Con aquella mujer tenían una cena silenciosa.
La mujer no era malvada; a su manera, era una buena cuidadora, pero siempre con cuidado de no formar un lazo familiar.
Tocaron a la puerta. Alejandra le indicó rápidamente a Mariam que escondiera sus rasgos y se ocultara. Desde pequeña, la mujer le explicó acerca de esa habilidad: cómo podía esconder sus aspectos de lobo y mantenerse así.
No era algo que se cuestionara, pero con los años Mariam se preguntó cómo es que ella sabía tantas cosas sobre sus habilidades.
Aun así, le pedía que no saliera si llegaban visitas, aunque eso era muy raro; la mujer no solía traer a nadie a casa.
Entraron pronto varias personas: entre soldados y personal armado, junto con otras más en batas de laboratorio.
Un sujeto con un uniforme blanco elegante, abriéndose paso entre las personas armadas.
—¿Dónde está?
—No sé de qué hablan. Están violando mis derechos. Entran a mi casa con armas a amenazar, ¿tienen una orden? No son policías.
—No somos la policía común, cierto, pero sí tenemos una orden de Alejandra. Le repito, y más vale que coopere: sabemos que está aquí. ¿Dónde tiene al achack?
—¿Achack?
Pensó Mariam. Nunca había escuchado ese término.
—Les repito, no... sé... de qué están hablando.
El sujeto del uniforme sacó una tableta y, después de unos momentos, se la mostró a la mujer.
—Altos niveles de energía se han registrado en los últimos 15 días. Niveles anormales. Haremos un cateo, con o sin su permiso. Y usted será llevada como cómplice por esconder a un achack, así que decida si va a cooperar o...
Uno de los soldados salió con un arma en mano
— Irá con nosotros.
Mariam salió de su escondite gritando con pánico.
—¡No! ¡No se la lleven! Ella no hizo nada malo.
La mujer volteó a verla. Con la información y palabras que los uniformados habían dicho, sabía que era a causa de haber usado su poder; era demasiada coincidencia.
Pero la expresión de Alejandra... esa expresión diciendo
“Fuiste tú“...
Mariam sintió un golpe de culpabilidad. Si tan solo no hubiera usado sus poderes...
—Llévensela.
A ambas las sujetaron, intentando llevarlas mientras se resistían.
Mariam no paraba de culparse y miraba cómo sometían a aquella mujer que la cuidó por décadas, llenándose de un sentimiento de impotencia, frustración y pánico mezclado.
Sin poder controlar sus propias emociones, una energía de su cuerpo se desplegó, provocando una gran onda de poder que derribó a los presentes, llenando de energía azul aquel lugar.
Cuando Mariam levantó la mirada, sus ojos se agrandaron al ver lo que aquel poder provocó: todo el caos... y aquella mujer que se había liberado para ir con ella había terminado cortada por la mitad debido a aquellas filosas navajas de energía.
La sangre brotando estaba frente a ella.
El cuerpo, en dos partes, estaba delante de sus ojos. Con los ojos desorbitados, como si el tiempo transcurriera lentamente, pudo observar esa imagen que se quedó grabada en su memoria.
El cuerpo cayó al suelo y Mariam, en total shock, solo miraba aquel cuerpo muerto. Sentía la sangre en su rostro, salpicada, y la sangre que se esparcía en un gran charco frente a ella.
La mayoría de los soldados habían podido esquivar el ataque; algunos estaban inconscientes y otros muertos.
Los soldados restantes rápidamente sujetaron a la pequeña loba, colocándole collares de supresión de energía, un bozal y amarrándola en una camisa de fuerza.
Así fue como la casa quedó acordonada, con una mentira al público: que había sido una explosión causada por una fuga de gas.
Horas después, entre la multitud que estaba mirando y hablando acerca de lo que había pasado, se encontraba César, con una gorra intentando pasar como un humano más, con una expresión de sorpresa y pánico al ver la casa destruida.
“Dicen que fue una fuga de gas.”
“Es extraño, yo vi a varias personas en trajes blancos venir.”
“¿Quizá un derrame de alguna sustancia?”
Los susurros, claramente audibles para César... hicieron que rápidamente tomara acción.
Con sus habilidades concentradas en sus ojos, comenzó a buscar las esencias de Mariam, encontrando un rastro. Con una expresión determinada, comenzó a seguir el rastro.
Esperó hasta la noche.
Cuando las voces se apagaron y la ciudad quedó envuelta en un silencio extraño, César se movió.
El rastro seguía ahí, débil, pero constante, guiándolo hacia las orillas de la ciudad.
La sede emergía entre sombras.
Avanzó con cautela, atento a cada presencia, a cada esencia que vibraba en el ambiente.
Se deslizó hacia las alcantarillas y, tras encontrar el camino correcto, canalizó su energía. Una a una, las cámaras se apagaron. Los sensores dejaron de responder.
Sabía que no contaría con mucho tiempo una vez que vieran que las cámaras estaban fuera de línea, así que se apresuró.
Buscando por cada sala, siguiendo la esencia de Mariam, algo llamó su atención.
Una celda con un enorme cristal como entrada, hecha pedazos, y rastros de sangre en aquel lugar. Sacudió la cabeza y continuó hasta encontrar una celda similar donde tenían a Mariam sentada sobre una silla, amordazada.
En cuanto se acercó, al sentir su presencia, Mariam débilmente levantó la mirada.
Sus ojos se volvieron a iluminar.
César le hizo señas de que guardara silencio, colocando un dedo en sus labios.
Buscó una manera de abrir aquel cristal, pero aun con los sensores inactivos, el cristal era firme.
Suspiró y miró hacia adentro; una vez observó la distancia de Mariam con el cristal, asintió. Rompería aquel cristal y, una vez hecho, tendrían que salir corriendo.
Mariam apartó la mirada cuando el crujido del cristal sonó y los pedazos salieron volando. César entró rápidamente y comenzó a desatarla.
—¿Cómo me encontraste?
—¿Recuerdas que te enseñé que podías percibir esencias? Bueno... usé eso —dijo sonriente.
Una vez la desató, ella tomó su mano. César se encontró con su expresión. Pánico.
Lágrimas corriendo por sus mejillas.... Parecía que quería hablar, pero al mismo tiempo el trauma la detenía; las palabras no salían de su boca, de aquellos labios temblorosos.
César sintió una punzada en el pecho.
Se acercó a ella y la abrazó. Una vez sintió que el temblor era mínimo, la miró a los ojos, sonriente y con tranquilidad.
—Es normal tener miedo, pero no podemos quedarnos estancados, no voy a dejar que te pase nada.
Mariam miró a César por unos momentos, mientras sus ojos se iluminaban entre lágrimas y esperanza.
Escaparon por una vía diferente de donde llegó César.
Sin embargo, una vez fuera del campo de visión de aquel lugar, después de la adrenalina, a Mariam le fallaron los pies; su cuerpo estaba cansado.
César la cargó en su espalda por varios minutos, hasta que ella habló.
—¿Qué pasará ahora?
—... Vendrás conmigo... al mundo del que nunca debiste ser alejada. Me encargaré de que no vuelvas a estar lejos de casa.
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