Eran las nueve de la mañana y mi cuerpo se sentía pesado.
Durante los últimos días, César me había entrenado como si el tiempo se le estuviera acabando. Me dolían las piernas, me temblaban los brazos y cada músculo de mi cuerpo parecía protestar por existir.
Por eso me encontraba prácticamente derretida sobre mi pupitre.
—¿Qué te sucedió? ¿Sufriste un atropello?
La voz de Alex llegó desde el asiento de al lado.
Estábamos lo suficientemente cerca como para no tener que alzar la voz.
Yo apenas conseguí girar la cabeza hacia él.
—Eu...
Fue todo lo que salió de mi boca.
Alex suspiró.
—Entiendo.
—¡AH!
Kamila soltó un grito al verme.
Eso me obligó a girar la cabeza en su dirección.
—¿Qué te pasó? Te ves terrible. Y eso sin contar la forma en la que te estás... derritiendo.
—No puedo ponerme de pie. ¡Pásenme un bastón! ¡Exijo mi pensión de jubilada!
Algunas personas soltaron pequeñas risas.
Entre ellas estaban Stephany, la chica zorro, y la chica murciélago que solía acompañarla.
No hablaba demasiado con ninguna de las dos, pero sus asientos estaban cerca del nuestro.
Ambas caminaban con una elegancia casi intimidante.
Cabello perfecto.
Uniforme perfecto.
Postura perfecta.
Personas perfectas.
Injusto.
—Te ves terrible, amiga.
Stephany abrió su mochila y me tendió un cepillo.
Lo observé confundida.
—G-gracias...
—Asegúrate de quitar todos esos nudos. La gente ya habla suficiente de ti. No creo que necesites darles más motivos.
Cruzó los brazos con total tranquilidad.
—Qué amable eres, Stephany —comentó Rhys desde su lugar.
Stephany se acomodó el cabello para ocultar una pequeña sonrisa.
—¿Ustedes no escuchan los miles de murmullos todo el tiempo? No me dejan concentrarme.
—Déjame ayudarte.
La chica murciélago extendió la mano.
Le entregué el cepillo y ella se colocó detrás de mí.
Me quedé completamente quieta.
Bueno...
Tan quieta como podía.
Mis piernas me traicionaban, seguían moviéndose sin parar, un hábito que jamás había logrado controlar.
Mientras tanto, todos continuaron conversando como si aquello fuera lo más normal del mundo.
Y quizá lo era.
Por primera vez en mucho tiempo, me sentí parte de algo.
—Bien, ya que terminaron —anunció Kamila—, debemos ir al auditorio. Harán una presentación y los estudiantes de primer año debemos asistir.
De inmediato comenzó a organizar al grupo.
Y, para mi sorpresa, todos la obedecieron.
Terminamos formando una única fila mientras avanzábamos por los pasillos.
Era divertido observar cómo muchas personas intentaban acercarse discretamente a los hermanos Fenrir.
Bueno...
Discretamente no era la palabra correcta.
Algunas personas eran extremadamente obvias.
Lo más gracioso era que los propios Fenrir parecían no darse cuenta.
O, al menos, Rhys no.
Porque él iba demasiado ocupado hablando por los codos.
Los otros dos simplemente lo escuchaban.
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Llegamos al auditorio.
Mis piernas seguían temblando.
Pero cuando entramos, toda la organización desapareció instantáneamente.
Los estudiantes comenzaron a ocupar los asientos que quisieron.
Yo localicé una fila vacía bastante cerca del escenario.
La observé con auténtica añoranza.
Era perfecta.
Estaba cerca.
Y no requería subir demasiados escalones.
Entonces alguien me empujó.
Mis piernas flaquearon.
Solté un pequeño grito y me sujeté del respaldo más cercano.
—Lo siento. Está apartado.
Volteé.
Un grupo de chicas me observaba.
—¿Apartado? Literalmente acabas de llegar.
—¿Y?
Mi paciencia disminuyó varios niveles.
—Tú qué sabes. Ni siquiera deberías estar aquí.
Mi molestia aumentó de inmediato.
Ojalá hubiera tenido un bastón.
No para ayudarme a caminar.
Para estrellarlo contra esa actitud irritante.
Sin embargo, rodé los ojos y seguí caminando.
No tenía ganas de discutir.
Solo quería sentarme.
Y definitivamente no pensaba hacerlo junto a ellas.
Entonces miré nuevamente hacia los asientos.
Y entendí.
Los hermanos Fenrir se dirigían exactamente hacia aquella zona.
Rhys, como siempre, hablaba sin detenerse ni un segundo.
Completamente ajeno al caos que provocaba a su alrededor.
—¿Fue por eso? Qué actitud tan estúpida...
Murmuré para mí misma.
Seguí avanzando hasta la parte superior del auditorio.
Malditos escalones.
Malditas piernas.
Maldita existencia.
Finalmente me dejé caer sobre un asiento.
Sobreviví.
Un momento después, alguien se sentó a mi lado.
Giré la cabeza.
Kamila.
Mi sonrisa apareció de inmediato.
Ella podría haberse sentado al frente. Era la delegada, después de todo.
Pero había venido hasta aquí.
A buscarme.
Mi amigaaaaa del alma.
Sentí entonces otro peso en el asiento del lado contrario.
Volteé todavía sonriendo.
Y me encontré con Alex.
—¿Qué haces aquí?
La pregunta salió de mi boca antes de que pudiera detenerla.
Para variar.
Alex levantó una ceja.
—¿Ah?
Me observó unos segundos.
—¿Y a qué viene ese comentario?
—Ah... no. Yo... nada más estaba preguntando.
—Es que son muy ruidosas allá abajo. Y ahora mismo no tengo la paciencia necesaria para soportar a tanta gente.
—Si es así, entonces mejor me voy. Hablo demasiado y claramente no estás soportando eso.
Bromeé.
—No. Quédate.
Parpadeé.
Su respuesta me tomó por sorpresa.
Lo miré confundida.
Alex continuó hablando con la vista puesta al frente.
—No eres como ellas. Tu ruido es diferente.
—¿Eso debería hacerme sentir mejor?
—Sí.
—Vaya explicación tan convincente.
—Lo sé.
Me quedé observándolo unos segundos.
—Supongo que estar rodeado de tantas personas que suspiran por ti debe subirte bastante el ego. Empiezas a darme vibras de príncipe insoportable.
Alex giró la cabeza de inmediato.
—¿De verdad crees que soy así?
—Woah.
Levanté ambas manos.
—Reaccionaste demasiado rápido. ¿Te molestó?
—...No. -Volvió a voltear hacia el frente.
MENTIRA.
SU CARA DICE QUE ESTÁ MOLESTO.
Lo observé unos segundos más.
Sí.
Definitivamente estaba molesto.
Kamila, por su parte, miraba de uno a otro con evidente nerviosismo.
Antes de que pudiera seguir molestándolo, varios gritos emocionados resonaron por todo el auditorio.
—¿Qué pasa? —pregunté—. ¿Por qué están gritando? No están viendo hacia acá arriba.
—No es por mí —respondió Alex—. El que dará la presentación es un estudiante de tercer año. Es considerado un prodigio. Bastante popular entre los alumnos.
Miré hacia el escenario.
Y me quedé congelada.
César acababa de subir al podio.
Mi cerebro dejó de funcionar.
Una sonrisa incrédula apareció en mi rostro.
—¿HAAAAAAAAAAAAAAAAA?
El grito salió tan fuerte que Kamila y Alex voltearon a verme al mismo tiempo.
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