Abrí los ojos.
Estaba nuevamente junto al Árbol.
Arrodillada sobre la tierra.
Respirando con dificultad.
Mis manos temblaban.
Las apoyé sobre las raíces para mantener el equilibrio.
Todo giraba.
Alex ya estaba a mi lado.
Sentí una mano firme sobre mi espalda.
Intenté incorporarme.
—Son muchos escalones.
Su voz sonó tranquila.
—Vamos a sentarnos primero.
Me ayudó a caminar hasta una banca de piedra situada cerca de las raíces.
Intenté estabilizar mi respiración.
Alex no dejaba de observarme.
Permanecí sentada varios minutos intentando recuperar el ritmo de mi respiración.
La sensación seguía allí.
Algo dentro de mí había despertado.
O quizá siempre había estado despierto y yo simplemente no podía sentirlo.
Alex permanecía sentado a mi lado.
Sin presionarme.
Sin preguntar.
Solo observando.
—¿Te sientes mejor?
—No.
—Bien.
Giré la cabeza.
—¿Bien?
—Significa que sigues consciente.
—Tus estándares son preocupantemente bajos.
—Funcionan.
Resoplé.
Poco a poco conseguí ponerme de pie.
Mis piernas seguían algo inestables.
Alex también se levantó.
—Vamos.
—¿Ya?
—Ya hiciste la parte importante.
—No estoy segura de qué fue exactamente lo que hice.
—Bienvenida al club.
—¿Tú también no entiendes nada de este lugar?
—Nadie entiende nada de este lugar.
Eso no me ayudó.
Comenzamos a subir las escaleras.
Esta vez fui mucho más lenta.
La sensación extraña seguía recorriendo mi cuerpo.
Como una corriente suave bajo la piel.
Cuando finalmente atravesamos los corredores de cristal y salimos al exterior, tuve que entrecerrar los ojos.
La luz del día parecía demasiado brillante.
El viento golpeó mi rostro.
Y por primera vez desde que había tocado el Árbol sentí que podía respirar con normalidad.
—Sigo mareada.
—Lo noté.
—¿Tan evidente es?
—Casi te estampas contra una pared.
—Eso fue una sola vez.
—Fueron dos.
—¿Los contaste?
—Estaba contando.
Lo miré con indignación.
Él siguió caminando.
—Necesitas agua.
—Estoy bien.
—No.
—Estoy bastante segura de que sí.
—Tu definición de “bien” es cuestionable.
Abrí la boca para protestar.
—Además...
Alex señaló una pequeña zona comercial cercana al complejo botánico.
—Necesito comer algo.
Parpadeé.
—¿Tú?
—Sí.
—¿Las personas como tú comen?
Alex solo frunció el ceño, pero no parecía estar molesto
—Pensé que te alimentabas de las pobres nobles almas de tus seguidores.
Por primera vez pareció contener una respuesta.
—Solo los fines de semana.
Eso me hizo reír.
Y antes de darme cuenta ya caminábamos hacia una pequeña cafetería.
═════════════DARKWOLF════════════
El lugar era tranquilo.
Varias mesas de madera estaban distribuidas bajo unas pérgolas cubiertas de enredaderas.
Nos sentamos junto a una ventana.
Pedí algo frío.
El pidió un chocolate caliente.
—¿Pediste chocolate caliente?
—Sí.
—Pensé que pedirías café.
—Me gusta más el chocolate.
—¿Te gusta el chocolate?
—Sí, ¿a quién no?
—...
—¿Qué?
—Nada. Estoy reestructurando toda la imagen mental que tenía de ti.
Apoyé ambos brazos sobre la mesa.
—Creo que vi algo.
Alex levantó la mirada.
—¿Qué viste?
—No lo sé.
—Muy específico.
—Lo digo en serio.
Miré mis manos.
—Había recuerdos.
Fragmentos.
Imágenes.
Como si estuviera viendo la vida de alguien más.
Alex permaneció atento.
—Y vi a una persona.
La misma.
La figura de mis sueños.
—¿La reconociste?
Negué con la cabeza.
—No.
Mi voz se volvió más baja.
—Pero sentí que me conocía.
Eso fue lo que más me inquietó.
No la imagen.
No las luces.
No el dolor.
Sino aquella sensación.
Como si alguien me hubiera estado esperando.
Alex permaneció unos segundos en silencio.
—¿Te asustó?
La respuesta salió sola.
—Sí.
Él asintió.
No intentó convencerme de que no debía tener miedo.
No intentó decirme que seguramente todo estaba bien.
Solo asintió.
Y extrañamente eso ayudó más.
—También me dio curiosidad.
Alex apoyó el codo sobre la mesa.
—Eso es mejor.
—¿Qué cosa?
—La curiosidad.
—¿Por qué?
—Porque la gente curiosa sigue avanzando.
—¿Y la gente asustada?
—También.
—¿Entonces cuál es la diferencia?
Alex tomó un sorbo de café.
—La gente curiosa suele disfrutar más el camino.
Lo observé unos segundos.
—A veces dices cosas sorprendentemente profundas.
—Y tú hablas demasiado.
—Ahí está.
—¿Qué?
—El Alex que conozco.
—Qué alivio.
—Eso también fue sarcasmo.
—Lo sé
La charla continuó y me sentí mucho más tranquila. Miré por la ventana mientras observaba la ciudad pasar frente a nosotros.
—¿Qué es eso? ¿Qué hay ahí?
—Es una plaza.
—Oh. Esta ciudad es enorme. Tiene lugares muy interesantes. Desde que llegué no conozco casi nada.
—Lo noté.
—¿Cómo que lo notaste?
—Te quedaste viendo una fuente durante tres minutos.
Me sonrojé de inmediato.
—¡YO...! Es que... no fue así. Bueno, sí fue así, pero porque el diseño era muy bonito.
Por un instante me pareció ver una pequeña sonrisa en los labios de Alex.
Apenas perceptible.
Pero la vi.
—Rhys una vez terminó dentro de una fuente.
—¿Qué?
—Terminó dentro de la fuente.
No pude evitar reírme.
—¿Y luego?
—Elliot tuvo que sacarlo. Yo... fingí no conocerlos.
—Son trillizos. Sabes que fingir no conocerlos no funciona, ¿verdad?
Alex se encogió de hombros.
Volví a mirar la plaza desde la ventana.
—¿Quieres ir?
Volteé de inmediato.
—Sí, pero ya te he quitado demasiado tiempo. Además pagaste mi bebida.
—¿Y eso qué tiene que ver?
—Que me da vergüenza seguir pidiéndote cosas. -Dije haciéndome pequeña en mi lugar.
Lo dije intentando sonar razonable.
Mi cola moviéndose de un lado a otro me traicionó por completo.
Alex se cubrió la boca con una mano mientras fingía toser.
Juraría que estaba ocultando una sonrisa.
—Vamos.
—¿En serio?
—Sí.
—Me siento culpable.
—Ese parece un problema tuyo.
Abrí la boca indignada.
—¡Qué grosero eres!
—Lo sé.
Y siguió caminando.
Tuve que apresurarme para alcanzarlo.
Pasamos por varios lugares.
La ciudad era enorme.
Cada calle tenía algo que llamar mi atención.
Cada edificio parecía esconder una historia.
Quería entrar a todas partes.
A todas.
Pero sabía algo importante.
Si entraba a una tienda, iba a querer comprar algo.
Y yo era pobre.
MUY pobre. ODIO SER POBRE, LO ODIO.
Las miradas tampoco dejaban de seguirnos.
Algunas eran de admiración, enamoramiento.
Otras parecían nerviosas.
Otras incluso parecían desconfiadas.
Alex actuaba como si no existieran.
O como si estuviera demasiado acostumbrado a ellas.
Terminé observándolo.
Él me observó de vuelta.
—¿Qué?
—Te están mirando.
—La gente mira cosas.
—ERES TÚ LA COSA.
Alex suspiró.
Yo señalé rápidamente un edificio alto.
—¿Y si vamos ahí?
—¿Al mirador?
—Sí.
Alex levantó la vista.
—Creo que es buena idea para que veas la ciudad.
Mi emoción duró exactamente tres segundos.
—Hay que preguntar cuánto cuesta la entrada.
—Olvídalo.
—¿Por qué?
—Porque no tengo dinero.
Mi alma abandonó mi cuerpo.
Alex rodó los ojos.
—Vamos.
Y siguió caminando.
Lo seguí inmediatamente.
Subimos por un ascensor hasta la parte más alta del edificio.
Cuando las puertas se abrieron, me quedé sin palabras.
La ciudad se extendía frente a nosotros.
Era inmensa.
Podía ver avenidas, puentes, plazas y edificios que parecían tocar las nubes.
Incluso alcanzaba a distinguir algunas zonas que había visitado desde que llegué.
Me acerqué a la barandilla.
—¿Qué es ese edificio?
—Ese distrito pertenece al clan mineral.
—¿Y qué hacen ahí?
—Minería.
—Tiene sentido.
Señalé otro.
—¿Y ese?
—Zona comercial.
—¿Y aquel?
—Centro de investigación.
—¿Y ese otro?
—Archivo histórico.
—¿Y el de allá?
—Hospital.
—¿Y...?
—Mariam.
—¿Sí?
—Hay muchos edificios.
Solté una carcajada.
Aun así seguí preguntando.
Y, sorprendentemente, Alex siguió respondiendo.
Sin molestarse.
Sin apresurarme.
Sin decirme que me callara.
Conocía cada rincón de la ciudad.
Cada distrito.
Cada edificio importante.
Como si hubiera recorrido aquellos lugares cientos de veces.
O como si siempre estuviera observándolo todo.
Cuando finalmente comenzamos el camino de regreso, el cansancio agradable de un buen día empezó a instalarse en mí.
Por primera vez desde la mañana me quedé callada.
Alex lo notó.
—Estás muy callada.
—Estoy pensando.
—Eso suele ser preocupante.
—Qué grosero.
—Cuando hablas sé lo que pasa por tu cabeza.
—¿Y cuando no?
Alex me miró de reojo.
—Parece que estás planeando un crimen.
Me reí en una risa pequeña y burlona.
Después de unos segundos de caminata, volví a mirarlo.
—Gracias por llevarme ahí. Creo que me siento un poco mejor. No encontré respuestas. Pero ya no siento que esté completamente perdida.
Alex observó la ciudad frente a nosotros.
—Eso ya es una respuesta.
Sonreí.
—Gracias igualmente.
Alex tardó unos segundos en responder.
—No fue nada.
Por alguna razón sentí que había dudado antes de decirlo.
Pero no entendí por qué.
Así que simplemente seguimos caminando hasta despedirnos.
Cuando llegué a casa, César fue el primero en recibirme.
—¿Dónde estabas?
—Salí.
—Me he dado cuenta.
—Con un amigo.
La palabra salió de mi boca antes de que pudiera pensarlo.
¿Podía llamarlo así ahora?
No esperé una respuesta.
Subí a mi habitación.
Me dejé caer sobre la cama.
Y me dormí casi de inmediato.
Mi mente repasó el día.
El Árbol.
Las imágenes.
Alex.
Las miradas de las personas.
No las enamoradas.
Las otras.
Las que parecían observarlo con cautela.
Como alguna vez me habían observado a mí.
Poco a poco mis pensamientos se apagaron.
Y terminé durmiendo profundamente.
Muy lejos de allí, una figura observaba la ciudad desde un edificio abandonado.
Cabello largo.
Azul oscuro.
Piel verdosa.
Sus ojos permanecían fijos en una única dirección.
Como si hubiera estado buscando algo durante mucho tiempo.
Como si finalmente lo hubiera encontrado.
Una sonrisa lenta apareció en su rostro.
Mientras tanto, Mariam dormía sin saberlo.
Ignorando que, por primera vez desde su llegada a ese mundo, alguien había comenzado a buscarla.
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