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Cuentos de Khuarhya Libro 2

entre torres y plata parte 3

entre torres y plata parte 3

Jun 29, 2026

—Hehehe, aquí vamos: ¡uno, dos, ARRIBA! —Leónidas dio un enorme brinco que lo llevó a una parada de tranvía en un nivel superior.
—Por aquí, señora, déjeme ayudarle. —¡Muchas gracias, gigantón! — Leónidas extendió su mano a una señora grande de edad que luchaba por abrirse paso por la multitud del tranvía.
—Y aquí es, baje con cuidado, señora. —Gente de diferentes tipos bajaba y subía, muchos vivían sus vidas normales, pocos aventureros venían por estas partes lejos de los sectores de entretenimiento, talleres o casas de equipo.
—Muchas gracias, chico montaña, suerte. —La mujer mayor siguió su camino a los sectores de viviendas civiles.
—Sí, aquí es mi parada también. —Leónidas miró al lado de la iluminada estación; un callejón lúgubre y carente de luz se extendía a un lado ignorado por la gran mayoría; caminando varios pasos adentro de este dio una vuelta a la derecha donde al fondo encontró a varios sujetos; de frente, con su mano apartó la reja que ante su fuerza sucumbió como si fuera de pasto y mimbre.
—Miren quién llegó, chicos. —Un hombre en ropa en mal estado se acercó a Leónidas; su barba y manos sucias de hollín aún estaban tibias por calentarse frente al barril que daba luz a la plazuela abandonada.
—Ha, ha, ha, te dije que vendría. —dijo otro hombre con zapatos hechos de periódicos.
—Yo creo que el muchacho está loco; ¿a qué regresaste, hijo? —Una señora salió de entre varias cajas y maderas, apoyada en un bastón; su pequeño cubil apenas resistía el clima, pero al menos la mantenía tapada del viento.
—Señor Valper, le he dicho que no prendan cartones en barriles, puede ser peligroso; ¡traje calentadores de Geotechnia, aquí tienen! —Leónidas sacó de su enorme bolsa cinco aparatos envueltos en rejillas metálicas que al activar un botón emitían un calor suave y continuo.
—Haha, Leónidas, gracias, eso fue lo que le dije a Valper pero no me escuchó. —dijo el hombre con zapatos de periódico.
—Ha, quisieras, viejo carrascaloso, tú fuiste quien trajo el barril. —Leónidas buscó un poco más entre las bolsas sacando dos garrafones de agua y comida instantánea.
—Hahah, Leo, eres un amor, aa, sí, fideos picantes estilo Naglesh, estos son los buenos. —La señora, cansada, se sentó en una banca de piedra en el centro de la plaza abandonada.
—Aquí tienen señor Banadis, señora Palmer; traje medicina para su oído, señor Valper. —Leónidas tomó algunos medicamentos y se los dio a los señores.
—¿Y dónde está el señor Lemin? —Leónidas preguntó sosteniendo un par de guantes y un gorro de piel.
—… —Todos callaron.
—Leo… entiendo que quieras ayudar, es más de lo que merecemos; Ifritia es un lugar frío, y a veces las noches nos dan una salida a esta situación, no siempre es la que quisiéramos pero… al menos es una opción. —El señor Banadis tomó el brazo de Leónidas.
—E… Entiendo… —Leónidas sostenía en su mano el gorro y los guantes nuevos que traía mirándolos fijamente; un tinte sepia los cubría; el barril en fuego luchaba pulgada a pulgada con el frío de las noches de Thar-Abbys.
—Ay, hijo, no te sientas mal, solo somos unos callejeros, así vivimos y así morimos; si te hace sentir bien, pudimos juntar dinero para un entierro, está en el mausoleo sur… toma. —Una pequeña servilleta con hermosa letra manuscrita en carbón decía: Fila 4, Nicho 5, Salón Amapolas.
—Sí… I… Iré a dejarle sus cosas mañana… —Leónidas guardó las prendas de piel y sacó algunas más.
—Aquí les traigo más, almohadas y cobijas; mi amigo Jacob me dijo que este quemador usa pocos núcleos de cuarzo, será más seguro que el barril. —Leónidas movió sus manos y cuerpo de manera que no percibieran sus lágrimas.
—Gracias, Leo, eres de gran ayuda, nos gustaría que más gente fuera como tú. —Valper le dio unas palmadas mientras que Banadis hacía lo mismo del lado contrario.
—¿Pero y tú, hijo? No te quedes en la ruina por unos viejos; si te sobra el dinero deberías encontrar una damisela para perderlo, eeee, he, he, he, he. —La señora Palmer le dio un codazo.
—Escucha, Leo, mañana hay un evento de caridad, escuché que es para un grupo de niños y su familia; si quieres podemos ir a ayudarlos, ¿qué te parece, eh, Fortachón!! —Banadis y Valper le dieron ánimos haciendo poses de fuerza como Leónidas.
—Sí, suena bien, ¿cuántos chicos son? —Leónidas tomó un poco de brillo: —Son seis niños, Leo, mejor guarda fuerzas, ya casi va a llover.
—Sí, es mejor regresar, cuídense mucho… Ah, sí, aquí les dejo estas cobijas, son… térmicas… para el frío. —Leo suspiró un poco levantándose y sonriéndoles dijo:
—Entonces los veré mañana, díganles a los chicos que el asombroso Leónidas irá a dar un espectáculo, ¡¡para caridad!! —
—Hahaha, así suena nuestro Leónidas, ¿cierto chicos? hahaha. —La señora Palmer y los demás vieron irse a Leónidas; él parecía un poco más animado por lo del día siguiente.
—Cough, cough, COugh, COUGH, COUGH, COUGH, COUGH, COUGH. —El señor Banadis escupió un enorme coágulo de sangre.
—¡Banadis! ¿Estás bien? .. Aquí, aquí, ¿ya pasó? —Palmer y Valper.
—Sí, estoy bien!! Ya pasó. —Banadis respiró profundo, sus pulmones silbaban como una locomotora al pasar el aire.
—¡Bien mis calzones!! Suenas como una trompeta vieja, deberías ir al médico y tus pies están casi muertos; la última vez que los vi tenían gusanos y eso fue hace cinco días. —Palmer lo miró seriamente pero decidió retirarse.
—Nah, tonterías, he estado peor; además ya viví lo suficiente, estoy al tope. —Los señores se retiraron cada uno a su pequeño refugio. Banadis miró sus manos temblorosas, sacó tres lingotes de oro de una bolsa de fina tela de terciopelo.
—Para los niños, he, he… seré un héroe como nuestro Leo. —Una sonrisa firme y cincelada se quedó en su rostro cuando lo encontraron en aquel callejón.
—Haaaa… Estoy en casa, por fin. —Mina regresaba de la academia; la casa del equipo estaba desierta. Agitando un palillo de piedra pulida, Mina prendió las luces del lugar; Iluminas titilaron con vida, bañando con luz la sala de estar y la cocina del primer piso, para después presionar el botón del radio buscando música.
—En otras noticias, se diluyeron tres células de tráfico y delitos organizados al norte de los sectores de viviendas, se aseguraron varias armas de fuego sin registro previamente ligadas a delitos en la academia; yo pregunto, Geno, ¿dónde está el Director? No hemos escuchado nada de él ni de su mesa directiva desde hace un tiempo; los criminales van al alza y la institución de Thar-Abbys presenta un grave conflicto de intereses donde los aventureros son puestos en peli…. —Mina apagó el radio suspirando, arrojó su chaqueta y pantalones en su cama y se dio un baño.
—Sí… no hay paz en la ciudad de la eterna aventura… —Mina se dio un baño rápido y se cambió por ropa un poco más suave, un par de pants y camisa a cuadros de algodón fueron su elección; se dirigió a la cocina y miró qué ingredientes tenía.
—Jacob nos invitó, esos panes eran deliciosos y ayudaron en el frío.. ¿Cómo era Bishkiac? Aquí está Biskyash; ha, el recetario que compró Ithil es realmente útil. —Mina leía atentamente el libro, este poseía una pestaña donde pudo pararlo para seguir la receta.
—Sí, tengo harina; ¿especias? Pimienta, clavo, romero, perejil… ¿Brandy o licor de Rebril?…. Hum, creo que tenemos un poco de licor de Leónidas e Inola, sí, aquí está Real de Naglesh. —Mina buscó entre la pequeña cava de piedra que tenían en la cocina, del tamaño de apenas una alacena, mantenía la comida y los ingredientes frescos; estaba empotrada en el piso en la pared de la cocina.
—Creo que Jacob me platicó alguna vez que este licor era fuerte… —Mina apartó un poco y volvió a meter el licor en la pequeña cava.
—¡Y aquí está!! Heh, he, he, he, carne magra de buey, esperé toda la semana para hacer un platillo, he, he. —Mina se saboreaba con gusto la deliciosa carne, picándola ágilmente con dos cuchillos obtuvo carne molida que mezcló con las especias; amasó la harina con agua y el licor, y con un poco de manteca hizo pelotillas rellenas de la carne.
—Listo, en la vaporera por una hora… creo que me sentaré a leer. —Preparándose un café, Mina notó cómo Leónidas llegaba.
—Leo, ¿qué tal? ¿Ya de regreso del gimnasio? —Leo dio un pulgar arriba, alegre, respondió:
—Así es, hermana Mina, Leónidas hizo un nuevo récord, levantando 950 kilos en la banca; hahah, fue difícil pero no imposible. —Leónidas orgulloso, Mina lo miró desde el sillón sin asombrarse.
—Qué lindo, 950… ¿y viste el primer lugar? Hay una tabla de puntajes ahí. —Mina tomó su café de la cafetera y lo dejó reposar.
—Oo, sí, parece que hay un tal Demonio Dorado que levantó 1250, está en el primer lugar; he de buscarlo y vencerlo pronto. —Leónidas apretó el puño mirando al cielo, su misión por conquistar la banca comenzaba.
—Hahah, quiero ver que lo intentes. —Mina lo miró desafiante mientras la tapa de los panes al vapor daba brincos suaves y sonoros.
—..Ese cabello… esos brazos… ¡¡Tú eres el Demonio Dorado!! —Leónidas, en shock, abría la boca.
—Hehehe. —Mina tomó un sorbo de su café y se sentó en el sillón.
—Hahaha, Demonio Dorado, te veré en el gimnasio eventualmente; por el momento Leónidas irá a tomar un baño. —
Leónidas fue al segundo piso desapareciendo por las escaleras.
—MINAAA… ¡¡FUI LA PRIMERA VEZ DE LIZVA!!!! —Jacob entró violentamente por la puerta principal emocionado; Lizva venía atrás, las palabras de Jacob la hicieron explotar en rojo por la pena.
—PFFFFFFFFFFFTTTTTTTTT —Mina escupió el café que estaba tomando y corrió frente a Jacob; dándole un golpe lo dejó seco en el lugar.
—¡¡LIZVA!!!, ¿JACOB TE TOCÓ? ¿ALGÚN TRUCO PERVERSO DE EVOCADOR? ¡¡JACOB, CÓMO PUDISTE!! ¡¡TE COLGARÉ DE LAS PATAS, ENANO!! —Mina sostenía a Jacob de las botas y estaba a punto de colgarlo cuando, asombrada, escuchó la voz más aterciopelada que jamás hubiese escuchado:
—¡No, no lo hagas! ¡Jacob no me hizo nada! —Lizva le respondió mientras daba pequeños golpes con sus manos.
—Lizva… ¡puedes hablar!! —Mina, asombrada, soltó a Jacob, que cayó de cabeza al piso.
—¡¡Debes hablar bien, Jacob!! ¡Pequeño y ruin chiquillo malcriado, me asustaste!! —Mina regañó a Jacob y a Lizva por unos momentos y los mandó a bañarse. El frío de la tarde lluviosa empezaba a sentirse; gotas pequeñas y muy frías que al tacto eran como pequeñas agujas; Lizva y Jacob se miraron como compañeros de travesuras y corrieron al segundo piso.
—¡Hola Mina!! ¡Magaska ha regresado!! Hummm, Varneth quiere decirles algo, ¿oo dónde están los demás? —Magaska, alegre, dio dos brincos dentro de la casa.
—Aa, Magaska y Varneth, bienvenidas, pueden usar la bañera, afuera está frío; ¿oh, los demás? Mm, Leo está aquí pero creo va a salir, yo no iré a ningún lado, Ithil e Inola aún no llegan, no deben tardar y Jacob ya salió de bañarse. —Mina notó la bolsa que llevaba Magaska.
—Oh, ya veo… los demás deberían llegar a tiempo para la cena, aguardemos un poco y podrás llevar a cabo tu plan. —Magaska tomó una papa frita del platón que Mina tenía frente al sillón de la sala.
—Muy bien, esperaré…. woaaa, las papas están buenas. —Magaska tomó otra papa más.
—Hahah, hermana Mina y hermana Magaska, saldré por media hora, regreso pronto. —Leónidas llevaba dos enormes sacos de plástico negro.
—Claro, Leo, te veremos más al rato; la cena hoy será en grupo, ¿cierto, Magaska? —Mina dio un ligero codazo a Magaska; ella la miró con enormes ojos y respondió:
—Sí, se solicita la presencia de todos el día de hoy, ¡¡es obligatorio!! —Magaska dijo en tono importante.
—Hahah, claro, hermanas, aquí las veré, salgo y regreso!! —Leónidas tomó las bolsas y salió de la casa.
—¿A dónde va Leónidas, Mina? —Magaska y Varneth preguntaron intrigadas por las dos bolsas.
—He, lo he visto salir así algunas veces pero es un misterio. —Ambas se quedaron mirando mientras Leónidas se perdía en la lluviosa tarde.
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