Esta ya no es más nuestra lucha, a partir de hoy ésta es tu batalla... tuya y de tus hermanos. Hasta entonces debes mantener la fuerza, la firmeza, y no flaquear.
Jamás flaquear.
No es la forma que esperábamos, definitivamente no es lo que queríamos... pero no tenemos más alternativa, sólo esperamos que sea el tiempo suficiente.
Sé fuerte.
Inharia se levantó bruscamente, empapada en sudor y lanzando puñetazos al aire, aún estaba sumida en aquella pesadilla que frecuentemente la visitaba.
—¡Maldición! —Exclamó a la vez que se tomaba la cabeza con la mano izquierda.
Aún estando consciente se mantenía en estado de alerta debido a la tensión, su pesadilla se negaba a dejar su lado y merodeaba llevando tanto sudor helado a su rostro como escalofríos a su cuerpo. Las visiones de sangre y fuego seguían allí, vivas para ella, pese a que no era la primera vez que sucedía. Esta vez pudo sentirlo, estuvo en aquel lugar donde hoy sólo yacen ruinas y bestias, dónde el cronómetro comenzó su cuenta regresiva marcando el final de los días en Ohraion.
Inharia llegó al mundo el día siguiente que se dio por finalizada la guerra de los herejes, creció en medio del caos y la desesperanza, en medio de toda la aflicción y el dolor que la guerra dejó en los corazones de las razas pobladoras. A sus 19 años contaba con la autorización real del reconocido Gremio de Paladines para ejercer como soldado, en representación del reino de Hoffanor. Fue nombrada como "la dama acorazada" debido a la belleza que ocultaba bajo su abundante equipamiento y es que, físicamente destacaba midiendo un metro con ochenta y dos centímetros. Bajo su larga cabellera color negro y liso se ocultaba un fino rostro, de nariz corta y labios finos. Sus ojos color azul grisáceo llamaban la atención por encima de sus rasgos, se rumoreaba que en ellos se reflejaba el acero en mano.
Para ella no tenía sentido que mantuviera recuerdos tan vívidos, a menudo terminaba culpando a su familia debido a que la gran mayoría participó activamente en el conflicto mayor, Jinharo solía llevarse gran parte de los dardos, pues siendo su padre llevó sus traumas del campo de batalla a su hogar, en forma de historias. Habiendo realizado su servicio como soldado para la gran armada de Hoffanor pudo tantear de primera mano los horrores de la guerra y las atrocidades sufridas por sus camaradas, quienes no llegaron a contar sus propias experiencias.
—Esto es culpa del viejo —siguió rezongando.
—A estas alturas ya deberías estar acostumbrada —se escuchó sobre ella. —Y no deberías hacer tanto ruido, pondrás en evidencia nuestra posición —agregó.
—No ha sido mi intención, esta vez ha sido demasiado real, Gulje —respondió mientras se tomaba de forma cruzada los hombros —Esta vez estuve allí, vi la sangre, las máquinas, pude sentir el dolor de los muertos — se lamentó.
En medio de la conmoción había olvidado totalmente su lugar, se hallaba en medio de el Bosque creciente, que si bien no poseía fama de ser un lugar particularmente peligroso seguía siendo una mala idea alborotar a los depredadores nocturnos propios de la zona, al fin y al cabo eran forasteros en tierras ajenas. El plan era viajar hasta las ruinas de El Taller para un estudio de la zona, para ello tendrían un paso por la ciudad antigua de Bangi a fin de reunirse con un guía especializado del lugar, debido a la alta complejidad de la ciudad caída era necesario mantener un pequeño grupo de milicia cerca, pese a estar custodiada. El grupo contaba con Gulje Minarian, la joven promesa dentro del equipo de reconocimiento que brillaba por sus habilidades innatas en terreno, especialmente en el sigilo y exploración. Faner el indómito era un viejo perro del ejército, aún estando en retiro su consejo era considerado dentro de la guarnición hoffaniana y seguía manejando el hacha como si esta no tuviera peso. Esta vez se encontraba en el grupo para ayudar a obtener más experiencia a su nieto, Nara, quien estaba dando sus primeros pasos para ser un lancero.
—Los muertos no tienen asuntos con los vivos —continuó Gulje —los fantasmas del pasado nos persiguen a todos. Nadie quiere ser uno de los condenados, pero la verdad es que todos lo estamos.
—Eres un encanto ¿has probado contando historias para niños? — acotó con sarcasmo —pero tienes razón, las pesadillas sólo son pesadillas, más no puedo hacer. Lamento el escándalo —dijo resignada.
—No te preocupes, Nara y Faner están ebrios, tuvieron una noche divertida —acotó mientras se balanceaba desde una rama hacia el piso.
—Al menos se la han pasado bien —dijo mientras señalaba varias botellas vacías. —y tú, ¿no tienes planeado dormir? —.
—Estoy haciendo guardia, ante cualquier emergencia dos ebrios y una niña con pesadillas serían un banquete —respondió esbozando una leve sonrisa —. De todas formas amanecerá en cualquier momento —concluyó.
Junto al alba se hicieron presentes los primeros haces de luz que tímidamente comenzaron a perforar la frondosa vegetación, mostrando a Inharia que no había prestado completa atención a los pequeños detalles presentes en el lugar. El campamento se había confeccionado a un costado del camino cuando éste no era visible totalmente debido a la penumbra, por lo que ahora el Bosque Creciente podía hacer gala completa de sus habitantes. La mayor parte del Bosque se conforma de árboles, siendo el oleacick la especie más común y abundante, famosos por su corteza cubierta de resina capaz de ofrecer una resistencia férrea a la magia. La nephciza por su lado es un árbol de temer debido a su tamaño, aproximadamente de seis metros con forma de jarra, de esta se desprenden lianas que al tacto se enrollan de forma inmediata, llevando a los desprevenidos hasta el interior en donde serán digeridos lentamente. Los hongos de Fuuhrai destacan a la vista, debido al tamaño equivalente a un niño de diez años, siendo no apto para el consumo las razas inteligentes como los humanos, aeritas y stunnis, más si es un ingrediente primordial dentro de la cocina lakuna.
La travesía del grupo continuó pasado el mediodía, una vez tuvieron la certeza de que no sería necesario arrastrar al mayor y su nieto juntos, además Gulje debía descansar un mínimo para mantenerse activo en la travesía.
—No vamos a retrasar el trabajo por sus excesos, sin excepción — Lanzaba al aire Inharia mientras mantenía el paso firme. —Ya hemos perdido demasiado tiempo.
—¡Si no te detienes moriré! — Vociferó Nara mientras intentaba mantenerse en el camino, tambaleando.
—¡Es la prueba de nuestras vidas! — Insistía Faner — ¡Mostremos el ardor de nuestros corazones a los dioses!— Agregó.
—Mala hierba nunca muere, es realmente admirable que con su edad aún tenga hígado. —Comentó Gulje a Inharia en voz baja —Honestamente no creo que sea la mejor idea... aunque definitivamente sería peor cargarlo.
La ruta a través del Bosque Creciente suponía un camino directo a la ciudad Banji desde Hoffanor, por lo que tanto aventureros como grupos de mercaderes solían optan por esta opción al ser la más rápida y eficiente. Junto con las consecuencias de la guerra vino el incremento notorio en la actividad de los monstruos, éstas criaturas se adentraron cada vez más en territorios de los cuales no eran nativos conllevando a un uso mayor de personal calificado para la protección de lugares de alto interés económico, ciudades o simplemente lugares habitados. No fue hasta que la luz del día se hizo tenue y la penumbra marcó nuevamente su retorno cuando la situación se tornó tensa y tomaron conciencia de las consecuencias.
—¡Atentos, tenemos compañía! — Gritó Gulje desenfundando su daga.
Inharia se volteó bruscamente y levantó su brazo izquierdo dejando su escudo de rodela por delante a la vez que su mano derecha se posó en el mango de su espada. Para cuando su vista fijó el primer objetivo este ya estaba frente a ella, en un acto de puro reflejo llevó todo su peso hacia el frente, impactando su casco violentamente contra el cráneo de la bestia, lo que le quitó el sentido por un segundo, tiempo que Gulje aprovechó para incrustar su puñal en la nuca del animal. Sus enemigos consistían en una manada de tirios salvajes, muy similares a los lobos, de un ojo y pelaje largo en la columna. No pudo identificar concretamente cuántos eran, más ya restaba uno.
—Quedan cuatro en total —Dijo Gulje retirando su daga ensangrentada. —¿Dónde es...?
—¡Ayuda! —el grito desesperado de Nara interrumpió sus palabras, puesto que había sido capturado por las fauces de un tirio, mayor en tamaño.
—Este maldito debe ser su líder —soltó el indómito, quien parecía totalmente sobrio. Su cara mostraba una rabia indescriptible —¡Bestias! —dijo en voz alta.
—Esto se pondrá feo —murmuró Gulje —presta atención, Inharia.
—¡En nombre de Origen, en nombre de la Divina Voluntad, su sentencia es la muerte! —gritó apuntando con su hacha de disco a los tirios.
La escena los petrificó, en un abrir y cerrar de ojos Faner desapareció para encontrarse frente al captor de Nara. Con un movimiento ascendente de su brazo derecho golpeó la costilla izquierda. La magnitud del golpe fue tal que lo cercenó en dos, liberando a su nieto. Antes de que el equipo pudiera procesar el movimiento realizado, el indómito ya se encontraba sobre el siguiente tirio, dejando caer violentamente su hacha sobre su cabeza, asesinándolo en el acto. Cuando se percataron de lo que estaba ocurriendo Gulje lanzó su daga hacia el contrincante más cercano, dándole en el globo ocular con una puntería certera, la situación fue aprovechada por Inharia que se precipitó a rematar con su espada, atravesándolo por la traquea. La última bestia fue tomada por el cuello y asfixiada por Faner, una muerte innecesaria en términos de salvajismos pero que nadie estaba dispuesta a frenar, la sensación era de alivio y satisfacción.
—Lo lamento, ha sido mi culpa. Debí haber notado que... —El joven explorador una vez más fue interrumpido.
—No, Gulje —Intervino el soldado retirado a la par que guardaba su hacha. —Te has sobre exigido por nuestro culpa, tus sentidos no estaban en plena funcionalidad por el sueño. Cargaré con la responsabilidad. Esta vez hemos tenido suerte, al menos nosotros.
Nadie debatió el punto, la preocupación radicaba en sanar las heridas de Nara que yacía en el piso incapaz de ponerse de pie. El colmillo penetró con profundidad en su pantorrilla derecha, segregando sustancias irritantes al tacto que aumentaron considerable el tamaño del problema. Al caer la noche ya estaba sumido en fiebre y los peores desenlaces comenzaban a ganar terreno, las pesadillas se tornaban realidad.

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