Entre las ruinas de memorias perdidas, corrí.
—“Querido Flins” — Dijo la voz de mi recuerdo. — “cuando la noche caiga en tu mundo y el tiempo te adelante, busca fuerza en el sol.” —
A mi espalda la criatura azuzaba mis pasos, anunciando el peso de su cuerpo con cada sacudida del suelo. Esta era enorme, forrada en pelo negruzco y con dos astas enmarcando su cabeza como una corona fúnebre. Un preludio de lo que anunciaba hacerme, tal vez. Así pues, y a riesgo de perecer del cansancio en su lugar, aceleré el ritmo y me deslicé entre las ruinas de dos pequeños edificios antes de que las pezuñas de la bestia aterrizaran en mi espalda.
—“Pero recuerda, el sol jamás guiará tus pasos”— Advirtió. — “pues este, es rey y al serlo, lo ciegan el nepotismo y la libertad.“—
Los escombros habían conseguido despistar a la criatura, pero sabía perfectamente que aquello era una cortina demasiado fina como para cubrirme. Así que, muy a mi pesar eché a correr tan pronto cómo puse un pie en el suelo. Me planteé refugiarme en unas ruinas cercanas, pero lo descarté. Y cómo me alegro de ello, pues en menos de un pestañeo la bestia había arrasado con toda la infraestructura a mi espalda. Esta avanzaba hacía mí endemoniada, ajena a al bloque de escombros que la bloqueaba. O, bueno, que yo inocentemente había creído que podía bloquearla. Y, a falta de un plan mejor, corrí, una vez más.
—“ Es una criatura despreciable.”—
Sin embargo, tropecé y pronto me vi rodando por el suelo. Alcé la vista y las fauces de la bestia se convirtieron en todo cuanto podía entender. Una oscuridad infinita.
—“Así que tu tendrás que guiarlo.”— El monstruo se dispuso a devorarme y al poco corrió la sangre. — “Tendrás que domar al sol y convertirlo en tu fuerza”— No fue mi sangre la que cayó.
La enorme bestia se desplomó en el suelo, levantado el humo con la misma facilidad que el viento soplaba las nubes. La sangre corría a borbotones de su cuello, como si fuera un peluche al que le se le escapa el relleno. Entonces enfoqué la vista y su figura emergió de entre los restos del monstruo. Un muchacho.
Este era alto y delgado, pero atlético. Tenía el pelo azulado y enmarañado, a primera vista parecía corto, pero si prestabas atención verías la larga trenza que colgaba en su espalda. Sus cejas eran gruesas y afiladas como espadas, feroces en todos los sentidos de la palabra, casi tanto cómo sus ojos. Estos brillaban con un peculiar azul lechoso, más similar al banco que a otra cosa. Eran puros cómo la nieve recién caída. Su piel pálida y limpia, no tenía cicatrices ni rastro de heridas que pudieran dejarlas, solo lunares, tres para ser exactos. Dos debajo del ojo izquierdo y otro del derecho. En su cuello también corría carmesí pero no como el monstruo, si no en forma de cinta. Un accesorio tan peculiar como su propia existencia.
Era curiosamente bello para alguien cubierto en sangre hasta las rodillas.
—“Sin importar cual sea el precio a pagar.”—
Ambos intercambiamos miradas, y de pronto, en la noche, me pareció que salió el sol.

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