Dos de la madrugada. La luna se encontraba oculta en el cielo nublado de esa noche; escondiendo su brillo y dejando a oscuras la ciudad de Ahyeontown. Haciendo que sean más visibles las luces encendidas en el último piso del edificio Slytech. Una de las empresas más fuertes a nivel tecnológico, y gran futura promesa.
Las puertas se abrieron y de ellas aparecía Grayson, con el porte que siempre le caracterizaba: espalda recta, mentón levantado, rostro serio y una voz que mostraba seguridad completa. Grayson, un vigilante y mano derecha del jefe, llegaba con buenas noticias.
—Señor Katsu, lo encontramos.
—¿Dónde estaba? —preguntó Jikatsu, el jefe y dueño de Slytech.
—Mi hijo me avisó de la apertura que tendría hoy Arcadane —contestaba cual comandante, sin pestañear ni titubear —. Conociendo los gustos de su hijo, fue bueno suponer que se encontraría ahí.
A pesar de que Katsu tuviese dos varones, era claro que se referían al más joven de ambos: Yoru. El único capaz de perderse en el tiempo jugando cualquier tipo de videojuegos. Razón por la que Arcadane era el lugar perfecto para buscarlo. Nuevas sensaciones, nuevas experiencias y nuevos juegos. La mezcla perfecta para atraer a Yoru, quien justamente hacía acto de presencia al cruzar la puerta.
El chico entraba haciendo un contraste completo con Grayson, sobre todo en la edad. Portaba una enorme camisa desarreglada, una mochila gris vieja que sostenía con sólo una correa sobre su hombro derecho, y el rostro de completo desinterés.
—Vaya chismoso… —murmuró por debajo, al escuchar cómo habían dado con su paradero.
—Por un demonio, Yoru. ¿Tienes una idea de cuánto tiempo te hemos buscado —preguntaba Katsu levantándose de golpe de su asiento —?
Aquél era un hombre alto, mas no corpulento, aún así era capaz de intimidar a cualquiera con su fina mirada. Siempre trataba de mantenerse en control ante todo, pero cuando lo sacaban de sus casillas, más de uno deseaba no ser visto. Para la mala suerte del joven, ese era uno de esos momentos. Peor aún, él era el causante de ese enojo.
Jikatsu permaneció de pie, inclinado hacia su escritorio, donde apoyaba con fuerza ambas manos esperando una respuesta. Respuesta que claramente nunca aparecería puesto a que la pregunta sonaba más a una retórica.
—¿Por qué no aprendes de tu hermano? —preguntó señalando al mencionado. —Lleva aquí horas aprendiendo a llevar el control de la empresa, mientras tú perdías tu estúpido tiempo haciendo nada de provecho.
El tono de voz que usaba su padre podía escucharse fuera de la oficina. Retumbaba en los oídos de todos, tanto de Grayson, Yoru e incluso de Sora -su hermano gemelo-. Quien permanecía sentado en el sillón contra la pared, con una mirada de preocupación puesta en su hermano menor. Evitando decir cualquier cosa para no encender más a su padre.
Yoru, por otra parte, sólo echaba su cabeza al techo. Estaba fastidiado de escuchar el mismo discurso una y otra vez. Él no entendía por qué su padre quería que ambos hermanos siguieran el mismo camino. Claramente Sora era el más preparado para el trabajo y seguro Yoru podría apoyarlo de alguna forma diferente. Tener a los dos trabajando en paralelo se le hacía contraproducente, pero eso su padre no lo veía así.
Realmente quería interrumpirlo. Decirle sobre el proyecto Lúa en el que tanto había estado trabajando y que con eso quizá podría ayudar a su hermano en avances de tecnología. Una herramienta de código único que permitía crear líneas de programación por cuenta propia, que cada vez funcionaba mejor. O tal vez decirle que nadie fue capaz de superar su récord de tiro en el juego de disparos en Arcadane y que así a lo mejor podría entrenar con Grayson y en un futuro convertirse en su sustituto cuando se retire, para así terminar siendo el brazo derecho de su hermano.
Las posibilidades eran infinitas. Sin embargo el gran ‘Miyasly Jikatsu’ nunca se equivocaba y siempre se tenían que hacer las cosas como él decía. Ambos tenían que hacerse cargo… como si eso fuese necesario, teniendo a Sora a la cabeza.
El ambiente era un caos en el cuarto, lleno de gritos. Hasta que un guardia interrumpió sin avisar. Su respiración estaba agitada, dando la apariencia de que llegaba corriendo con noticias alarmantes. Y así era. El regaño tendría que quedar para después.
—¡Señor Jikatsu —pronunciaba con dificultad—! Un grupo de personas entraron al edificio sin autorización.
—¿Cómo es eso posible? —preguntaba enojado. Ya tenía suficientes sorpresas por ahora.
—Lo sentimos, utilizamos demasiados recursos para buscar a su hijo. Lamento decir que al parecer aprovecharon ese descuido para infiltrarse.
Katsu cerró los ojos con fuerza, llevando su mano hacia sus sienes para darles un masaje, esperando calmarse un poco. Dio un profundo respiro, pero nada le servía; seguía estando a punto de explotar. Pero no había tiempo para perder la compostura. Había problemas y tenía que solucionarlos de inmediato.
—Ves la mierda que provocas, Yoru —dijo casi apretando los dientes de la rabia—. Tu puto chistecito podría causar un problema grave. Eres una maldición.
Yoru sabía que el enojo era lo que estaba hablando. Sin embargo las palabras llegaban a su cabeza y hacían un revoltijo de pensamientos. Aún no se perdonaba lo ocurrido con su madre. En ocasiones seguía pensando que todo era su culpa. Tal como era su culpa una vez más.
—Gray, tú irás por un lado y yo por el otro —indicaba Katsu—. Sora, tú vendrás conmigo. Necesito que veas cómo resuelven problemas los hombres.
Sora asintió y Yoru sólo giró los ojos.
El gemelo se acercó al menor, dando unas palmadas en los hombros del chico. Si no fuera por el momento, seguro que hasta lo hubiera abrazado. Realmente lo quería, por eso constantemente tenía una necesidad de protegerlo.
—Yoru, quédate aquí. Por favor, no te pierdas —pidió Sora, antes de seguir a su padre.
El menor asintió sólo porque era su hermano quien se lo decía. Aunque no parecía, le tenía un gran respeto.
Segundos después de haber quedado encerrado solo en la habitación, Yoru lanzó su mochila al sillón y pasó a sentarse en el asiento de su padre. En ese momento sólo era Yoru con sus pensamientos, el ruido de fondo de los vigilantes movilizándose y el sonido de la cámara de vigilancia que se movía de un lado a otro captando toda la situación.
Detestaba todo lo que estaba ocurriendo. ¿Por qué a sus tan solo diecisiete años tenía que estarse preocupando por una empresa que ni siquiera le importaba? Él quería ocuparse en las cosas que realmente le gustaban.
Aquél permanecía inmerso en sus pensamientos que se agitaban con tantas palabras que aún resonaban en su cabeza. Cuando algo poco común despertó su atención.
En la laptop de su padre, la imagen parecía distorsionarse. A pesar de estar en reposo, daba uno que otro destello en la pantalla, y el foco que mostraba el funcionamiento del procesador, no dejaba de parpadear. Amaba las computadoras, y tenía gran conocimiento de ellas. Por eso mismo se le hacía extraño lo que ocurría. No era normal ver ese glitch en la pantalla.
Curioso, presionó algunas teclas buscando la manera de activar la terminal de comandos e indagar un poco. Ahí mismo revisó la IP, la submascara de red, entre otras cosas que parecía sólo su cabeza podía entender en esos momentos. Todo le parecía completamente extraño. El ordenador parecía estar sufriendo un ataque frente a sus propios ojos. Y a decir verdad, una parte de él, estaba emocionado de lo que veía. Pues era el momento perfecto para echar a andar su proyecto Lúa. Quizá, y tan sólo quizá, si llegaba a salvar la información, capturar los malware y rastrear el ataque; su padre vería el potencial que había en él. Vería lo grandioso que podría llegar a ser si se le permitía seguir practicando lo que tanto le gustaba, de la manera en que a él le gustaba. Al fin podría presentarle de lo que iba Lúa.
Con todo en juego, Yoru se puso manos a la obra. Corrió a su mochila en busca de su pendrive en el que se encontraba su proyecto, y en seguida pasó a conectarlo. Una vez más, el sonido mecánico de la cámara hacía su presencia.
El menor abría a lua.py en el portátil de su padre y lo echaba a correr. De nuevo, regresaba a su mochila para tomar un disco duro en el cual respaldar la información, sólo en caso de que fuese necesario. Después de todo, redirigiría el ataque a su pendrive, donde sólo habría información basura: cómics, juegos, porno, música, películas, etc.
Y una vez más, la cámara tenía un papel importante. Esta vez, parecía romper su patrón de comportamiento, enfocándose en el chico y sus movimientos. La manera anormal en la que se comportaba la cámara, la laptop, y la facilidad con la que entrar al edificio tenía sentido para él. Así que, sin pensarlo, aprovechó que seguía frente a su mochila para sacar su pistola de postas y, demostrando su récord en tiro, disparó un par de veces a la cámara. Siendo que en el segundo golpe acertó directo al lente.
La cara de Yoru lo decía todo. Estaba envuelto en su propia película de espías y era él quien estaba ganando. Se sentía victorioso.
Volvía al equipo realizando todo tipo de maniobras que conocía, y a la vez dejaba que Lúa se encargara de lo más posible; entregando el código necesario para implementarlo en la terminal. Agradecía infinitamente el tener a la mano su proyecto, pues éste le estaba dando por completo la ventaja. Sólo quedaba esconder el respaldo y seguramente ya podría proclamarse como vencedor. Hasta que la fantasía se vino abajo, cuando dos fuertes disparos provinieron del exterior.
No recordaba el momento en el que un ‘atraco menor’ terminara en fuego. Pero claro, es que antes no habían violado la seguridad, ni mucho menos intentado hackear la computadora del presidente de Slytech. En definitiva eso era más serio de lo que pensaba.
Tenía dos opciones: salvaguardarse en la oficina, o salir de ahí y entrar en acción. Y, a decir verdad, la primera opción no le parecía muy rentable, tomando en cuenta que la oficina principal podría ser el objetivo de los maleantes. Así que optó por tomar el disco duro que tenía el respaldo, su pistola de postas y el proyecto Lúa, para tratar de escapar.
Recién abría la puerta y su corazón se aceleraba tras escuchar con más fuerza los disparos, así como toda la conmoción que se vivía afuera. Pues venían ruidos de todos los lugares. Ruidos que pasaban a segundo plano, cuando su misión parecía la de escapar de toda esa batalla. Parecían ser un colectivo del que se llevaba tiempo escuchando querían inmiscuirse en los proyectos de Slytech; probablemente por la cantidad de dinero que corría dentro de la empresa, o quizá por la tecnología que manejaban. Fuese cual fuese la razón, debía escapar con los archivos importantes. No se podrían dar el lujo de ser robados, y mucho menos extorsionados.
Con cuidado de no ser descubierto, debía dirigirse al pasillo central. Era la única manera de llegar a una salida segura.
En el camino, se encontraban cuerpos sin vida que yacían en el suelo. El miedo se apoderaba de Yoru. Quien, como instinto de supervivencia, cambiaba su pistola de postas por la de un cadáver. Tan solo el sentir la diferencia de peso del arma en sus manos, le daba fuerza al miedo.
Llegando al punto medio del edificio, era capaz de ver todo desde el piso superior. Gente corriendo, vigilantes comunicándose por una radio, e inclusive, a lo lejos, se podía divisar el paradero de su padre y hermano que se encontraban en una mala posición.
¿Qué era lo que él podía hacer? Sólo era un niño. Esto ya no era un videojuego, era la vida real. Sin embargo no había tiempo para dejarse vencer, así que trataba de mentalizarse como si se encontrara en un juego de tiro. Apuntó a uno de los hombres que tenía en la mira a su familia. Cerró uno de los ojos y disparó. La inocencia camuflada de rebeldía se esfumaba cual humo que salía del arma. Termina, tal como la vida de aquél hombre.
No importaba si sólo quería defender a su familia… ahora era un asesino.
Esa idea le retumbó en la cabeza, provocando un pitido de silencio en sus oídos. Su vista se nublaba como si fuese él quien recibía el disparo. Todo se volvía en cámara lenta tan pronto. En su borrosa mirada todo se volvía un caos: Su padre, al buscar de dónde venía el tiro, provocaba que descuidara posición y le hacía recibir un proyectil que también lo dejaba sin vida; otro de los maleantes se acercaba a Sora y apuntaba directo a su cabeza.
Yoru, con su temblorosa mano, trataba de apuntar de nuevo. Debía controlarse o terminaría errando el tiro. Pero era casi imposible. Los desesperantes latidos de su corazón no le permitían mantener quieto su cuerpo, y sus ojos parecían tener fuertes pulsaciones. Era imposible acertar. Aún así lo quería intentar. Quería salvar a su hermano.
Hasta que alguien lo tomó por detrás tapando su boca. Para su mala, o buena suerte, lo alejaban de aquella horrible vista.
—Si anuncias tu ubicación, te matarán a ti también —dijo una voz —. Ya no hay nada que puedas hacer. Hay que escapar.

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