Era una cálida tarde de otoño en la ciudad. Debían quedar apenas un par de horas más de luz natural antes de que la oscuridad lo cubriera todo y las luces de todas las calles y casas se encendieran para brindar visibilidad a la gente que se empeña en estar despierta cuando la naturaleza demanda dormir. Recostado en su cama mientras escuchaba los ocasionales chirridos de las aves que se apresuraban a sus nidos para pasar la noche, se hallaba un joven sosteniendo en sus manos un libro de corta extensión. Así es como él solía pasar sus tardes libres; solo en su casa, leyendo mientras observaba el día desaparecer hasta dar paso a la noche. En su adolescencia, sus gustos en lo que respecta a lectura lo llevaban a consumir gruesos volúmenes de cuanta saga pasara por sus manos. Ahora, el poco tiempo para uno mismo que suele dejar la vida de un adulto, había provocado que tuviera que conformarse con historias cortas que no consumieran mucho de su tiempo. Esa era la escusa que él solía darse a sí mismo, pero en el fondo el sabía que debía haber algo más. Él sabía muy bien que su concentración era tan solo una pequeña fracción de la que solía tener hace unos años. Al comenzar a leer, tan solo era cuestión de un rato para que su vista se perdiera entre el mar de letras y se viera a sí mismo sentado contemplando una página impresa sin siquiera estarla leyendo.
En su mano derecha, el joven sostenía una humeante taza de café recién preparada. Beber café a todas horas se había convertido en un hábito que adquirió durante sus últimos años en la universidad. A pesar de que ahora ya no necesitaba beberlo para mantenerse despierto, había desarrollado un gusto tan grande por el café que, a sus 22 años, bebía cerca de ocho tazas al día. Incluso tenía instalada una cafetera en la pequeña mesa a un lado de su cama. Este hábito de vez en cuando lo castigaba con algo de insomnio o uno que otro día en el que se sentía nervioso e intranquilo. Fuese como fuese, él sabía que había peores vicios, como fumar o beber alcohol. No es como si en algún lugar hubiera un grupo de perdedores reuniéndose alrededor de un podio mientras escuchan un deprimente discurso de un hombre cuya presentación fue: “Soy Fulano de Tal y soy adicto al café”. Al dar las nueve de la noche, el joven se levantó de su cama y se dirigió a tomar una ducha.
En aquella casa no se escuchaban más pasos que sus pasos. Nadie más vivía en ese lugar más que él. La casa era pequeña, con apenas un baño, una cocina, una pequeña sala de estar y dos habitaciones. Era lo único que podía cubrir con su sueldo de empleado sin experiencia, pero para él aquel lugar era incluso demasiado grande para su gusto. ¿Quién necesita tanto espacio cuando vive solo? Claro, cuando vive solo y no suele organizar fiestas en su casa ni nada por el estilo.
Una vez salió de la ducha, se dirigió a su habitación una vez más y se recostó en su cama exhalando un suspiro que denotaba un enorme cansancio, pero no un cansancio físico. Cubrió su cara con su almohada mientras se preguntaba a sí mismo: ¿Cuánto tiempo más tendrán que ser así las cosas? Al descubrirse la cara, se topó con la gris y monótona imagen del techo de su habitación. Aquella gris imagen que todas las noches pasaba horas contemplando. Mientras miraba aquel vacío, un eco resonó en su mente:
- Esta aburrida habitación está tan vacía como tu propia vida, perdedor.
Una vez más se levantó y dirigió su mirada a la cafetera a su derecha. Estaba a punto de servirse la novena taza de café del día, cuando algo lo interrumpió. Era un sonido melodioso y agudo, como una pequeña campana. Tardó unos segundos en recordar que ese era el sonido de su timbre. Hacía tanto tiempo que nadie había hecho sonar ese timbre que ya hasta había olvidado cómo sonaba. Debían ser vendedores de puerta en puerta. ¿Quién más podría ser? Pensó en fingir no estar en casa para no tener que lidiar con vendedores, pero en ese momento la molesta voz dentro de su cabeza habló de nuevo.
- ¿Qué sucede? ¿Acaso estás demasiado ocupado?
- Ya cállate, ya voy. – Se respondió a sí mismo en voz alta.
Mientras caminaba a la puerta, el timbre volvió a sonar.
- Ya escuché, ya voy a abrir. – Dijo a la vez que giraba la manija de la puerta de entrada.
Cuando la puerta se abrió, el joven se topó con una imagen que no esperaba. Frente al umbral se encontraba una persona; una chica, para ser más exacto. Él no supo qué decir, no fue tanto porque las chicas lo pusieran nervioso, sino porque la apariencia de ella era chocante en más de un sentido. Se trataba de una joven que aparentaba estar un poco por debajo de los 20 años. Era baja de estatura y a pesar de que sobre sus hombros llevaba puesta una sudadera azul oscuro un par de tallas más grande que ella, se notaba que era bastante delgada. Su pelo, largo, negro y algo enmarañado, estaba atado con una cola de caballo que parecía haber sido hecha con muy poco esfuerzo. Las botas que calzaba también parecían ser un poco grandes para ella. Tenia ambas manos cruzadas frente a ella sosteniendo una gran mochila. Sin embargo, aquello que resultaba más llamativo eran sus grandes ojos oscuros que estaban rodeados por unas ojeras que contrastaban enormemente en su pálido rostro. Aquella mirada causó que el joven se sintiera confundido. Sus ojos apuntaban hacia él, pero él no sentía como si lo estuvieran observando. Era como si solo mirara en su dirección, sin siquiera mirarlo. Era la mirada de alguien que realmente no quisiera tener que hablar con nadie.
- ¿Qué se le ofrece? – Preguntó sin darse cuenta de que acababa de hablarle como si se dirigiera a alguien mayor que él.
La chica no respondió. Ella siguió mirándolo por un rato antes de volver su mirada a su sudadera y meter la mano en su bolsillo. Entonces, extendió su delgada mano hacia él. Estaba sosteniendo un pedazo de papel que parecía ser una nota. Él tomó el papel y cuidadosamente lo desdobló. En el papel estaba escrito un nombre que él conocía bastante bien y debajo de éste, un número acompañado de una simple instrucción: “Por favor, llámame en cuanto leas esto”.
Él se quedó en silencio un momento, incapaz de entender lo que estaba sucediendo. Volteó hacia la chica frente a él esperando alguna explicación, pero ella, con la mirada perdida en algún lugar alrededor de la puerta, ni siquiera le prestaba atención.
- Espera un momento. – Le dijo él. Ella ni siquiera asintió.
Se dio la vuelta y entró a su casa sin siquiera recordar invitar a pasar a la extraña visita, aunque sea por simple cortesía. Sacó su celular del bolsillo y marcó el número que estaba escrito en la nota. Se escuchó un tono y tras unos segundos que a él le parecieron eternos, por fin la escuchó.
- ¿Hola? ¿Natel, eres tú? – Dijo una voz femenina al otro lado de la línea.
Al escuchar aquella voz después de tanto tiempo, la respiración de Natel se cortó de forma tan abrupta que tuvo que cubrir el teléfono con una mano para evitar que lo escucharan tratando de controlar su respiración.
- Hola Monique… ha pasado mucho tiempo. – Respondió él con cierta melancolía.
- Lo sé, en verdad fue mucho tiempo. Disculpa que te contacte de forma tan repentina.
- No te preocupes por eso. – Dijo él con voz seca.
Un incómodo silencio se prolongó por un largo rato. Natel no paraba de pensar en lo mucho que deseaba romper ese silencio y tratar de entablar una conversación normal con ella, pero otra parte de él, una muy orgullosa parte de él, lo detenía y le ordenaba mantenerse callado. Finalmente, del otro lado de la línea se escuchó un suspiro que denotaba cierta desesperación.
- Sé que la última vez que nos vimos las cosas no terminaron bien. Sé que quizá no estoy haciendo más que molestarte con todo esto. Pero en este momento enserio necesito tu ayuda y me gustaría que pudiéramos hacer las paces antes de pedirte algo. Por favor, no tengo a nadie más con quien acudir.
Aquella inesperada disculpa fue más de lo que su severa y falsa postura pudo soportar.
- Sin resentimientos. No es como si a mi me gustara estar enojado con alguien con quien compartí tanto. Si tú también estás de acuerdo con ello, sería lindo que pudiéramos volver a ser amigos. – Dijo Natel tratando de sonar lo más diplomático que su seca voz le permitía.
- Muchas gracias, no sabes lo feliz que me hace oír eso.
¿Qué quién es esta Monique? Bueno, no es nadie más que la exnovia de Natel. Una chica que conoció en un café durante su primer año de universitario. Después de algunas semanas frecuentando en el café (No por coincidencia, sino por obra de Natel y su plan de investigar los horarios en los que Monique pasaba por el lugar), se volvieron muy buenos amigos. Si bien es cierto que en un principio Natel se acercó a ella por un interés amoroso, después de convivir con ella y descubrir lo bien que se llevaban él pensó que no sería tan malo si simplemente siguieran siendo amigos.
Ya paso con ella la mayor parte de mis ratos libres, ya sea saliendo o mandándonos mensajes. Nos divertimos mucho juntos sin necesidad de ser pareja. No veo por qué quebrarme la cabeza pensando en llegar a más con ella. Esto era lo que Natel pensó en aquella época. Sin embargo, alguien no opinaba lo mismo. Para sorpresa de él, fue Monique quien le propuso a Natel comenzar una relación y él, sin pensarlo demasiado, aceptó. Fueron felices juntos por un tiempo, pero como ya se habrán dado cuenta, las cosas no terminaron nada bien entre ellos dos y cuando ella decidió mudarse, todo contacto con Natel fue cortado por completo.
- Entonces, ¿Qué es lo que necesitas? – Preguntó él con un sincero deseo de ayudar a una vieja amiga.
- Sé que lo que voy a pedirte te parecerá una locura y entendería si te negaras, pero de verdad necesito ayuda.
- Habla de una vez. – Dijo él sintiéndose cada vez más nervioso.
- De acuerdo. – Dijo ella finalmente. – ¿Ves a la chica que acaba de dejarte la nota?
Natel asintió con la cabeza como si Monique pudiera verlo y entonces ella siguió:
- ¿Crees que ella pueda quedarse contigo? Es solo por un tiempo…
- Espera. – La detuvo Natel. – ¿Te refieres a que quieres que ella se quede en mi casa? Pero si ni siquiera sé quién es.
- Lo sé, lo sé. Deja que te explique. Ella es mi prima. Ella vive en otro estado, pero por ahora necesita estar en la ciudad por un tiempo. Verás, no sé si lo hayas notado, pero ella está enferma y necesita ver a un especialista que trabaja en esa ciudad.
- Eh...
- Descuida no es nada serio ni contagioso. Lo último que quiero es molestarte, pero no tengo familia ni nadie más en esa ciudad que pueda ayudarme. Te lo suplico, si no lo haces por mí, por lo menos hazlo por ella, no tiene donde quedarse. Te prometo que no será una molestia económicamente hablando, ella tiene su propio dinero para comida y transporte. Solamente necesito que duerma en tu casa.
Natel se frotó los ojos mientras caminaba en círculos en su sala de estar pensando en una respuesta a aquella extraña e inesperada petición. Volteó a la puerta de entrada y una vez más vio a la peculiar chica parada en el umbral. Su mirada ahora estaba perdida en algún lugar dentro de la casa.
El departamento de una planta que alquilaba era pequeño, pero era cierto que tenía una habitación extra desocupada que planeaba que fuera ocupada por sus padres cuando lo visitaran. Sin embargo, la idea de tener a alguien desconocido viviendo en su hogar, en su castillo, en su refugio del hostil mundo exterior, hacía que se sintiera desconfiado. No pudo evitar pensar en que ella aprovecharía cuando él saliera de casa y robaría sus pertenencias para llevarlas a empeñar al banco.
- Claro, como tu colección de juguetes de los “Chocolatines sorpresa” vale tanto; no quieres perder algo tan caro. ¿O acaso tienes otra posesión valiosa en esta casa? – Dijo la molesta voz en su cabeza una vez más. – Tan solo mírala, ¿De verdad crees que esa diminuta chica te va a asesinar mientras duermes o algo así?
- Demonios, tenías que decirlo. Tú sabes lo paranoico que soy. – Dijo Natel respondiéndole a su molesto “yo” interior mientras cubría el micrófono de su celular. – Además, tu sabes lo escandaloso que es que una chica y un chico de la misma edad vivan solos en una misma casa.
- Ja ja ja, ahora me dirás que eso te molesta. Deja de hablar como un anciano y solo has este favor por Monique. ¿O acaso no quieres hacer las paces con ella?
Mientras maldecía a su molesto amigo imaginario, Natel apretó los puños y dio un golpe a la pared. Una vez que terminó su reflexión, cubrió una vez más el micrófono del celular y murmuró: ¿Por qué me tiene que pasar esto a mí?
- Está bien, lo haré. – Dijo él al teléfono en tono resignado. – Si no es por mucho tiempo no debe haber problema.
- ¡Perfecto! Te lo agradezco mucho.
- ¿Y cuál es su nombre?
- ¿Eh?
- Pregunté cuál es su nombre.
- Eh… su nombre, claro. – Respondió ella con algo de duda en su voz. – Se llama… eh… Nina.
- ¿Nina? Que nombre tan peculiar. – Exclamó Natel.
- Creo que tú no eres quién para quejarte de lo raro que es el nombre de alguien.
Ambos rieron un poco. La sensación fue muy agradable para Natel, pues habían pasado años desde la última vez que pudo bromear junto a la que fue su mejor amiga. Un repentino sentimiento de esperanza, cosa poco frecuente en él, iluminó el oscuro sendero de su mente al revivir por un momento la alegría de su “yo” del pasado.
- Hay una cosa más que necesitas saber. – Dijo Monique tornando su voz a un tono serio una vez más. – Ella por el momento no puede hablar. Puede escuchar a la perfección, pero no puede articular ningún sonido. Es por algo que tiene que ver con su enfermedad, no me contaron mucho al respecto.
- Gracias por decírmelo. No creo que vaya a ser un problema. – Dijo él pensando en lo mucho que detestaba tener que entablar conversación con desconocidos.
- Gracias otra vez por todo. En este momento tengo que colgar. De verdad espero que podamos vernos muy pronto.
- No tienes que agradecerlo. – Claro que tenía que hacerlo. – Yo también espero verte pronto.
- Hasta luego, cuida de ella. Yo… de verdad lo lamento. – Tras decir aquellas palabras con un hilo de voz, Monique colgó la llamada.

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