Desde muy pequeño supe que algo en mí no era normal, aunque durante años preferí creer que solo era suerte.
Tenía ocho años cuando mi pueblo comenzó a secarse. La tierra se agrietaba bajo nuestros pies, los cultivos morían y el aire era tan caliente que costaba respirar. Los adultos hablaban en susurros, como si temieran que incluso el cielo pudiera oírlos.
Yo no entendía del todo lo que pasaba, pero sí entendía una cosa: necesitábamos lluvia.
Aquella tarde me senté frente a la ventana, observando el horizonte gris y vacío. Cerré los ojos con fuerza y deseé, desde lo más profundo de mi pecho, que lloviera. No fue una súplica elaborada ni un rezo aprendido. Fue un deseo simple, casi desesperado.
Que llueva.
Al principio no pasó nada. Sentí una punzada de vergüenza por haber creído que algo así podía funcionar. Pero entonces el viento cambió. El aire se volvió más fresco y un murmullo recorrió el cielo.
Cuando el primer trueno retumbó, abrí los ojos sobresaltado.
La lluvia cayó poco después, pesada y abundante, empapando la tierra reseca como si nunca hubiera estado vacía. Mi corazón latía con fuerza mientras observaba las gotas deslizarse por el vidrio.
No supe qué sentir. Alegría, miedo… o algo muy parecido a ser escuchado.
La temporada de sequía terminó; sin embargo, el sol cubierto por las nubes dejó de iluminar cada rincón. La lluvia no paraba y, poco a poco, las calles se convirtieron en ríos. El ganado comenzó a desfallecer, ahogado entre los pastizales.
Aun sin saber el poder de mis deseos, una noche, sentado en mi cama, comencé a repetir para mí mismo:
—Que los días sean soleados, sin caer nuevamente en sequía. Que el aire sea fresco. Que mi pueblo ya no sufra.
Sorprendentemente, a la mañana siguiente una luz resplandeciente atravesó mi ventana y dio directamente en mi rostro. Al abrir los ojos, las partículas reflejadas en la luz del sol me parecieron mágicas. La mañana era fresca y agradable, y la lluvia se había detenido.
Sin darle importancia a que, una vez más, mis palabras se habían cumplido, me preparé para comenzar mi día. La tormenta había pasado y era tiempo de regresar a clases.
Durante los días de lluvia fue imposible asistir a la escuela; las clases habían sido suspendidas. Así que ahora era momento de volver. Deseaba con ansias ver a mis amigos, hacer mis tareas y retomar la rutina. El segundo grado de colegio es una de las mejores épocas.
El día en la escuela transcurrió de manera normal. Pude ver a mis amigos, a quienes no había visto durante todo ese tiempo de lluvias. Al terminar las clases corrimos rápidamente a la salida, compramos golosinas y comenzamos el camino de regreso a casa.
Al ser un pueblo pequeño, era normal que a los ocho años regresáramos solos. La escuela no quedaba lejos y el pueblo era un lugar donde todos nos conocíamos. Si no éramos amigos, éramos familia; y si no, al menos sabíamos el nombre de las personas. No había nadie desconocido allí.
Mi casa era la que quedaba más retirada de la escuela, así que en el camino cada uno de mis amigos iba llegando a la suya hasta que yo me quedaba solo. Aproximadamente tres calles eran las que tenía que recorrer sin compañía.
Durante ese trayecto dejaba volar mi imaginación. Me gustaba admirar las plantas a mi paso: verdes y llenas de vida. El camino aún no estaba pavimentado y, a los lados, había todo tipo de vegetación: pasto sin podar y árboles, algunos pequeños y otros enormes.
De vez en cuando veía una planta seca o a punto de marchitarse y, para mis adentros, comenzaba a imaginarla verde otra vez, llena de vida. La imaginaba frondosa, fuerte, hermosa. Deseaba que la naturaleza nunca muriera, porque en realidad lo era todo.
Y nuevamente volvía a suceder.
En ese camino que recorría de la escuela a casa, comencé a notar que aquellas plantas que alguna vez vi a punto de secarse ahora estaban llenas de vida, tal como las había imaginado. Sus hojas eran nuevas, brillantes, rodeadas de una sensación de frescura y fortaleza. Todo era exactamente como lo había deseado.
Sentí un leve calor en el pecho, una sensación extraña… pero no desagradable.
Creo que por esa época comenzaba a ser un poco más consciente de que mis deseos tal vez no se cumplían por simple casualidad.

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