El bosque estaba tranquilo de una forma engañosa, con esa quietud densa que precede a las tormentas que no solo traen agua, sino ceniza.
En medio de ese silencio, una mujer. Se arrodilló entre raíces húmedas, moviéndose con una parsimonia que rozaba lo ritual. Llevaba el cabello oscuro cortado de forma práctica pero desordenada como si no hubiese tenido un espejo al cortárselo, apenas le rozaba la nuca, evitando que las ramas se enredaran en él mientras se fundía con la penumbra del sotobosque. Sus dedos, finos pero acostumbrados al trabajo duro, apartaban las hojas con un cuidado extremo, como si el suelo mismo pudiera ofenderse si lo trataban con brusquedad.
Para ella, el mundo vegetal no era un objeto de estudio, sino una conversación constante. Reconocía las plantas por el tacto mucho antes que por la vista: la nervadura áspera de la ortiga muerta, el tallo liso y frío de la celidonia, y ese olor amargo, casi fétido, que quedaba impregnado en sus dedos tras el roce. Sus labios se movían apenas en un murmullo sin palabras completas, una vibración baja que parecía mantener a raya el silencio absoluto del entorno.
De pronto, algo se movió entre los helechos. Un conejito emergió con cautela, sus orejas tensas girando como radares orgánicos. Tenía el pelaje manchado de barro y los ojos como dos cuentas de rubíes cargadas de una desconfianza instintiva. Dio dos saltos torpes y se detuvo a mirarla. No huyó. La mujer, cuya expresión solía ser un mapa de cautela y aislamiento, sintió que sus facciones se relajaban. Fue una sonrisa pequeña, casi olvidada, una expresión que su rostro no había usado en tanto tiempo que se sintió ajena, casi dolorosa en su suavidad.
Pero la sonrisa murió antes de nacer del todo.
El bosque se tensó. No fue un sonido lo que la alertó primero, sino el cambio en la presión del aire. Los pájaros, en un estallido de pánico coordinado, alzaron el vuelo de golpe, sus gritos agudos desgarrando la paz de la tarde, cientos de alas taparon la poca luz que alcanzaba a emanar del sol a esas horas. Ella se puso en pie, con el corazón martilleando contra sus costillas.
El fuego apareció primero como un reflejo inquietante entre los troncos lejanos, un resplandor naranja que no pertenecía a la hora dorada del sol. Luego llegó el olor: paja quemada, madera vieja y el hedor químico de la desesperación.
Se acercó rápidamente a los bordes del bosque para observar. No entró al pueblo. Se quedó allí, oculta tras el tronco de un roble centenario, observando cómo su mundo conocido se desmoronaba nuevamente. El ruido ya era lo único que escuchaba: el choque metálico de las armas, voces que proferían órdenes brutales y un clamor que no era una pelea, sino una ruptura violenta del tejido de la vida. Vio cuerpos moviéndose como sombras distorsionadas contra el naranja del incendio; vio una antorcha lanzada con una rabia torpe que prendió el techo de la casa del panadero en segundos.
Entonces, en medio de la humareda que comenzaba a lamer los bordes del bosque, cruzó la mirada con alguien.
Era un desconocido. Era un error. Su figura recortada contra las llamas parecía la de un demonio emergiendo del averno. Fue un instante, un cruce de pupilas que la atravesó con más fuerza que el calor del incendio. Esa mirada no era de odio, sino de un reconocimiento gélido, una flecha directa a su propia existencia. El miedo, puro y líquido, inundó sus extremidades.
Sin pensarlo, dio media vuelta y empezó a correr. Ya no era la mujer que recolectaba hierbas con delicadeza; era una presa huyendo de un depredador que acababa de descubrir su rastro. La sangre corrió a sus extremidades más rápido de lo que su cerebro podía procesar lo que estaba pasando. Corrió entre las sombras, con la visión nublada por el pánico, y en su desesperación por alejarse del pueblo que ardía, sus pies tropezaron con un bulto pesado que yacía oculto entre los matorrales.
Cayó con un grito sofocado. Al girarse para ver con qué había tropezado, su mirada se oscureció. Sus pensamientos empezaron a correr en círculos concéntricos y el caos del pueblo pareció haberse mudado al interior de su cabeza, un estruendo de voces y fuego que le impedía razonar.
El bulto era una persona. El cuerpo estaba caliente. Vivo. Sangrante.
Retrocedió de inmediato, raspándose las palmas contra la tierra. Su mano fue instintivamente a la piedra afilada que llevaba oculta bajo sus faldas, una herramienta que en ese momento se sentía como un arma. El instinto fue claro, feroz, nacido de siglos de supervivencia: Mátalo. Al momento en que alzó sus manos para dar el golpe más fuerte que sus músculos le permitían llegó la voz.
Siempre la escuchaba. Siempre la obedecía. No era un grito exterior, más bien una presión insoportable dentro de su pecho como si el bosque mismo le hablara a través de la brisa que agitaba las hojas por encima de ellos. Era una orden que vibraba en sus huesos, una exigencia que ignoraba su miedo y su odio.
Sánalo.
—No —susurró ella, apretando la piedra con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos—. No ahora.
El hombre gimió. Fue un sonido bajo, roto, un ruego involuntario que escapó de entre sus labios entreabiertos. El mundo volvió a estrecharse, el humo del pueblo empezaba a filtrarse entre los árboles, quitándole el espacio para respirar. Ella cerró los ojos, luchando contra la voz, contra el bosque y contra sí misma.
Entre balbuceos y murmullos indistinguibles soltó la piedra. Con una fuerza nacida de la pura adrenalina, logró arrastrarlo por el suelo irregular, evitando los senderos marcados hasta llegar a su refugio. Era una pequeña cabaña oculta bajo un saliente de piedra y cubierta de hiedra trepadora, un lugar que nadie en el pueblo conocía, pero que tampoco le pertenecía del todo.
Una vez dentro, con la puerta atrancada y una sola vela parpadeando sobre la mesa de madera, el silencio regresó, pero era un silencio cargado de urgencia.
Por primera vez, la luz reveló el rostro del hombre. Era un joven de cabello rubio pálido, corto y rebelde, ahora apelmazado por el sudor y la suciedad. Su mandíbula era fuerte, aunque ahora estaba tensa por el dolor.
Al rasgarle la camisa, descubrió la herida: La herida se ubicaba en el flanco, justo en ese espacio vulnerable entre las costillas inferiores y el borde de la cadera. Era un tajo profundo, de bordes irregulares, que había desgarrado varias capas de músculo en el costado.
Ella contuvo el aliento mientras exploraba la zona con dedos firmes; por fortuna, el ángulo de la hoja había sido lo suficientemente oblicuo como para no perforar el peritoneo ni alcanzar los órganos vitales que se refugiaban tras la pared abdominal. Era una herida grave, de esas que el cuerpo no puede cerrar por sí solo. Sin tratamiento, su destino estaba sellado: si no moría desangrado en las próximas horas debido a la rotura de los vasos menores del flanco, la fiebre de la infección lo reclamaría antes de que terminara la semana, convirtiendo su costado en un nido de podredumbre.
El hombre estaba vivo solo por un capricho del azar, pero ahora su supervivencia dependía exclusivamente de la destreza de las manos de ella.
Comenzó el tratamiento. Sus manos se movían con una eficiencia mecánica que ocultaba su resentimiento. Lavó la herida con una decocción de corteza de sauce para calmar el fuego de la carne, aplicó emplastos de musgo y hierbas cicatrizantes que ella misma había secado durante el verano. No había tiempo que perder ni recursos que escatimar.
La noche pasó lenta, marcada por el sonido de la respiración errática del desconocido y el lejano crepitar del pueblo que terminaba de consumirse. Ella se mantuvo a su lado, no por compasión, sino por la obligación impuesta por esa voz que aún resonaba en su mente.
Cuando el alba empezó a despuntar, tiñendo de un gris pálido la entrada del refugio, el hombre se agitó. No fue un despertar tranquilo. Sus ojos se abrieron de golpe, cargados con una confusión violenta de un animal atrapado que recupera la consciencia en un territorio extraño.
Intentó incorporarse con un espasmo que le arrancó un grito ahogado mientras sus manos buscaban desesperadamente una defensa en el aire vacío. No tenia su cuchilla. Su corazón no paraba, golpeando sus costillas con un ritmo frenético que amenazaba con reabrir los puntos que habían sido colocados en su flanco. Supo que estaba en peligro incluso antes de ser consciente de lo que había ocurrido.
Diseño de personajes

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