«Toda mi vida viví en un mundo lleno de oscuridad, así que un día decidí que si quería ver la luz debía prenderle fuego a todo.»
Las penumbras de la casa y el hedor de la muerte acercándose hacían sentir a las ratas en su hábitat. Los finos rayos de luz de luna que entraban por la ventana eran lo único que me permitía distinguir el crucifijo sobre la chimenea de un puñal.
«El mal es una ley permanente. El mal es una ley permanente. El mal es una ley permanente.»
No había una puerta que separara el salón de la cocina, así que podía verla por completo desde el sofá en el que me encontraba. El olor a depravación se intensificaba cuando entraba por la puerta que daba al patio trasero. Nadie podía saber lo que hacía cuando no oía los deslices profanos de los incautos que se confesaban; esa era la razón por la que no usaba la entrada principal.
—Nam mundus, ubi immunditia penitus eradicatur — susurró, persignándose frente a la cruz sobre la chimenea.
Sonreí al oírlo, manteniendo las carcajadas que se asomaban por mi garganta, y encendí la estufa con un ligero movimiento de mis dedos.
—¡Dios! ¿Qué carajos…?
Corrió hacia la cocina al percatarse y apagó la estufa, dejando salir murmullos asustados. Me sentí como un depredador que jugaba con su comida antes de devorarla viéndola andar frente a mí sin notar mi presencia.
—¿Qué dirías si te digo que llegó tu hora de morir, Jude? —susurré.
Se volvió de inmediato, tratando de encontrarme entre las tinieblas. Pudé ver cómo tomó un cuchillo del portacuchillos de la cocina y lo escondió detrás de su espalda.
—¿Quién es? —balbuceó, asustado.
—Hola, Jude…
—Quién… ¿quién eres tú? ¿Por qué te escondes en la oscuridad? Déjate ver.
Encendí la chimenea, accediendo a su petición, y pude ver la túnica roja que llegaba hasta sus tobillos.
—Que me esconda en la oscuridad no significa que también me esconda de la luz o que no la haya visto ya, Jude.
Un gemido dejó sus labios al ver mi rostro.
—¡¿Por qué?! ¡¿Por qué llevas esa máscara?!
Reí e incliné mi cabeza lentamente hacia la izquierda.
—¿Qué? ¿Acaso le recuerdo a fantasmas del pasado, señor Jude?
—¡Maldito demonio! –gritó, superado por la histeria—. ¡Déjame en paz!
Sacó el cuchillo de atrás de su espalda y empuñándolo en mi dirección, empezó a correr. Incendié su mano antes de que pudiera llegar a la mitad del salón.
—¡Maldito demonio! —gritó, dejando caer el cuchillo—. ¡Maldito! ¡Maldito! ¡Maldito!
Desesperado, corrió al lavaplatos de la cocina, abrió el grifo y metió su brazo en el agua, sin parar de gritar.
—¡Maldito bastardo! ¡Arrepiéntete de tus pecados o lo pagarás en el infierno, quemándote de la misma forma que tú quemas a tu prójimo!
—Ya me quemé en el infierno lo suficiente, Jude. Ahora quiero que mis enemigos tomen mi lugar, empezando por ti. A no ser… que me digas cuál es el código del maletín.
Me levanté del sofá y comencé a caminar lentamente en su dirección.
—No te lo diré —espetó, con desprecio.
Sonreí.
—No, pero la marca en tu brazo sí.
Me detuve para tomar el cuchillo que dejó caer al suelo y tratando de reprimir una estridente risotada, lo contemplé entre mis manos.
—Maldito... Dios prometió que perdonaría a quien se arrepintiera de sus pecados, pero el diablo nunca se arrepiente.
Cuando dijo aquello no pude aguantar más. Empecé a reír a carcajadas. Sentía lágrimas aglomerarse en mis ojos por la intensidad con que lo hacía.
—«Dios prometió que perdonaría a quien se arrepintiera de sus pecados, pero el diablo nunca se arrepiente». Tienes razón, Jude. El diablo nunca se arrepiente y sabes ¿por qué?
La expresión en sus ojos se tornó de un terror inminente al ver que retomé mi caminar hacia su desfile.
—El diablo nunca se arrepiente porque piensa que si reza, aunque no se arrepienta, Dios lo perdonará…
—¡Aléjate! ¡Aléjate de mí, maldito demonio!
Presa del miedo, empezó a retroceder; no obstante, si se topó con la pared de la cocina y en vez de correr a otra parte, se dejó caer al suelo. Con su mano derecha, sacó un rosario de su bolsillo y empezó a rezar.
—Padre nuestro, que estás en los cielos. Santificado sea tu nombre. Venga a nosotros tu reino. Hazte tu voluntad…
Un pobre gorrión que decidió quedarse en su jaula, a pesar de que la puerta estaba abierta.
—Perdona nuestras ofensas como también nosotros…
A pesar de que estaba de pie frente a él, no se detuvo.
—… perdonamos a los que nos ofenden y líbranos del mal…
Antes de que pudiera terminar, le clave el cuchillo en el estómago.
—No le reces a él. Rézame a mí. Ahora yo soy el único que puede salvarte.
Emitió un quejido antes de mirar mis ojos a través de las aberturas de la máscara.
—Yo soy tu nuevo Dios.
Llegué a aquella casa abandonada en lo más profundo del bosque y entré. Las ventanas estaban selladas con tablas y las telarañas se aglomeraban en los rincones. Evitaba la luz de la luna que se colaba por los hoyos del techo desgastado al caminar ya la vez, contemplaba las figuras monstruosas que dibujaba sobre las sombras.
—¿El fuego purifica o destruye? —murmuré.
El eco de la madera crujiendo bajo mis pasos me recordaba cuan vacía era aquella casa, en la que me ocultaba en la oscuridad.
—¿El fuego purifica o destruye?
Caminé hasta el final del vestíbulo, tomé el corredor al fondo y entre a la última habitación. La puerta rechinó como los dientes de un león a punto de saltar sobre un ciervo.
—¿El fuego purifica o destruye?
Me aproximé al centro de la habitación, donde se encontró una alfombra raída y ocre, con una sonrisa que creció exageradamente hasta volverse una risotada. Levanté la alfombra lentamente y me encontré con un orificio en la madera, en el que introduje mi mano, impaciente. Adentro se encontró un maletín plateado que tomé con ojos desorbitados.
—¿El fuego purifica o destruye?
Coloqué el maletín en el suelo e ingresé los dígitos «1-1-0-3-3-3» en la cerradura. Este abrió al tiempo que yo reía, eufórico, dejando al descubierto una pila de carpetas color café y con ellas, una libreta negra que ponía: «Desapariciones del Hospital Psiquiátrico de Krah's Town. Bitácora del detective Robert Fern».
—¿El fuego purifica o destruye?
Primera página:
22 de enero de 1979
Fueron registradas veinte desapariciones de adolescentes varones entre ocho y diecisiete años, internos del Hospital Psiquiátrico de Krah's Town. Mi compañero y yo seremos transferidos a la comisaría de Krah's, como detectives de la Unidad de Personas Desaparecidas del condado de Hampden. Nuestro tren partirá mañana, a primera hora. (…)
En una de las últimas páginas estaba la foto de una mujer y junto a ella lo siguiente:
Pueblo de Alcaldesa de Krah, Brighid Eide. Principal sospechosa de las desapariciones en el Hospital Psiquiátrico de Krah's Town.
—Destrucción. Es el único propósito del fuego, Brighid Eide…
De pronto, recordé lo que Jude Haug me dijo antes de morir: «Aquel que se atreva a desafiar a Dios está condenado al infierno».
Reí a carcajadas una vez más.

Comments (0)
See all