Cuando Sven abrió los ojos, el ajetreo de la noche lo envolvió de inmediato.
Las voces de sus guardias se mezclaban con choques de acero y rugidos incomprensibles, formando un estruendo que su mente infantil no lograba descifrar.
Las noches en Delphen solían ser silenciosas y arrulladoras. Por eso, al principio, no comprendió lo que estaba ocurriendo.
Las puertas de su alcoba se abrieron de par en par. Un grupo de soldados lunares lo alzó con brusquedad y comenzó a escoltarlo mientras se gritaban órdenes entre ellos. Sven apenas tuvo tiempo de aferrarse a la tela de su camisón antes de ser arrastrado fuera de sus aposentos.
Al cruzar los pasillos, el aire cambió. Olía a hierro y a cenizas.
Entre los cuerpos caídos reconoció al guardia que le había enseñado a montar su pegaso. La imagen le dejó un vacío helado en el pecho. Su pensamiento voló de inmediato hacia su madre.
—Mamá… —susurró.
Corría rodeado de soldados que no lo guiaban, sino que lo empujaban. Giraba su cabeza desesperado, buscando entre el caos el rostro familiar de alguno de sus padres.
No encontró a ninguno.
Los salones reales estaban tapizados de cuerpos. Los soldados lunares luchaban con desesperación contra aquello que había desatado el caos: criaturas hechas de la misma noche, formadas por magia oscura. Sus cuerpos parecían absorber la luz, y sus ojos, como tizones ardientes, no mostraban rastro alguno de humanidad. Se abalanzaban sobre la guardia real con zarpazos salvajes, como bestias creadas solo para devorar la luz.
Entonces, trompetas resonaron en la distancia.
Al salir del castillo, Sven distinguió los cascos dorados del ejército de Diodain. Los había visto llegar muchas veces como invitados de honor, pero esta vez no hubo presentaciones ni galas. Los soldados entraron al combate sin dudar, y al frente de ellos marchaba el rey Apoleon, envuelto en el fragor de la batalla.
Sven dio un paso instintivo hacia él.
Antes de que pudiera avanzar, alguien le colocó una capucha que ocultó su cabello de plata y lo empujó con urgencia hacia una carroza pequeña, discreta, muy distinta a cualquiera que hubiera usado antes. Dentro, el niño se incorporó, intentando divisar entre la confusión a alguno de sus padres.
Solo vio una amalgama borrosa de acero, fuego, hechizos y sombras.
El vacío en su pecho se volvió insoportable. Su garganta se cerró.
—Mamá… —repitió, apenas audible.
En un impulso desesperado, estuvo a punto de saltar del carro cuando otro soldado arrojó dentro a otro niño. Este llevaba abrazada una pequeña criatura azul y dos grandes bultos que lo hicieron caer de espaldas. El golpe resonó seco.
Un soldado golpeó con fuerza el frente de la carroza y pronunció una sentencia cruel:
—Los reyes están muertos. El reino ha caído.
El cochero azotó las riendas. Los caballos avanzaron con sigilo por un camino sinuoso que se internaba en el bosque, perdiéndose en la oscuridad de la noche.
Los ruidos de la batalla se fueron apagando poco a poco, hasta que solo quedó el golpeteo del trote sobre la tierra y el sollozo ahogado de un niño.

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