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Ice and fire. (Español)

Ojalá exista el cielo. (Parte 1)

Ojalá exista el cielo. (Parte 1)

Jan 03, 2024

Ojalá exista el cielo — Parte 1

—¡A comer!

La madre de John llamó desde la puerta de la cabaña, con un paño entre las manos. En el terreno junto a la casa, John y su hermana Cleir seguían entrenando.

—¡Ya vamos! —respondió él, sin apartar los ojos de la espada de su hermana.

Cleir alzó una ceja.

—Eso dijiste la última vez.

—Un intento más —pidió John, acomodando los pies.

Las hojas secas crujieron bajo sus botas cuando avanzó. Tenía el cabello negro pegado a la frente por el sudor y sostenía su espada de madera con ambas manos. Frente a él, Cleir esperaba con una hoja de acero inclinada hacia el suelo. Se había recogido el cabello rubio, aunque varios mechones se le habían soltado durante la práctica.

John miró su hombro izquierdo e intentó atacar por el derecho.

Cleir desvió la estocada con un movimiento corto. Antes de que él pudiera recuperar la posición, le dio un golpe controlado en el estómago y barrió su pierna adelantada.

John cayó de espaldas. Durante unos segundos se quedó mirando el cielo, intentando recuperar el aire.

Su hermana se inclinó sobre él.

—Has mejorado.

—Qué bien disimulas —murmuró John, todavía sin aliento.

Cleir sonrió y le ofreció una mano. Él se incorporó por su cuenta, sacudiéndose las hojas de la ropa.

—Sabías hacia dónde iba —dijo.

—Miraste mi hombro antes de atacar —explicó Cleir.

—Para distraerte.

—Entonces tendrás que distraerme mejor.

John recogió su arma. Tenía una muesca nueva cerca de la punta; la examinó con el pulgar antes de levantarla otra vez.

—Puedo hacerlo.

Cleir observó cómo intentaba disimular su respiración agitada.

—Baja la espada. Por hoy terminamos.

—No estoy cansado —replicó él.

La mirada de Cleir descendió hacia la empuñadura.

—Te tiembla la mano.

John apretó los dedos alrededor de la madera.

—Llevas más de veinte años en el ejército de la capital. Yo apenas llevo cinco entrenando contigo.

—Y a los diecisiete yo también terminaba en el suelo —respondió ella, guardando su espada

John la miró, desconfiado.

—Nunca me contaste eso.

—Nunca me preguntaste.

Cleir se acercó para quitarle una hoja seca del cabello.

—El último ataque fue mejor. Pero adelantaste demasiado el pie. Si fallas, tienes que poder retroceder.

John bajó la vista hacia sus botas. Repitió el movimiento, esta vez sin lanzarse tan lejos.

—Así —confirmó ella.

Desde la cabaña llegó el olor de la comida. La madre de los hermanos seguía en la puerta.

—Si necesitan que vaya a buscarlos, avisen. También puedo llevar una espada.

Cleir soltó una carcajada.

—Ya escuchaste, John. Contra ella no pienso ayudarte.

Él dejó escapar una sonrisa y apoyó el arma de madera sobre su hombro.

Mientras caminaban hacia la casa, miró la espada que Cleir llevaba al cinto.

—¿Cuándo voy a entrenar con una de verdad?

—Cuando aprendas a parar antes de caerte de cansancio —respondió ella, con una sonrisa.

John frunció el ceño.

—Siempre tienes una excusa.

—Y tú siempre tienes prisa. —Cleir le dio un pequeño empujón en el hombro—. Vamos, mamá nos está esperando.

John iba a responder, pero una explosión sacudió la aldea.

El suelo vibró bajo sus pies. Una de las ventanas de la cabaña golpeó contra el marco y, más allá de los tejados, se levantó una columna de polvo.

Cleir sujetó a John por el brazo.

Los dos esperaron un instante. Después llegaron los gritos.

—Quédate dentro y aléjate de las ventanas —ordenó Cleir a su madre.

La mujer miró hacia el humo.

—¿Qué está pasando?

—Voy a averiguarlo —respondió Cleir.

Echó a correr hacia la entrada de la aldea. John la siguió antes de que pudiera impedírselo.

En el camino se cruzaron con un hombre que llevaba a una niña en brazos. La pequeña lloraba, cubierta de polvo. Detrás de ellos, un carro volcado bloqueaba parte de la calle.

Los hermanos se detuvieron junto a la esquina de una casa.

La entrada de la aldea había quedado destrozada. Entre los restos de madera avanzaban soldados con armaduras oscuras. Más lejos, sobre el camino, se distinguían catapultas y filas de hombres que se extendían hasta perderse detrás del humo.

Sus estandartes eran azules y llevaban la figura de un dragón. Una de las telas se desplegó con el viento y John alcanzó a leer las palabras bordadas bajo el emblema:

«El Norte conquista».

Recordó las historias de los mercaderes que pasaban por la aldea. Tierras heladas, fortalezas remotas, ejércitos de un reino que algunos aseguraban desaparecido. Siempre había querido saber cuánto había de verdad en aquellos relatos.

Cleir lo hizo retroceder antes de que pudiera asomarse más.

—No salgas de aquí.

Su expresión había cambiado. John buscó en ella la seguridad con la que lo corregía durante los entrenamientos, pero su hermana observaba el camino y las calles laterales.

—Son los del Norte —murmuró él—. ¿Verdad?

Cleir no respondió.

Un aldeano intentó detener a los primeros soldados con una herramienta de campo: un mango largo de madera terminado en tres dientes de hierro. John lo conocía; alguna vez lo había ayudado a reparar una cerca.

El hombre gritó algo que se perdió entre el ruido. Uno de los invasores apartó la herramienta con su escudo y lo atravesó con la espada.

John se quedó inmóvil.

El soldado retiró la hoja y siguió avanzando. El aldeano cayó junto a la cerca del camino.

Cleir sujetó a John por los hombros y se colocó frente a él, tapándole la vista de la calle.

—John, mírame.

Él levantó los ojos hacia el rostro de su hermana.

—Ve a buscar a mamá —le indicó Cleir.

John abrió la boca, pero no consiguió hablar.

—Llévala por el sendero detrás de casa. Aléjense del camino principal.

—Pero tú… —John intentó mirar por encima del hombro de su hermana.

—Voy a ayudar a estas personas —respondió ella.

Desde la calle llegó el grito de una mujer. Cleir volvió la cabeza y sacó su espada.

—¡Corre! ¡No mires atrás!

John obedeció.

Atravesó la calle esquivando a quienes huían en dirección contraria. El ruido de otra explosión lo hizo encogerse, pero siguió corriendo. Todavía llevaba la espada de madera en la mano; la sujetaba con tanta fuerza que le dolían los dedos.

La cabaña apareció al final del sendero.

Su madre seguía allí. Tenía que llegar, explicarle lo que había dicho Cleir y llevarla lejos.

A pocos pasos de la puerta, John se volvió.

Su hermana no venía detrás de él.

Intentó distinguirla entre la gente. Vio a dos niños corriendo, una mujer que arrastraba un saco y un anciano apoyado en otro hombre. Más allá, el humo cubría la calle.

Podía entrar. Su madre lo esperaba.

Otro grito llegó desde el centro de la aldea.

John dio un paso hacia la casa y se detuvo.

Cleir se había quedado frente a aquel ejército. Si le ocurría algo y él ni siquiera intentaba ayudarla…

Se quedó unos segundos entre la puerta y el sendero. Luego apretó los dientes y regresó por donde había venido.

La encontraré y volveremos juntos.

Corrió hacia la iglesia, donde varios aldeanos estaban buscando refugio. Un grupo de hombres se había reunido con herramientas y palos; discutían sin ponerse de acuerdo sobre dónde resistir. Cerca del pozo, una mujer llamaba a su hijo una y otra vez.

John pasó junto a una cesta caída. Las manzanas rodaban sobre el suelo y nadie se detenía a recogerlas.

Encontró a Cleir frente a la iglesia.

Sostenía abierta la puerta que conducía al sótano mientras una familia bajaba por la escalera. Una niña se había detenido en uno de los primeros peldaños, aferrada al vestido de su madre.

—Sigue con ella —le dijo Cleir a la pequeña—. Abajo estarás a salvo.

La niña continuó bajando. Cleir indicó a un muchacho que ayudara a un anciano y después miró hacia la calle.

Los soldados ya estaban cerca.

Uno derribó de una patada la puerta de una vivienda. Otro alcanzó a un hombre que intentaba escapar y lo hizo caer. John apartó la mirada antes de ver el siguiente golpe.

Su hermana lo descubrió junto al muro de la iglesia.

—¿Dónde está mamá?

John se detuvo. Miró hacia el sendero por el que acababa de llegar, sin responder.

Cleir comprendió.

—Te dije que fueras a buscarla.

—Vine por ti —respondió él—. Podemos volver juntos.

—Todavía hay personas aquí.

John señaló la entrada del sótano.

—Entonces te ayudo y…

—John.

El tono de su hermana lo hizo callar.

Cleir miró la espada de madera que él llevaba en la mano. Después se acercó lo suficiente para hablarle sin gritar.

—Necesito que hagas lo que te pedí.

John quiso insistir. Desde allí veía la sangre sobre el camino y las espadas que se acercaban. Buscó alguna manera de ayudar, algo que demostrara que podía quedarse.

No se le ocurrió nada.

Cleir regresó a la entrada del sótano para recibir a los últimos aldeanos. John permaneció junto al muro, incapaz de decidirse a partir.




A unos cuarenta kilómetros de la aldea, en una posición bajo control del ejército del Norte, el capitán de un escuadrón de lanzadores de jabalinas observaba el horizonte.

Una cicatriz le atravesaba la mejilla. Al oír un estruendo distante, se volvió hacia los hombres que esperaban detrás de él.

—Traigan a Peters.

El soldado salió de entre las filas. Era joven, de cabeza rapada y brazos gruesos. Su armadura negra llevaba detalles azules y el emblema del dragón en el pecho.

Se detuvo frente al capitán.

—A sus órdenes.

—Encontramos a la Espada Lunar de Kateran —anunció su superior.

Peters miró hacia el horizonte.

—¿Aquí?

—En la aldea que están tomando nuestras tropas de avanzada.

El capitán alzó una mano frente a sus ojos.

—Vissions.

Un círculo de energía se formó ante su rostro. A través de él pudo distinguir el terreno distante como si lo tuviera cerca. Ajustó la visión hasta encontrar el camino, después las casas y, por último, la iglesia rodeada de humo.

Apretó la mandíbula para mantener estable la imagen. Con la energía que le quedaba, podía observar hasta unos cincuenta kilómetros. La aldea estaba dentro de su alcance.

Vio a una mujer rubia junto a una puerta. Llevaba una espada desenvainada y estaba haciendo bajar a varios civiles por una escalera.

El capitán sonrió.

—Ahí estás.

Peters recibió una jabalina de uno de sus compañeros. La sostuvo por el centro y comprobó su peso.

—¿La ubicación, capitán?

—A tu izquierda. Cerca de la iglesia. Yo te indicaré hacia dónde apuntar.

El capitán siguió observando mientras Peters se quitaba la armadura. Las placas cayeron sobre la tierra con golpes secos. Los soldados próximos se apartaron para dejarle espacio.

Peters plantó los pies y llevó el brazo hacia atrás.

Los músculos de sus hombros se tensaron. Bajo sus botas, la tierra empezó a ceder; unas grietas se extendieron entre los terrones.

El capitán ajustó las indicaciones sin apartar la vista del círculo.

—Un poco más a la izquierda. Eleva la punta.

Peters obedeció. Su respiración se volvió lenta y pesada mientras concentraba su fuerza.

A través de Vissions, el capitán vio a Cleir apartarse de la puerta del sótano. Cerca de ella había un muchacho con una espada de madera.

Esperó hasta que la mujer se detuvo.

—Ahora.

Peters giró el cuerpo y lanzó la jabalina.

El impulso quebró el suelo bajo su pie adelantado. Una ráfaga levantó polvo alrededor de los soldados y el proyectil desapareció de su vista antes de que pudieran seguir su trayectoria.

El capitán mantuvo la visión fija en la iglesia.

A cuarenta kilómetros de allí, Cleir todavía intentaba convencer a su hermano de que regresara a casa.


andrezarzuaga
Andrexenx

Creator

#tragedia #Tragic #Accion #Fantasia #lucha #perseverancia #Reinos #fantasia_medieval #triste #Feliz

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gato_alien
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La trama que se muestra en este primer capítulo es buena, espero que autor@ continúes con la historia, esque ya me clave y nesesito saber que ocurre después (aunque no sea en esta plataforma)

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