El tenue brillo de la luna llena se filtraba entre la espesa capa de niebla que cubría por completo la ciudad de Sevilla en la madrugada de enero de 1612. Otorgándole un aspecto casi fantasmal a las estrechas calles que, desde el día anterior, habían quedado enlodadas por culpa de una feroz tormenta invernal que cayó sobre toda la ciudad. Causando innumerables estragos en ambos lados del río Guadalquivir; cuyas aguas, han separado desde tiempos antiguos a la imponente ciudad amurallada del humilde barrio de Triana.
En este lugar, más específicamente en la calle conocida como La Cava de Los Gitanos. El silencio que se sentía en el ambiente fue interrumpido por el tañido de las campanas del convento de Nuestra Señora de La Consolación. Sobresaltando repentinamente a tres figuras que, hasta ese momento, se estaban moviendo furtivamente por delante de la antigua fachada del convento de las monjas.
El trío respiró aliviado, todo había sido una falsa alarma. Y retomó su camino por la sucia y enlodada calle, armados de valor por hambre y el frío. Llevando bajo los brazos varios sacos vacíos de arpillera que debían utilizar cuando llegaran a su destino
Cualquier alguacil decente habría detenido aquellos tres por su andar sospechoso, de no ser porque el más alto de ellos medía apenas 12 centímetros de estatura, y estaba cubierto por un bonito pelaje gris y una gruesa capa de lana marrón que le ayudaban a pasar desapercibido. Por lo menos, ante los ojos humanos, que no estaban hechos para ver en la oscuridad.
Y es que la vida siempre ha sido (y será) muy complicada para los roedores. Estas pequeñas criaturas, habían logrado crear una sociedad exitosa paralela a la humana, pero muy dependiente de ésta última para la obtención de muchas materias primas. Que los mismos roedores, muy diligentes, aprendieron a trabajar observando a los humanos desde lejos. Por lo que era muy común verles vestidos con ropas minúsculas, muy acordes a la moda de la época o ejercer los mismos oficios que sus pares homínidos. A pesar de todos estos grandes logros, los ratones seguían teniendo una tasa de mortalidad muy alta, por tratarse de criaturas muy pequeñas y codiciadas por los carnívoros de mayor tamaño. Que los veían como una abundante fuente de proteínas envueltas en ropas de algodón o lino.
La muerte era algo que siempre se tomaba en cuenta al salir de la madriguera. Y por eso, los tres ratones se escondieron rápidamente detrás de una cesta de caña que alguien había dejado olvidada en frente de la puerta de su casa, cuando escucharon unos pasos detrás de ellos. El más intrépido de ellos, un roedor de pelaje pardo claro que respondía por el nombre de Juan asomó un poco la cabeza para ver quiénes eran; y así, evaluar la posibilidad de huir con sus amigos, en caso de ser necesario.
Lo primero que llamó su atención fueron dos luces amarillas que iluminaban tenuemente la niebla que le envolvía con un brillo anaranjado. Ambas, eran llevadas por un par de siluetas gigantescas, que caminaban con calma y silencio por la sucia calle en dirección hacia el Castillo de San Jorge. Como Juan no era un roedor supersticioso que creía en la existencia de fantasmas, dedujo rápidamente que se trataban de dos hombres que cargaban consigo faroles de mano para poder ver en la oscuridad. Y al juzgar por las siluetas de sus indumentarias, podrían tratarse de dos alguaciles que están realizando sus rondas nocturnas.
Juan levantó una mano para indicarle a sus amigos que no hicieran ruido. Quería escuchar mejor, y comprobar con sus agudos oídos si había alguien más en la calle. Otro hombre quizás, o peor aún, una fea bestia de 4 patas, babosa y de nariz húmeda, que desde tiempos inmemoriales ha obedecido ciegamente a los humanos a cambio de sobras.
Los problemas que causaban los perros a los roedores dependían mucho de las razas de estos: Los alanos y los mastines, eran gigantes orgullosos que solían ignorar a los ratones como él, al no considerarles dignos oponentes. Ellos nunca perderían su valioso tiempo en perseguir a roedores como él, porque están muy ocupados persiguiendo lobos, soldados enemigos o malhechores. Por el contrario, los podencos, los galgos y demás perros de tamaño pequeño, contaban con todo el desprecio de Juan, al ser engendros demoníacos de silueta esbelta, creados en el infierno por el mismo Lucifer para aterrorizar a los roedores devotos como él.
Para alivio suyo y Gloria de Dios, no había perros a la vista. Tanto Juan como sus amigos, esperaron pacientemente que los alguaciles se alejaran lo suficiente de ellos para animarse a hablar en voz baja y decidir los siguientes pasos:
—Tenemos que cruzar la calle. —Dijo Juan señalando un punto en la neblina.
—¿Estás seguro de eso, Juan? —Preguntó Diego, un ratón de campo regordete con tono preocupado mientras apretaba alrededor de sus brazos por el frío —Podríamos esperar a que pase un sereno por la calle para que nos guíe.
—¿No te has enterado del rumor? El sereno murió ayer, lo arrastró la lluvia. —Respondió Juan extrañado.
—¿¡En serio!? —Preguntó Diego incrédulo alzando la voz.
—¡Sí, y baja la voz, por favor! —Interrumpió Eugenio mirando hacia los lados nervioso. Temiendo que un gato saliera de la nada para atacarles.
—Ya te dije que esta noche andábamos por nuestra cuenta, Diego. Y yo prefiero cruzar la calle a perder un pedazo de mi cola en alguna casa como tú —Recalcó Juan sonriendo con sorna mientras miraba a su amigo a los ojos.
Diego se estremeció al recordar aquel doloroso momento, cuando el filoso cuchillo de una mujer cortó un tercio de su cola de un tajo. Y todo porque había pensado que era buena idea ir a robar sobras frescas en su cocina a plena luz del día. Miró a Juan con vergüenza y rabia contenida, sin darse cuenta de que estaba apretando el largo muñón que le había quedado con sus manos. A Diego no le faltaron ganas de meterse con el honor de la madre de Juan, pero prefirió cerrar la boca para no llamar la atención de los gatos de la zona, y cruzó la calle para demostrarle a sus dos amigos que no tenía miedo.
Sorprendidos por la reacción, Juan y Eugenio no tardaron en imitarlo. Ambos se adentraron en la neblina corriendo, usando sus agudas narices para seguir el rastro de olor de Diego; que poco a poco, se fue mezclando con el dulce aroma del pan recién horneado y de otros roedores como ellos.
—¡Ten más cuidado, gaznápiro! —Chilló una ratona anciana molesta luego de que Juan chocara con ella por accidente.
Juan se disculpó con aquella desagradable cosa encorvada y sin pelos; pero ella, ya sea por sordera o por achaques de la edad, siguió escupiendo insultos por su boca. Eugenio jaló a Juan por la manga de su jubón para alejarlo de la anciana, que resultó ser uno de los tantos roedores que estaban haciendo fila para entrar al obrador y comprar el pan.
Al igual que los humanos, la creación de una pequeña masa que se cocinaba con el calor de fuego asentó las bases para que los roedores crearan sus propias civilizaciones. Aunque no fue un invento original, sino el resultado de siglos de observación, de imitación y de convivencia paralela con los homínidos. Los roedores podrían ser muy pequeños, pero eran muy listos, y aprendieron a mantener ocultos sus logros de la peligrosa mirada de los hombres. Como el obrador, que fue construido entre las paredes del taller en donde se encontraban los hornos humanos, y del que se podía acceder entrando por unas madrigueras que se ubicaban en un estrecho callejón lleno de escombros.
—Mira, allá está Diego. —Señaló Eugenio al ratón que ya estaba aguardando en el penúltimo puesto de la cola con muy mala cara, mientras escuchaba en silencio a una gorda rata marrón, cuyas calzas blancas estaban completamente manchadas de barro.
—Intenté atravesar el convento pasando por los túneles, pero también estaban anegados. —Escucharon decir a la rata hastiada mientras se movía al ritmo de la fila — Le pregunté a varios roedores por el sereno de la zona, pero me dijeron que al pobre se lo tragó el río que lodo que se formó en la calle durante la tormenta
—¡Todos los años es igual! —Exclamó una ratona molesta que estaba delante de Diego, y de la que sólo se le podía ver el hocico por la gruesa capa de lana negra que le cubría de las patas a la cabeza — ¡Los túneles se inundan con las lluvias y los inútiles del cabildo no hacen nada para solucionarlo!
—Y en el mentidero me comentaron que los drenajes hacia el río estarían listos en primavera. — Comentó la rata escéptica— Los gatos harán un festín con nosotros este invierno.
Juan y Eugenio saludaron a Diego con la cabeza, y se colocaron justo detrás de la rata gorda para hacer la fila. Alguien abrió las puertas del obrador desde dentro, mientras 6 ratas alguaciles vigilaban atentamente desde varios puntos del callejón el ingreso de los clientes, con caras de muy pocos amigos. Algo que a la ratona le restó importancia, porque empezó a subir el tono de voz para hacer más evidente su molestia. Cosa que incomodó mucho a los presentes.
—¡Esas son patrañas, nadie hará nada!¡El regente puesto por el rey es un inútil al igual que Su Majestad! —Chilló la ratona luego de ignorar los comentarios que hizo la rata enlodada en voz baja, que le rogaba ser más discreta con sus comentarios.
El eco de aquellas palabras rebotó entre las paredes del callejón por unos largos segundos, antes de que el ambiente se cargara de un tenso silencio que incomodó a los presentes. No estaba muy bien visto hablar mal de los políticos en público, mucho menos cuestionar las decisiones de Su Majestad delante de las autoridades, que ya estaban caminando con paso firme hacia la enfurecida ratona. Si una rata de por sí ya intimidaba a otros roedores por su enorme estatura, verlas uniformadas de negro y armadas hasta los dientes, era algo que siempre le congelaba la sangre a la mayoría de la población civil.
—¿Tiene usted algún problema, señora? —Preguntó el oficial de mayor rango, una rata con dos cicatrices en el rostro: una cruzando que le cruzaba el ojo izquierdo y otra en el hocico. La rata negra llevaba puesta la indumentaria propia de su oficio, que destacaba por la capa española que colgaba de sus hombros y un chambergo negro adornado con unas plumas marrones. Probablemente procedentes del plumaje de algún desdichado gorrión, que murió en manos del gremio de sombrereros para obtener sus valiosas plumas. Pero lo que destacaba sobre aquella figura totalmente negra era la golilla de algodón que rodeaba su cuello, por su pulcro color blanco.
El manto que cubría a la ratona cayó sus hombros cuando echó su cabeza hacia atrás para ver la cara del alguacil. Quien la observaba con la típica mirada inexpresiva de alguien que no se sorprendía por nada, porque ya se había acostumbrado a ver mucha mierda a lo largo de su vida.
La ratona miró con miedo al otro alguacil y a sus armas enfundadas, y respondió con voz temblorosa:
—N-no, señor.
—Entonces cierre el hocico o la saco a patadas de la fila. —Le dijo él con voz grave, inclinándose para acercar su rostro al de ella —¡Los demás, moveos! —Ordenó en voz alta al darse cuenta de que ya no quedaban más roedores esperando; salvo Juan, Diego, Eugenio y la rata regordeta.
Los cuatro roedores entraron sin chistar a la madriguera, quedando la ratona de última por orden directa del jefe de los alguaciles, quien debía recordarle a la alborotadora cuál era su lugar. Parecían chiquillos huyendo del castigo de un profesor, mientras miraban de reojo a la ratona que comenzó a seguirles unos segundos después con los ojos cargados de lágrimas.
El calor que provenía del obrador los recibió como si se tratara del dulce abrazo de una madre, sensación que se esfumó cuando se dieron cuenta de las miradas de fastidio y enojo que le dirigieron los trabajadores del lugar; que, al parecer, contaban con que habían atendido a los se acercó a ellos cargando un enorme cesto repleto de bollos de trigo para hablarles con tono seco:
—Sólo 3 panes por roedor. —Comentó él sin saludar, dejando el cesto sobre un mesón de madera destinado a mostrar los productos horneados del obrador.
—¿Qué? —Preguntaron algunos confundidos.
—¿Por qué? —Preguntó molesta la rata que se había vuelto a colocar detrás de Diego.
— Órdenes de Su Majestad, las lluvias inundaron las bodegas donde estaba almacenada la harina, y hay que racionar lo que hay disponible hasta nuevo aviso.
— Lo que faltaba…—Murmuró Juan frustrado.
— A nosotros tampoco nos hizo mucha gracia la medida, pero este año la cosecha fue muy mala para los humanos, y cuesta mucho conseguir trigo sin que ellos se den cuenta. —Se excusó el topillo cansado de repetir lo mismo, una y otra vez a cada roedor que llegaba a su taller.
— Vale, me los llevo. —Cortó Diego fastidiado por la verborrea del panadero, mientras buscaba el bolso que llevaba debajo de su capa.
— Veintiún maravedíes. — Respondió el panadero
Todos miraron al panadero con los ojos abiertos como platos. Y no era para menos, el precio del pan pasó de costar tres monedas de cobre por pieza a siete en menos de veinticuatro horas ¡Qué horror! Los políticos, los comerciantes y los recaudadores de impuestos debían creer que los roedores tenían en sus madrigueras, algo así como una fuente mágica que producía monedas. Porque no dejaban de exprimir a los pobres que se partían el lomo trabajando de sol a sol.
Diego contó de mala gana las monedas y se las entregó al panadero, tentado con la idea de volver a robar comida en las casas humanas como si fuera un animal salvaje. En cambio, la rata gorda, se indignó con lo que consideraba un abuso y giró sobre sus talones para largarse de allí, murmurando insultos hacia los panaderos y la corona.
Juan y Eugenio lo pensaron por unos segundos, pero prefirieron guardar su indignación en un bolsillo y seguir el ejemplo de Diego. Ninguno iba a llegar a sus casas con las manos vacías solo por haberse enojado con un panadero abusivo.

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