Advertencia sobre contenido: Esta novela contiene escenas de violencia y situaciones que pueden resultar perturbadoras para algunos lectores. Por lo tanto, se recomienda discreción al leer, y se sugiere que el público objetivo sea mayor de 16 años. El contenido de esta obra es exclusivamente ficticio y no refleja necesariamente las opiniones ni creencias del autor.
Todo comenzó con una rasgadura, una grieta en la pureza del blanco absoluto. Desde ese quiebre emergió la oscuridad primordial, que eclipsó la blancura con su presencia y solo quedó oscuridad.
En ese vasto abismo de sombras, me encontré perdido, sin comprender mi propia existencia. Flotaba sin rumbo, envuelto en un vacío inexplicable. ¿Qué era yo en medio de esta negrura? ¿Qué significaba este lugar en el que me encontraba?
«¿Qué soy? No lo sé, ¿Qué es este lugar? Tampoco lo sé. Solo sé que existo… Yo, ¿por qué?»
Me hice estas preguntas una y otra vez, mientras deambulaba por la oscuridad que me rodeaba. Entonces se me ocurrió una idea. Más que una idea, fue un acto tan efímero y sin tanta voluntad o eso pensé.
Formé un montículo.
Cómo lo había creado? La pregunta resonaba en mi mente sin respuesta alguna. Decidí seguir experimentando. Con esfuerzo y paciencia, moldeé el montículo hasta convertirlo en una esfera vacía y oscura, apenas con un leve destello en su interior.
Creé otra esfera, más grande y más brillante. Iluminó todo lo que la rodeaba.
Creé una especie de muñecos a los que controlé como marionetas. Me resultaba un juego divertido, pero aún me sentía insatisfecho.
No sé cuánto tiempo llevo existiendo, pero fue hace mucho cuando todo empezó.
No un universo, sino cientos. Hubo errores, pero estoy contento con el resultado. Sin embargo, cada universo tenia su propio desarrollo y eso me asombró.
Creé 46 seres exactamente. Cada uno con una característica única y una misión: proteger sus respectivas regiones y evitar su destrucción. Les di libertad, pero también les impuse esa orden que los ata por toda la eternidad, estos seres razonaban al igual que yo.
Pasó el tiempo.
Cada universo florecía y cada lugar tenía sus reglas y sus propias vidas. Simplemente era triste para una entidad como la mía, que es inútil a pesar de poder crear vida.
Deseo y anhelo aquella vida que poseen esos seres tan insignificantes. Anhelo salir de mi soledad eterna.
Comencé a experimentar.
Fueron cientos, no miles, y, aunque seguía fallando, mi esperanza se estaba acabando. Pero un día lo logré, aunque solo fue por un corto lapso. Aquella vida que creé para poder poseer simplemente exploto como todos los otros.
A pesar de que sentía que no valía la pena seguir causando sufrimiento a estos cuerpos, mi deseo de no estar solo y experimentar una vida insignificante simplemente no me dejó parar.
Lo conseguí…
Fue un trabajo muy, muy arduo, pero lo conseguí. Pero, dejando de lado esto, ¿a dónde debería ir?, ¿Qué planeta sería el mejor?.
Me dije que cualquier lugar estaría bien, mientras pudiera ser habitable y que el cuerpo no muriera muy rápido y que las reglas del mundo no me afectaran tanto.
Estos planetas eran raros de ver, pero existían, eran errores naturales pero algunos de ellos eran sorprendentemente habitables.
Pensé que el sector 23 uno de los pocos universos que quedaban era especialmente rico… en opciones.
Envié el cuerpo aleatoriamente a algún planeta. Mientras me alejaba de los cuerpos fallidos, en algún lugar, un planeta tan vivo prosperaba. Los seres eran felices, con una sociedad avanzada y gobernantes divididos en facciones. Hasta que un día, ocurrió una atrocidad.
Un cataclismo sin precedentes devastó al planeta. Algo extraño sucedió, aunque algunos ni siquiera pudieron hacer algo ya que murieron aplastados por la presión que emanaban aquellos seres.
El planeta fue devastado en un 70% y el 30% restante sobrevivió, ya que los seres habían desaparecido inexplicablemente al igual que cuando aparecieron.
Muy pocas razas sobrevivieron y esas pocas se unieron para poder protegerse. Aunque esta alianza no duraría mucho.
Una sangrienta guerra se desató de un momento a otro, sumiendo al mundo en caos. Aunque las causas exactas seguían siendo un misterio, algunos especulaban que la codicia y el mal manejo de los humanos, junto con la persistente esclavitud, avivaron las llamas del conflicto.
los humanos dominaron y expulsaron a las demás. Los elfos y las bestias salvajes se refugiaron en un bosque de árboles gigantes. Los enanos se escondieron en las montañas cercanas. Los semihumanos desaparecieron. Otras criaturas mágicas, como hadas y dríadas, vivían aisladas y desinteresadas en lo que ocurría fuera de sus reinos.
Mis pensamientos se vieron interrumpidos por una visión inquietante. ¿Qué era aquello, tan indescriptible pero hermoso a la vez? Una sonrisa se extendía en su rostro, encantadora pero aterradora al mismo tiempo. Su figura se posaba sobre algo blancuzco, apenas visible gracias a la luz exorbitante del Sol.
Simplemente observaba aquel planeta mientras sostenía a dos niños visiblemente maltratados y dormidos. ¿Quién era? Nadie lo sabía ¿o sí? ¿Pero qué era exactamente ese algo sobre el que se posaba? Era un esqueleto. Realmente enorme. En comparación con aquellos seres.
Algo como un rayo cruzó por delante de aquellos seres, aunque solo el que sonreía lo pudo ver. Los otros dos seguían dormidos.
Una sensación de miedo, aprecio y consuelo le llegó. Su expresión cambió a una sonrisa aún más amplia y aquella cosa cayó en aquel planeta. En un bosque visiblemente enorme, con unos árboles que parecían tocar el cielo. Y en un claro. Ese algo cayó suavemente, aunque cuando tocó el suelo una explosión sonora inexplicable se oyó e hizo retumbar el mundo entero.
Un pedazo de carne se movía. Era repugnante. Cualquiera que lo viera vomitaría de solo ver cómo se retorcía y contorsionaba. Esa noche estrellada, el mundo se volvió descontrolado nuevamente. Nadie supo qué realmente pasó esa noche ni anteriormente.
En lo más oscuro y profundo del mundo, rodeado de una miasma carmesí, un susurro inaudible de felicidad abrió pequeñas grietas en el suelo muerto y abandonado.

Comments (0)
See all