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Melodías de Pasión

Ecos de una canción perdida. Parte 1

Ecos de una canción perdida. Parte 1

Jul 28, 2026


 

La luz roja del micrófono parpadeaba en la penumbra del estudio, tan insistente como las dudas que Michael llevaba en el pecho. Era un hombre alto, de hombros anchos, que parecía salido de otra época. Vestía un impecable traje de tres piezas que abrazaba su figura con precisión, y unos zapatos pulidos que reflejaban la tenue luz del lugar, dándole un aire casi ceremonial. La corbata ajustada completaba su imagen de perfección, sin un pliegue fuera de lugar. Su cabello castaño oscuro, cuidadosamente cortado al estilo clásico lo hacía ver elegante, como dicen por ahí, había nacido para llevar ese corte. Bajo el reflector, su piel blanca parecía un lienzo sobre el que jugaban sombras y luces, enfatizando la intensidad de sus ojos castaños que parecían rojizos. Esos ojos, que mostraban intensidad como frialdad,parecían capaces de atravesar cualquier máscara, dejando a quienes los miraban con la sensación de que Michael podía ver más allá de su ser. Era un hombre diseñado para ser observado, para ser admirado, pero la melancolía que emanaba de su presencia añadía una capa más de misterio. Había algo en él, en la forma en que se movía, pausado y seguro, que recordaba a una estrella de otra era; un porte que no necesitaba de adornos ni de excesos.

Se inclinó hacia el atril, dejando que sus largos dedos rozaran la hoja con la letra de la canción que sería grabada. Cuando la pista instrumental comenzó, cerró los ojos y, como un intérprete que revive las emociones encerradas en sus notas, dejó que su voz grave llenara el espacio. Era una voz melancólica, suplicante en cada palabra, pero cargada de un magnetismo sensual que parecía acunar al oyente, invitándolo a un mundo de anhelo y nostalgia.

"No me olvides..." canta con un susurro que resuena como un eco entre las paredes de estudio. Cada nota era una declaración, una confesión, su voz temblando justo antes de recuperar su furia para seguir cantando. Así fue vulnerable, sí, lo sabía, pero los tambores sabían que la vulnerabilidad en esa época era una fracaso; por el contrario, se dio cuenta de que odiaba dolorosamente la interpretación real humano. Y en eso residía la humanidad con el poder, su talento.

Cuando la última nota se desvaneció en el aire, Michael abrió los ojos, encontrándose con el pulgar en alto del productor al otro lado del vidrio insonorizado. Asintió con una leve inclinación, sus labios casi curvándose en una sonrisa que no llegó a formarse. Era el maestro del control, incluso sobre sus emociones más crudas. Al colocarse su gabardina que antes descansaba en una silla, esta mostraba que sus hombros eran más anchos y que estos parecían cargar con algo más que los años de fama, era una carga que él mismo había elegido, pero que a veces parecía demasiado. Mientras atravesaba las puertas del estudio hacia el auto que lo esperaba, el aire fresco lo rodeó, frío y tranquilizador, aunque insuficiente para borrar las marcas de esa noche.

Michael subió al auto y se hundió en el asiento trasero. Su asistente personal estaba listo para llevarlo a casa. Mientras las luces de la ciudad pasaban como destellos a través de la ventana, su mente volvía una vez más a ella, aquella persona que había influido tanto en su vida. La persona que siempre supo que su talento lo llevaría lejos. El trayecto hacia su departamento transcurrió en un silencio que él y su asistente no se molestaron en romper. Las calles de la noche eran un desfile de luces distantes, reflejos en charcos y siluetas de edificios que parecían desmoronarse en la distancia. Michael cerró los ojos por un instante, pero su mente seguía en el estudio, en las notas de aquella canción que había revivido después de tanto tiempo.

Cuando el auto se detuvo frente a su edificio, Michael salió con una gracia contenida, sus zapatos pulidos resonando contra el mármol del vestíbulo. Saludó al portero con un leve movimiento de cabeza antes de tomar el ascensor hasta el último piso. Su departamento, tan amplio como un escenario, estaba decorado con un lujo sobrio: sofás de líneas rectas, arte contemporáneo en las paredes y una vista panorámica de la ciudad que se extendía como un océano de luces bajo sus pies.

Dejó la gabardina sobre una de las sillas del comedor y se dirigió al baño, pasando junto a un espejo en el pasillo que devolvía su imagen: su cabello castaño oscuro aun perfectamente peinado, el brillo en sus zapatos intacto, y, sin embargo, sus ojos castaños rojizos parecían más apagados bajo la luz tenue del lugar. Con un suspiro, se deshizo del traje, dejando las prendas caer con descuido, y se metió bajo el agua caliente de la ducha. El vapor llenó la habitación rápidamente, envolviéndolo en una neblina de calor que parecía aliviar, aunque fuera momentáneamente, la tensión de sus hombros. Cerró los ojos, dejando que el agua recorriera su piel blanca como si intentara borrar los ecos de la canción que aún resonaban en su mente.

Minutos después, con una bata de seda negra y el cabello húmedo cayendo hasta el cuello, Michael salió al balcón. La noche era fresca, y las luces de la ciudad parecían bailar bajo la tenue bruma que flotaba en el aire. Encendió un cigarrillo y lo sostuvo entre sus dedos largos y elegantes, mientras el aroma del vino que acababa de servir en una copa llenaba el ambiente. Se sentó en una silla reclinable de hierro forjado, llevando el cigarrillo a los labios con la lentitud de alguien que saborea cada bocanada. Su mirada se perdió en el horizonte, donde los edificios y el cielo se confundían en una línea borrosa. Con cada exhalación de humo, Michael intentaba disipar las preguntas que lo acosaban, pero una, en particular, se mantenía firme: ¿Por qué decidí grabar esa canción?

La había guardado durante años, escondida en la billetera, precisamente ese día decidió sacarla para recordarla, pero fue atrapado. Su productor quien lo había encontrado viendo la hoja con la canción y con la curiosidad de quien desentierra un secreto vio que había escrito y sugirió que formara parte del próximo álbum que grabarían. No quería enfrentarse a esa canción, temía enfrentarse a las emociones que contenía. Pero él, contra su instinto, había aceptado grabarla. Tal vez porque, en el fondo, sabía que no podía seguir evitándola.

<<Es sólo una canción>> pensó, mientras sus ojos seguían clavados en el abismo de luces frente a él. Pero sabía que no era cierto. Esa canción era un eco de todo lo que alguna vez había sentido, de todo lo que había perdido. Y ahora, cada palabra cantada parecía arrancarle una capa de su piel, exponiendo partes de sí mismo que había jurado nunca volver a mostrar. Bebió un trago de vino, dejando que la calidez de la bebida aliviara brevemente la melancolía que lo envolvía. El cigarrillo que se consumía lentamente entre sus dedos empezó a hacerse pequeño ante cada bocanada, y la noche parecía eterna.

Michael sabía que el pasado era un visitante implacable, y hoy había decidido instalarse en su balcón, acompañado de una canción que nunca debió haber sido encontrada.

Se quedó dormido en el balcón, la copa de vino aún a medio terminar sobre la mesita de hierro forjado. El aroma del cigarrillo consumido lentamente se mezcló con la brisa nocturna, y, poco a poco, su mente lo llevó a otro lugar, a otro tiempo, mientras la ciudad quedaba atrás y su corazón viajaba al pasado.

De repente, estaba allí, en el patio trasero del instituto. El aire era diferente, más limpio, con el aroma terroso de la hierba recién cortada y el canto distante de algunos pájaros. La zona verde se extendía como un refugio secreto, llena de árboles frondosos cuyas ramas se mecían suavemente con la brisa. Los rayos del sol atravesaban las hojas, dibujando manchas doradas en el suelo, era un verano extrañamente fresco y allí, bajo uno de los árboles más grandes, estaba ella. Era una chica de cabello castaño, sus dos trenzas largas caían sobre sus hombros y se movían ligeramente al ritmo del viento. Su piel era tan pálida como la porcelana, reflejando la luz del sol como si ella misma fuera parte de aquel paisaje sereno. Parecía inmersa en sus pensamientos, una figura tranquila y etérea que contrastaba con la energía vibrante del instituto.Michael, mucho más joven, con el cabello largo cayendo hasta su pecho que le gustaba llevar en esa época, la observaba desde una corta distancia, intentando reunir el valor para acercarse. Había practicado lo que quería decirle cientos de veces, pero ahora, con ella tan cerca, cada palabra parecía insuficiente. Finalmente, caminó hacia ella, sintiendo cómo su corazón latía con fuerza, casi como si quisiera escapar de su pecho. Cuando llegó bajo la sombra del árbol, su voz salió más suave de lo que había esperado, como un susurro que solo ella podía oír.cada palabra parecía insuficiente. Finalmente, caminó hacia ella, sintiendo cómo su corazón latía con fuerza, casi como si quisiera escapar de su pecho. Cuando llegó bajo la sombra del árbol, su voz salió más suave de lo que había esperado, como un susurro que solo ella podía oír.cada palabra parecía insuficiente. Finalmente, caminó hacia ella, sintiendo cómo su corazón latía con fuerza, casi como si quisiera escapar de su pecho. Cuando llegó bajo la sombra del árbol, su voz salió más suave de lo que había esperado, como un susurro que solo ella podía oír.

—Siempre he pensado que este lugar fue creado para ti —dijo, y su tono estaba lleno de una sinceridad que ni él mismo entendía completamente—. Eres como estos árboles: fuerte, tranquila... imposible de ignorar.

Ella levantó la mirada, sorprendida, pero no dijo nada. Sus ojos, de un violeta profundo que parecía contener reflejos del cielo, lo observaron con intensidad, y en ese instante, Michael sintió que el tiempo se detenía. Continuó, intentando poner en palabras lo que siempre había sentido.

—Cuando estoy contigo... todo parece más claro, como si el mundo tuviera sentido por un momento.

La chica sonrió, era un hermoso gesto, pequeño, pero cálido, que le quitó a Michael el peso que llevaba en el pecho. Dio un paso más, acercándose lo suficiente para notar cada pequeño detalle de su rostro: la suavidad de su piel, el brillo en sus ojos y la manera en que sus trenzas enmarcaban su semblante sereno.

—¿Puedo...? —preguntó en un susurro, dejando la frase incompleta pero clara.

Ella asintió, apenas un leve movimiento de su cabeza, y Michael se inclinó hacia ella. Sus labios se encontraron en un beso tímido, lleno de ternura y nerviosismo, un primer paso en un mundo que ambos apenas empezaban a descubrir. El aire parecía haberse detenido, y todo lo que existía era el latido al compás de dos corazones y el suave murmullo de las hojas en los árboles.

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Michael en medio de una grabación tiene recuerdos de su pasado

#romance #cantante #drama

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